Nobel, sexo y shopping

Por TOMAS BUCH

Especial para «Río Negro»

Lo que es falsamente conocido como Premio Nobel de Economía fue una vez más concedido a dos «teóricos del juego», teoría que permite actuar económicamente sobre la base de lo que creemos que hará nuestro contrincante, en la hipótesis de que ambos actúan racionalmente y que el objetivo común de ambos es ganar al otro o, por lo menos, de minimizar las pérdidas. Este año, los premiados fueron los profesores Thomas Schelling y Robert Aumann. Uno de los más conocidos «teóricos de los juegos» fue John F. Nash (premio 1994, famoso por la película «Una mente brillante» hecha sobre su vida). Estos y los econometristas y los teóricos del neoliberalismo como los creadores de la «Escuela de Chicago» (conocidos como los «Chicago Boys») y la oveja negra, el ex funcionario del FMI vuelto antiglobalista, J. Stiglitz, son los más premiados.

El Premio Nobel de Economía no es realmente un Premio Nobel como los demás: es un premio inventado y otorgado por el Banco Central de Suecia. Es difícil afirmar que la economía sea una ciencia y no la mera racionalización de una ideología. También es difícil afirmar que los teóricos de la economía hayan acertado en sus predicciones y recetas, cuyos resultados no son muy conducentes a beneficiar a la humanidad, más allá de las «eficiencias» de la macroeconomía. Nobel dedicó su legado a premiar a los que hubiesen hecho contribuciones relevantes al bienestar de la humanidad, y las contribuciones de la mayoría de los economistas a ese bienestar es, por lo menos, cuestionable. Si el premio fuese genuino, no debería estar tan sesgado por la ideología y ya hace años que hubiese premiado, por ejemplo, al bangladeshí Muhammad Yunus, que creó el Banco de los Pobres (Banco Grameen) con el que se apoya a los desposeídos para mejorar su destino, quien realmente está contribuyendo al bienestar de los desposeídos.

Casi como ejemplo, quisiera referirme ahora a otro Premio Nobel de Economía, (el del 2000). Se llama Daniel McFadden, y es especialista en econometría y profesor titular de la celebérrima Universidad de California en Berkeley. En una conferencia denominada «Una visión sobre el mundo», este benefactor de la humanidad denominó su conferencia «Nuevas Fronteras en el Estudio del comportamiento de los consumidores y su impacto sobre el diseño de productos» y afirmó que hacer las compras desencadena las mismas reacciones neurológicas y por lo tanto es tan placentero como hacer el amor.

Esta visión y estas fronteras son asombrosas, aunque ya nada debería sorprendernos. Se trata de esa visión en la cual lo único importante es el progreso de la economía y el fomento cada vez más desenfrenado y mundializado del consumo. Que propone que, si uno no pertenece al 10% más privilegiado de la población que se puede ir a París, uno siempre se puede ir de vacaciones a un shopping. Y ahora, ofrece hacer las compras como sucedáneo del amor. ¿Una caricatura? Sin duda, pero las caricaturas suelen desnudar verdades profundas.

El profesor afirma que comprar es, antes que nada, un placer. Libera neurotransmisores, los mismos que un orgasmo. Lo descubrió la Ciencia, y como la ésta siempre tiene la última palabra, por qué no ha de hacerlo en las emociones y los sentimientos, que para algunos no son más que pequeñas corrientes de moléculas en el sistema límbico, una parte del cerebro que nada tiene que ver con la razón ni con la cultura. Sobre todo, el sistema límbico, y su neurotransmisor del placer puede ser aprovechado para hacer negocio que, como se sabe, son lo que mueve el mundo… La sustancia incluso tiene un nombre: es un péptido que se llama 'ocitocina'. El hombre no vacila en proclamar: «si se bebiera este péptido, se podría influir en la decisión de compra de los consumidores».

Hace unos años se desarrollaron métodos para hacer propaganda «subliminal»; los mensajes publicitarios penetraban directamente en el subconsciente de los sujetos sin que ellos se diesen cuenta; luego compraban un producto o votaban por un candidato impulsados por fuerzas de las que no eran conscientes. Tales prácticas fueron prohibidas en su momento, pero por su mismo carácter, es muy difícil saber en qué medida esa prohibición se cumple. Pero era un intento más de usar los descubrimientos de la ciencia para fines incompatibles con la moral y la ética, incluso con la ética científica misma.

El episodio arroja sombras o luces sobre tres temas de igual importancia para el futuro de la humanidad, aunque de naturaleza muy diferente: el papel de la ciencia y de sus aplicaciones en bien o malestar de los humanos; la naturaleza de un conocimiento reduccionista que olvida el todo porque sólo logra entender las partes. Y también la racionalidad de un sistema económico que se basa en el consumo sin límites y que busca la felicidad en ese consumo, pasando por encima con excusas falaces a los aspectos más nobles de una humanidad que ha perdido completamente su brújula moral.

Ya he dedicado muchas palabras a estos temas, pero es necesario insistir una y otra vez. La ciencia nació cuando los fenómenos complejos se pudieron descomponer en sus componentes, en el proceso llamado análisis. La simplificación resultante logró que se formularan modelos matemáticos y otros, cuyo funcionamiento se podía entender; pero luego se tendió a confundir los modelos con la realidad. Una broma de los físicos menciona la ocasión en que se pretendía describir la compleja conducta de un caballo mediante una simplificación que permitiese su estudio: «supongamos tener un caballo esférico y sin rozamiento». Se trata del vicio epistemológico del reduccionismo. «Supongamos que tenemos un ser humano que sólo consiste en flujos de ocitocina y unos cuantos miles de otras sustancias químicas, y cuya única función que tendremos en cuenta es la de comprador potencial». El comprador experimentará algo similar a un orgasmo al comprar un artículo de consumo, aunque cuando se le pase el éxtasis inducido por una copa de ocitocina tal vez ya no recuerde para qué quería aquel artículo. Pero como lo único que importa es que lo haya comprado, haciendo funcionar la economía y ayudando a generar «riqueza», eso no importa. Por el contrario, si lo tira en el primer tacho de basura y compra otro, habrá hecho más por la sociedad o por lo menos, por su PBI- que si lo disfruta durante veinte años. Ante semejante concepción del ser humano, se entiende por qué se persigue a los consumidores de drogas químicas que producen efectos similares aunque no inducen al consumo.

El otro aspecto de la cuestión es la naturaleza de un sistema económico que no se basa en la satisfacción de las necesidades de los seres vivos sino tan sólo en el consumo como objeto supremo del deseo de los que tienen los medios para satisfacerlo, y ahora también como fuente de placer erótico. Un sistema que consume recursos naturales y energía a tontas y a locas, a pesar de que la mayoría de la humanidad viva en la miseria. Un sistema que agrede a la naturaleza y la transforma rápidamente en basura.

Algo falla en las raíces de tal sistema. No es posible reducir todo a la economía y poner la «eficiencia» y la competitividad medida en dólares como único criterio del desarrollo de un país. Una obra musical es un conjunto de vibraciones del aire producidas por diferentes medios. Pero sería poco menos que demente afirmar que sea posible reducir el goce de una obra musical al efecto de tales vibraciones. Pues eso es lo que, en el fondo, hace nuestro Premio no-Nobel al reducir el sexo y las compras al denominador común de la ocitocina. Lo interesante en este tipo de manifestaciones es su carácter epistemológico: son sin duda ciertas; pero son completamente irrelevantes. Y el recurso a la bioquímica para estimular las compras sería, por supuesto, una derivación tan inmoral de la ciencia como lo es la construcción de las armas de destrucción masiva.


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