Massa presidente (del club de pasivos remunerados)


Hay una cifra que pone en evidencia la profundidad de ese abismo: las Leliq se acercan a un costo anual de cuatro billones de pesos. Un cuatro seguido de 12 ceros.


Martín Guzmán se ha transformado en el nombre maldito que explica todas y cada una de las desgracias del Gobierno nacional. La excusa oficial es que Guzmán estafó a todos y se dio a la fuga. Como el hábil impostor de una estafa piramidal.

Hasta allí las coincidencias; después se bifurcan los caminos: Cristina Kirchner lo acusa de haber mentido para hacer un ajuste; Sergio Massa le reprocha haber engañado para no hacerlo. Alberto Fernández lo despidió con lógica cuántica: por las dos razones y ninguna de las dos.

Esa contradicción central todavía deambula en el Gobierno. De su resolución depende la evolución de la crisis. Pero a medida que pasan los días asoma la herencia que dejó del exministro, con la anuencia del Frente de Todos. Sobre todo, la inconsistencia conceptual de su gestión. A la que, pese a todo, el oficialismo todavía se aferra en su discurso.

Cabe anotar allí la remanida excusa de la multicausalidad del fenómeno inflacionario, cuando cada vez se torna más evidente la incidencia dirimente del exceso de emisión monetaria. Y la gran prestidigitación con la que Guzmán convenció a sus mandantes: la única deuda relevante es la deuda en dólares.

Sergio Massa acaba de chocar contra esos dos errores. La primera acción concreta de su gestión fue una gigantesca operación de renovación del endeudamiento interno, con una corrección simultánea de la tasa de política monetaria que habla por sí misma de la gravedad de la crisis.

Lucas Llach, exvice del Banco Central, se permitió recordar que a su gestión se la cuestionaba por fijar la tasa anual de política monetaria en el 28%. La de hoy es 69,5%. La remuneración exorbitante de pasivos del Central termina demandando una emisión monetaria enorme, que agrega combustible a la inflación.


El Gobierno está en cuenta regresiva: está obligado transformar el humo en plan. La oposición, hasta ahora unida, también. Por eso crujen los clavos.


Hay una cifra que pone en evidencia la profundidad de ese abismo: las Leliq se acercan a un costo anual de cuatro billones de pesos. Un cuatro seguido de 12 ceros. Mientras, no es menos significativo el mecanismo utilizado por Massa para reprogramar los vencimientos internos: un nuevo menú de bonos duales. De rendimiento atado a la inflación. Mientras promete no devaluar.

Si en el imaginario populista todavía existe algo así como la “patria financiera”, conviene advertir que está celebrando en el club de los pasivos remunerados. Viene a sincerar un nuevo problema, tan grave como el del déficit fiscal que Massa promete reducir: el del déficit cuasi fiscal.

Massa quiere llevarle a Kristalina Georgieva un ajuste tarifario real, no la “sarasa” que le imponían a Guzmán desde el Instituto Patria. El economista liberal Ramiro Castiñeira advierte: “El Estado se desespera por hacer un ajuste de 500 mil millones anuales en tarifas. El Banco Central aumenta el gasto a 500 mil millones mensuales”.

Pero, aunque por ahora Massa sólo haya encarado como agenda prioritaria el legado de deuda interna que para Guzmán era irrelevante y el tarifazo que le piden las empresas que lo circundan, la expectativa inicial que generó explica el revuelo en la oposición.

Juan Aranguren se siente vindicado por el ajuste tarifario que promete Flavia Royón. Federico Sturzenegger por la política monetaria que ejecuta Miguel Pesce. En la vanguardia de esa revisión, Mauricio Macri reivindicó aquella desazón histórica que confesó después de las Paso en 2019. De la que tuvo que arrepentirse para entregar en fecha el gobierno.

Elisa Carrió olfateó ese nuevo debate: Massa gestionando redefine la polarización interna que persiste entre los opositores. Entre los que promueven un amplio acuerdo político de salida a la crisis, en diciembre de 2023; y los que sostienen precisamente lo contrario: que la crisis devorará a los que lo intenten. Para Carrió son panperonistas los primeros y panrepublicanos los segundos. Pero dio a entender que no es una diferencia política, sino ética. Puso una mecha explosiva en Juntos por el Cambio. La criticaron por inoportuna. Pero Carrió calculó su salida: en medio del juicio en el que Cristina se ahoga en un mar de pruebas en contra.


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