¿Dónde está John Connor?
Para el común de los mortales, todo el debate entre apocalípticos e integrados frente a la Inteligencia Artificial es tan complejo que nadie escapa a la sentencia socrática: sólo sabemos que no sabemos nada.

Todo empezó con James Cameron. A él se le ocurrió Terminator: un cyborg asesino llega al mundo desde el futuro para exterminar a una mujer. Debe matarla porque ella tendrá un hijo que será el líder de la resistencia humana en un mundo gobernado por máquinas. Al cyborg lo destruyen casi por completo. Sobrevive un brazo. No falta el comedido que en el futuro, con esos restos cibernéticos se pone a hacer algo de ingeniería inversa. Recrea la inteligencia inhumana del autómata original. Y el crecimiento exponencial de esa tecnología autonomiza a las máquinas de sus creadores.
Hace dos años, Netflix estrenó un documental en el que Bill Gates, príncipe de Microsoft y duque de Windows, dialoga con Cameron sobre lo que nos espera a todos en el futuro. Cara a cara con Gates, Cameron le explica que ya no podría producir ficciones como Terminator, Alien o Avatar. La tecnología viaja tan rápido que lo imaginario se haría realidad antes de que él lograra estrenar su nueva película de ciencia ficción.
Pero Cameron también señalaba un cambio inadvertido: la generación de Gates, como la del finado Steve Jobs, era la de unos jóvenes creativos cuya principal preocupación era que el sistema político no se entrometa con regulaciones innecesarias para controlar la dinámica de la innovación tecnológica. Los nuevos baronazgos del cambio: Sam Altman, dueño de ChatGPT; Dario Amodei, príncipe de Claude; Elon Musk, conquistador de Twitter, reclaman todo lo contrario: que alguien se haga cargo del Golem.
Igual que el científico de Skynet en la ficción de Cameron advierten desesperados que la invención de una inteligencia artificial ha escapado de su control y ahora puede disponer por sí misma sobre arsenales nucleares, disparar misiles, detonar sistemas bancarios, inventar virus. Gates se convenció ahora y le puso un número a la catástrofe: mil millones de muertos.
No todos los barones son tan apocalípticos. Mark Zuckerberg -señor de Facebook, Instagram, WhatsApp- desconfía del clamor por darle a los Estados mayor control sobre una tecnología que tiende a empoderar a las personas. Viene de zafar de una demanda judicial enorme porque sus algoritmos tienen componentes adictivos como la nicotina admitida legalmente en tiempos del rey tabaco.
Jensen Huang es la cara visible de Nvidia, líder global en la provisión de circuitos de alta complejidad imprescindibles para manejar la inmensurable cantidad de datos que procesa cualquier agente de inteligencia artificial. Huang es un integrado. En contraste con los alarmistas, dice que somos los dueños de la tecnología, no sus víctimas, y que conviene recordar: algunos de los pronosticadores de catástrofes tienen la llave para desacelerar la tormenta, pero siguen acelerando con la vista puesta en las cotizaciones de Wall Street. También él, claro.
El antiguo creador de Twitter se sentó en la avenida del medio. Jack Dorsey dice que las empresas líderes en inteligencia artificial merecen ser escuchadas. Tienen experiencia e intereses comerciales que proteger, pero las reglas construidas en torno a sus recursos podrían convertirlas en las únicas capaces de participar. «Tampoco quiero que los gobiernos de Estados Unidos y China decidan cuánta inteligencia se les permite desarrollar a todos los demás. Una frontera gobernada por dos superpotencias dejaría a la mayor parte del mundo esperando el permiso».
Como si faltara algún invitado al debate, el papa León XIV ya firmó una encíclica en la que pide desarmar de inmediato el flamante muñeco maldito. Con un razonamiento que evoca el poema de Borges sobre Judá León, el creador del Golem: En la hora de angustia y de luz vaga / en su Golem los ojos detenía / ¿Quién nos dirá las cosas que sentía / Dios, al mirar a su rabino en Praga?
Desconcierto
El descontrol anunciado de la IA es hoy un tema central de la campaña electoral norteamericana y durante la reciente visita de Xi Jinping a Donald Trump, una cuestión insoslayable de la agenda global. Los opositores presionan para que Trump habilite en el Capitolio un debate sobre la nueva gobernanza global de la IA. El gobernador demócrata de California, Gavin Newsom, anunció un decreto para empujar por su cuenta la regulación de la IA, incluyendo una propuesta de “interruptor de emergencia”.
