Muerte accidental de un anarquista

Desde la orilla agreste vimos al asesino seguir su inapelable curso, fecundo y negro

Por Redacción

Qcurrió en Fuerte General Roca que en los primeros días de enero de 1924 la corriente del río Negro arrastró al joven José Scalise y le arrebató la vida.

¿Y quién era ese joven? Es decir, el ahogado. Era un rebelde que nació en el seno de una familia porteña medianamente acomodada. Un mal estudiante que apenas superó el tercer grado elemental. Un prófugo crónico de su hogar que fue canillita, aprendiz gráfico y morador de plazas. Un practicante telegrafista de la policía. Un niño «fifí», jugador, libertino y patotero. Una conciencia sacudida por la Semana Trágica.

La iniciación

El año «19 comenzó agitado, de Europa llegaban las secuelas de la I Guerra Mundial mezcladas con los vientos libertarios de la lejana Rusia. Los proletarios del mundo se ponían de pie para saludar a la revolución triunfante. En Buenos Aires el calor fermentaba las broncas y las desigualdades. Las balas policiales, dirigidas contra un piquete de huelguistas metalúrgicos, encendieron la mecha en el barrio porteño de Pompeya. La insurrección estalló con la huelga general. Durante una semana se sucedieron los enfrentamientos entre obreros y fuerzas represivas. Los muertos sumaron cerca de 700, los heridos y detenidos… miles.

Y Scalise allí estaba, telegrafiando las noticias de enfrentamientos y las órdenes de represión. La situación lo aturdía y terminada la insurrecta semana abandonó su trabajo.

Entonces comenzó a frecuentar a un amigo de la infancia: José Rotundo Campoflores. Este puso en sus manos las obras de Bakunin, Kropotkin y Tolstoi y se produjo la metamorfosis: el niño «fifí» se convirtió en loco de biblioteca y devoró durante horas páginas y páginas escritas con tinta ácrata.

Los folletos y libros que desfilaban por sus manos hacían de bálsamo o de combustible en su convulsionada existencia. Scalise se convenció de que la humanidad aún vivía sumergida en las tinieblas y buscó todos los medios para proporcionarle un poco de luz. Recurrió a la oratoria y trepó a improvisadas tribunas para esparcir el verbo revolucionario. Recurrió a la prensa y se convirtió en redactor y colaborador de varios periódicos.

Juana Rouco Buela, alma máter del quincenario anarco feminista Nuestra Tribuna, definió la pluma de Scalise como «viril y reflexiva». Era el reflejo de sus ideas jóvenes, frescas, libres…

La partida

Cuando se acercaba el momento de realizar la conscripción, Scalise decidió adentrarse en la campaña: el uniforme no era para él, tampoco la obediencia. Y rumbeó hacia Necochea, donde lo esperaba Rouco Buela. Desde allí partió para perderse una y otra vez en la pampa sembrando su ideal.

A principios de 1924, llegó a la Patagonia norte para cumplir con la liturgia de la propaganda ácrata. Fueron días de conferencias y extensas charlas de camaradería. Y cuando ya estaba por retornar a Necochea, sus compañeros de General Roca organizaron a orillas del río Negro un pic-nic para despedirlo.

Ellos le advirtieron que era un río difícil, él no hizo caso: era un excelente nadador y además no creía en imposibles. La lucha fue titánica. Finalmente la corriente lo arrastró a hacia un remanso y desapareció. Sus compañeros trataron de auxiliarlo, pero no pudieron.

La noticia corrió rápidamente entre sus camaradas. En La Plata el anarquista De la Fuente gritó hacia los cuatro vientos: «…en el fondo de las aguas, allí en el traicionero remolino, se hallaba oculto el alma negra del burgués engulléndoselo para siempre a nuestro bravo compañero!» Nada podían hacer más allá del desahogo.

El cuerpo inerte de Scalise fue encontrado días después, despojado de toda su juventud. Y en un oscuro cajón retornó a Buenos Aires, donde concluyó su viaje.

Hernán Scandizzo


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