Nobel y política

TOMÁS BUCH (*)

El fundador de los premios Nobel, Alfred Nobel, ganó tanta plata con la dinamita usada en las guerras que su conciencia lo llevó a crear un premio a tareas destinadas a promover la paz. Desde entonces el Nobel se ha transformado en el galardón máximo a que aspiran los científicos y los literatos. Pero hay objeciones muy serias. Los premios Nobel –salvo, probablemente los de ciencias duras– han sido objeto de manipulaciones políticas de manera tan evidente que se puede decir que los de Economía, Literatura y Paz han perdido todo su sentido de premio a la excelencia. El último rubí a esta corona política ha sido el Nobel de la Paz otorgado a la Unión Europea, que desde el momento de la creación de la Comunidad del Hierro y el Carbón y el consorcio Benelux ha mantenido la paz entre sus miembros –claro que la ex-Yugoslavia no lo era y Europa pescó allí en aguas más que turbias– y el papel jugado por ella (como integrante de la OTAN) en ese conflicto es bastante cuestionable y sospechoso. Ahora la Unión Europea es, como hubiese sido el ALCA en nuestro continente, la certificación del dominio de los fuertes sobre los débiles y un ejemplo prístino de las formas financieras del neocolonialismo doméstico, a través de la famosa troika que se impone a los pueblos. Algunos galardonados por el Premio Nobel de la Paz fueron Obama –que acababa de asumir y no había hecho absolutamente nada más que una victoriosa campaña electoral; en su lugar, las Abuelas de Plaza de Mayo hubiesen sido receptoras mucho más dignas–. Henry Kissinger, (1973) por sus gestiones a favor de la paz entre Vietnam y Estados Unidos en el mismo momento en que organizaba el golpe de Estado contra Allende en Chile, fue la caricatura máxima del Premio a la Paz. Kissinger y su contraparte vietnamita Le Duc Tho tuvieron el decoro de rechazar los premios, porque la guerra continuaba con todo su furor, como ocurre con el conflicto israelo-palestino, que sigue aunque ya ganó cinco premios. Pero los antecedentes llegan lejos: también fue Nobel de la Paz Teodoro Roosevelt (1906), el más alto exponente de la expansión imperialista estadounidense. A Muhammad Yunus, de Bangladesh, le dieron el Premio de la Paz en el 2006, cuando creó todo un nuevo concepto de la función del sistema financiero pero, como el premio de Economía estaba en manos de los neoliberales, le dieron el de la Paz y ahora quieren quitarlo del medio, probablemente para transformar el Banco Grameen, el Banco de los Pobres, en uno más del sistema bancario de los ricos. Otros premios políticos fueron los de Al Gore (2007), por hacer propaganda contra el cambio climático, lo cual era meritorio pero debía darse entero y no compartido con Gore al IPCC (Panel Internacional por el Cambio Climático) por trabajo efectivo y no a un político. No quiero ser parcial: también lo recibieron luchadores contra gobiernos opresivos y por los derechos de las mujeres y de los pueblos originarios, como Mandela y De Klerk por haber logrado transformar un problema racial en uno económico (aun bajo casi 20 años de gobiernos democráticos, Sudáfrica es uno de los países más desiguales del mundo), Rigoberta Menchú (1992) y Aung San Suu Kyi, la incansable luchadora contra la dictadura militar birmana (1992). Y muchos otros seguramente hicieron trabajos heroicos contra la discriminación de las mujeres y minorías oprimidas, como la iraní Shirin Ebadi (2003) y la keniata Wangari Muta Maathai (2004). Nuestro Saavedra Lamas (1936) fue el deshacedor de una criminal guerra petrolera entre Bolivia y Paraguay detrás de la cual se escondían la Esso y la Shell, Martin Luther King (1964) y Desmont Tutu (1984) fueron verdaderos luchadores por la igualdad racial y nuestro Adolfo Pérez Esquivel (1980) también merecía el premio, aunque sus premios fueron sobre todo demostraciones contra las respectivas tiranías en nuestros países. Podemos mencionar también las buenas intenciones frustradas, como las que premiaron a Joseph Rotblat y las Conferencias Pugwash (1995) que, durante años, fueron la única ocasión en la que científicos soviéticos y occidentales pudieron hablar con franqueza de los problemas planteados por el avance de las armas nucleares, sin poder hacer gran cosa efectiva. En Economía (que no es un verdadero Premio Nobel sino que fue creado mucho más tard) los premiados fueron casi siempre matemáticos (relacionados con la “econometría” o economistas liberales). Ya mencionamos que Yunus bailaba fuera de esta fila de obsecuentes y recibió el Premio de la Paz y no el de Economía. Literatura es otro caso de premios políticos. Borges nunca lo recibió por su estúpido apoliticismo conservador, a pesar de que su literatura es universalmente citada mientras que nadie se acuerda de Darío Fo (1997), mientras Gao Xingjian (2000) era chino pero exiliado y recién ahora se premia a un chino de China, Mo Yan (2012). Es difícil otorgar un premio justo a obras en campos tan debatibles como la literatura, donde los jurados tienen que limitarse, casi siempre, a juzgar las obras por traducciones y donde las propuestas se cuentan por miles. Además, la influencia ideológica también es imposible de eliminar desde el punto de vista subjetivo de los miembros del comité Nobel y lamentablemente Suecia, que era ejemplo de justicia social hasta hace unos años, se acomodó, al parecer, a las reglas del juego dominante –como lo demuestra, entre otros signos, la actitud con Assange–. Asimismo, es imposible juzgar las labores por la Paz y por la Economía sin prejuicios políticos e ideológicos y la literatura sin influencias extraliterarias. Así que resulta que todos los premios Nobel no científicos están sujetos a un escrutinio crítico pero no siempre muy criterioso. (*) Físico y químico


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