No es cualquier gobernador: en su territorio opera Silicon Valley. Su executive order sobre la Inteligencia Artificial recoge el tono alarmista: si no hay una intervención explícita, esto puede terminar como en la película de Stanley Kubrick, Odisea del Espacio. Esa ficción de 1968 profetizaba la autonomía de las máquinas para el año 2001. Lo que ocurrió fue otra cosa: el ataque atroz contra las Torres Gemelas. Un grupo de fanáticos suicidas sembró más terror que el peor misil.
Newsom terminará su segundo mandato en enero. Su decisión fue en la misma línea de las declaraciones recientes de Hillary Clinton. Los demócratas de centro, asediados por la rama socialista de su partido, prefieren debatir estos temas antes que las derivas identitarias del alcalde neoyorquino Zohran Mamdani o la legisladora Alexandría Ocasio Cortez.
Trump descree del terremoto global anunciado para la Inteligencia Artificial. Dice que hay mucho de conspiranoia y de bulos (hoax) en las advertencias de los apocalípticos de la IA. Sus adversarios replican ironizando sobre «Trump, el hoaxbuster«. El cazador de noticias fantasmas, como el mismo Trump se definió. Crecen, mientras tanto, las analogías entre el momento actual de la IA y los años de la guerra fría en la que la posibilidad de un holocausto nuclear parecía inminente. ¿Sin un acuerdo de gobernanza global, el mundo puede volar por los aires como advierte Bill Gates?
Trump hace hincapié en la necesidad de sostener el liderazgo tecnológico norteamericano mientras no haya una predisposición de China a frenar de manera acordada. Con Xi Jinping sólo llegó a convenir en términos genéricos la necesidad de un canal para manejar incidentes de seguridad relativos a la IA. Pero nada de frenar unilateralmente para que China gane, por concesión de Estados Unidos, la gran carrera estratégica del mundo actual.
En Occidente se sabe poco de los avances del régimen chino en esa disputa. No hace mucho, el diario inglés The Guardian contó la historia de Song-Chun Zhu, el científico de origen chino que hizo una carrera brillante en las dos costas de Estados Unidos y eligió repatriarse para trabajar en Pekín en las tecnologías de frontera de la IA. «Sus ideas ahora moldean los planes de estudio universitarios e informan a los responsables políticos» del régimen chino -refiere The Guardian. «Pero su filosofía es notablemente diferente del paradigma imperante en Estados Unidos».
Los asesores más desconfiados de Trump tal vez lo vean como un Oppenheimer moderno, pero Zhu no oculta su diferencia de enfoque con Silicon Valley: prefiere manejar “datos pequeños, para tareas grandes”, en comparación con el enfoque de “datos grandes, para tareas pequeñas”, empleado por los modelos de lenguaje al estilo de ChatGPT.
Según el diario inglés, Zhu se caracteriza por investigar «cualidades como el ingenio en situaciones novedosas, la intuición social y física, y una comprensión de causa y efecto. Los grandes modelos de lenguaje, cree Zhu, nunca lograrán esto».
Para el común de los mortales, todo el debate entre apocalípticos e integrados frente a la Inteligencia Artificial es tan complejo que nadie escapa a la sentencia socrática: sólo sabemos que no sabemos nada.
Quien mejor captó ese océano de ignorancia fue la revista Time. En su tapa puso un cuadrito de diálogo, similar al que aparece para los usuarios de ChatGPT. En la caja en blanco para hacerle preguntas a la IA, hay una frase escrita que nos representa: ¿Qué tan peligrosa eres?
Como en el chiste de Jerry Seinfeld: «Fuimos lo suficientemente inteligentes como para inventar la IA, lo suficientemente tontos como para necesitarla y tan estúpidos que no podemos descifrar si hicimos lo correcto».
Y ahora que estamos frente al muñeco maldito, empezamos a pensar si en el futuro estará John Connor, el líder de la resistencia contra las máquinas, para liberarnos. O si ya perdimos esa chance y habrá de despedirnos con voz mecánica: «Hasta la vista, baby».
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