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La dimensión religiosa

¿Pueden coexistir pacíficamente los convencidos de que la religión es un asunto privado, como un pasatiempo o afición, y aquellos que subordinan absolutamente todo a sus dictados?

Por James Neilson

(Israel Defense Forces via AP)

Para muchos, se trata de una disputa territorial: insisten en que si Israel se retirara por completo de las zonas “ilegalmente ocupadas”, viviría en paz con todos sus vecinos. Otros, que piensan en términos ideológicos, se creen ante una lucha por la liberación nacional de un pueblo oprimido. Pocos quieren reconocer que Hamas, con el apoyo emotivo y, en muchos casos, concreto de centenares de millones de musulmanes, está librando una guerra religiosa total contra los infieles, una que, a juzgar por la retórica furibunda de los islamistas más agresivos, plantea una amenaza no sólo a Israel.

Desde hace más de 1400 años, los judíos figuran entre los enemigos principales del Islam. Tanto en el Corán como en los “hadices” que lo suplementan y que son aún más explícitos, se exhorta a los musulmanes a matarlos. Si bien muchos dicen que hay que considerar anacrónicas las manifestaciones de odio más sanguinarias hacia los judíos, abundan las mezquitas en que predicadores las subrayan con fruición.

He aquí una razón por la que no sólo en las ciudades de países mayormente musulmanes sino también en las de Europa y América, muchedumbres conformadas por inmigrantes y por antisemitas supuestamente izquierdistas festejaban con júbilo las atrocidades perpetradas por Hamas hace dos semanas. Lejos de condenar la matanza de más de doscientos adolescentes que asistían a un festival musical, la violación sistemática de chicas antes de matarlas y el asesinato de bebés y mayores, lo celebraban.

Alarmados por tales reacciones, integrantes de los gobiernos de Francia, el Reino Unido, Suecia, Alemania y otros países que por motivos humanitarios habían estado a favor de la inmigración de musulmanes que huían de dictaduras en el Oriente Medio, además de norteamericanos de actitudes similares como Henry Kissinger, coinciden en que fue un gravísimo error abrir las puertas de países democráticos para que entrara una multitud de personas de cultura y religión radicalmente distintas.

Estarán en lo cierto, pero es una cosa lamentar lo que hicieron políticos más de medio siglo atrás y otra muy diferente decidir cómo enfrentar los problemas resultantes. Por ahora cuando menos, ordenar la expulsión de millones de hombres y mujeres que son reacios a respetar la cultura cívica europea no es una opción, pero el que muchos hayan llegado a la conclusión de que la convivencia pacífica es imposible, hace temer que Europa esté por entrar en una etapa sumamente turbulenta.

En la mayoría de los países occidentales, además de China, las elites culturales toman la religión por un fenómeno anticuado, cuando no primitivo, pero salvo en los casos de algunos fundamentalistas, bastante innocuo. Sin embargo, en muchas partes del resto del mundo y en los populosos enclaves musulmanes que se han formado en casi todos los países desarrollados con la excepción del Japón, el fanatismo religioso sigue siendo tan común como era entre los europeos en el Medioevo y las guerras de religión se caracterizaban por la ferocidad genocida de quienes creían contar con la aprobación de Dios.

¿Pueden coexistir pacíficamente los convencidos de que la religión es un asunto privado, como un pasatiempo o afición, y aquellos que subordinan absolutamente todo a sus dictados? Cuesta creerlo. Así y todo, después de la Segunda Guerra Mundial, los europeos apostaron a que no ocasionaría dificultades significantes la inmigración masiva de personas procedentes de culturas radicalmente ajenas a la suya porque, se decían, todos queremos las mismas cosas. Confiaban en que los musulmanes pronto adoptarían las actitudes tolerantes que son propias de sociedades laicas.

Por un rato, parecía que el optimismo así manifestado se justificaba, pero entonces, para desconcierto de todos los biempensantes, muchos hijos y nietos de los primeros inmigrantes se sentirían más atraídos por versiones extremas de los credos ancestrales que por el vacío espiritual que a su entender dominaba los países en que vivían. Acompañados por conversos “radicalizados”, se afiliarían a grupos yihadistas como Al-Qaeda, el Estado Islámico, Hezbollah y, desde luego Hamas.

Últimamente, tales organizaciones han sido menos activas en Europa que en África y lugares como Pakistán y Afganistán, donde pocos días transcurren sin que provoquen centenares de muertes. Lo mismo que los israelíes antes del 7 del mes actual, muchos europeos se habían resignado a soportar lo que a su juicio sería un nivel manejable de violencia yihadista; el salvajismo de lo hecho por Hamas en Israel y la voluntad de tantos musulmanes de festejarlo les han advertido que lo que les espera en sus propios países podría ser igualmente brutal.


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