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Cristina, Trump y la Justicia

Cuesta creer que en una superpotencia no haya líderes políticos más impresionantes que un magnate fanfarrón y un anciano cuya salud mental ocasiona alarma a su entorno.

Si la Corte Suprema decide que la expresidenta Cristina Kirchner tendrá que cumplir la sentencia a seis años de cárcel que fue dictada por un tribunal penal a fines del año pasado, nunca más le sería dado postularse para cargo público alguno. Es factible que en los meses próximos su homólogo norteamericano Donald Trump reciba una sentencia igualmente severa, pero en tal caso no se vería obligado a abandonar una campaña política que bien podría culminar con su regreso triunfal a la Casa Blanca.

Como aquellos capos mafiosos que manejan sus organizaciones desde una celda en una penitenciaría, podría ordenar a sus secuaces proseguir con el trabajo proselitista que, hasta ahora, ha sido muy exitoso, ya que según todas las encuestas, en intención de voto supera a la de su rival más cercano, el gobernador de Florida Ron DeSantis, por casi cuarenta puntos.

Cuando de respetar no sólo la letra de la Constitución sino también los principios en que se basa se trata, la Argentina es más rigurosa que Estados Unidos. Trump no puede emular a Cristina, que se niega a participar en el torneo electoral que está en marcha so pretexto de que ya está proscripta.

Parecería que no se les ocurrió a los artífices de la constitución de Estados Unidos que un buen día los votantes de su país fueran capaces de votar masivamente a un personaje que podría pasar años entre rejas por una serie larguísima de delitos. Sin embargo, a pesar de verse abrumado por docenas de problemas legales, Trump sigue dominando el Partido Republicano con gran facilidad.

Para frustración de sus muchos enemigos, conserva el apoyo de una multitud de personas que juran creer que todas las acusaciones en su contra se basan en mentiras, exageraciones y prejuicios sociales. Puede que algunas lo sean, pero no cabe duda alguna de que si fuera cuestión de un político menos popular, serían más que suficientes como para forzarlo a cambiar de oficio.

La obsesión de los demócratas y los medios que los apoyan con las características menos admirables de Trump, que son patentes, contrasta con la indiferencia que manifiestan frente a las del presidente Joe Biden.

De ser otras las circunstancias, periodistas influyentes lo eviscerarían por, entre otras cosas, su presunto papel en los negocios turbios con empresas chinas y ucranianas de su hijo Hunter Biden, un drogadicto cuyas hazañas profesionales se deben exclusivamente al poder e influencia de su padre. También criticarían con vehemencia la voluntad de funcionarios del Departamento de Justicia de impedir que Hunter sea encarcelado por los delitos que ha cometido.

Si bien hoy en día hay muchos en todas partes que se han acostumbrado a votar a candidatos que en su opinión representan la alternativa menos mala, en Estados Unidos se ha llevado esta práctica a un extremo absurdo. Cuesta creer que entre los 340 millones de habitantes de una superpotencia económica rebosante de talento humano, no haya líderes políticos más impresionantes que un magnate fanfarrón y un anciano de dotes intelectuales limitadas cuya salud mental ocasiona alarma entre miembros de su entorno, ya que a menudo parece olvidar donde está.

Si Estados Unidos fuera un país pequeño, o incluso uno de dimensiones relativamente modestas como los integrantes menores de la Unión Europea, sus extravagancias políticas no preocuparían a los demás, pero sucede que es por mucho el país más poderoso del Occidente cuyo predominio se ve amenazado por una alianza de autocracias de las cuales la más fuerte por un margen muy amplio es China.

Envalentonado por el crecimiento económico sumamente rápido de los años últimos, el régimen chino ya no oculta su voluntad de desplazar a Estados Unidos como la potencia rectora del planeta. Si bien hay señales de que le sería mucho más difícil alcanzar su objetivo de lo que muchos habían previsto hace apenas un par de años, sus gobernantes saben que les conviene aprovechar al máximo y lo antes posible los gravísimos conflictos internos que están debilitando a su gran adversario.

De estos el más significante es aquel que enfrenta a las “elites costeras”, mayormente demócratas, que son partidarias de la versión actual del progresismo, con el resto del país que es más conservador y que propende a favorecer a los republicanos.

La popularidad de Trump se alimenta del rencor comprensible de los muchos que se han visto perjudicados por los cambios impulsados por la globalización que tanto ha beneficiado a China pero que, huelga decirlo, sufrirían mucho más si el país en que viven se hundiera en el caos, cumpliendo así las profecías lúgubres de los más pesimistas que están convencidos de que, lo mismo que otra superpotencias, como la Unión Soviética, terminará desintegrándose.


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