Poner tierras bajo riego es posible y prioritario

La decisión de Neuquén de licitar el proyecto ejecutivo para una obra que irrigaría 50.000 hectáreas marca un punto de inflexión.

Dique Ballester. Foto: Flor Salto.

Desde que el ser humano comenzó a poblar la Tierra, el agua constituyó un aliado vital para crecer y desarrollarse. No fue casualidad que los primeros asentamientos se establecieran cerca de vertientes, arroyos y ríos. El agua no solo era indispensable para la vida: también permitía producir los alimentos necesarios para sostener y hacer crecer a las comunidades. Con el crecimiento de la población también se extendió la construcción de canales y sistemas de riego, que permitieron incorporar progresivamente mayores superficies a la producción agrícola.

En la Norpatagonia, en 1910 comenzó la construcción de lo que hoy conocemos como Dique Ingeniero Ballester, sobre el río Neuquén, a la altura de Barda del Medio, en Río Negro, y Vista Alegre, en Neuquén. La obra, financiada por el Gobierno nacional, fue terminada apenas seis años después y tuvo como objetivo inicial contribuir al control de las crecidas del río.

Pero, al mismo tiempo, sentó las bases de una de las obras de riego más importantes de nuestra historia regional. Se aprobó el proyecto del ingeniero Diego Severini, que contemplaba la construcción de una obra de toma para alimentar un canal de riego y otro derivador hacia la cuenca Vidal, con el propósito de atenuar las crecidas del río.

A partir de allí se comenzó con la construcción del canal principal, conocido en la región como el “canal grande”, de 130 kilómetros de extensión. Con el paso de los años se fue completando un sistema de canales secundarios, terciarios y acequias que permitió incorporar al riego más de 60.000 hectáreas del Alto Valle de Río Negro y Neuquén.

El resultado fue mucho más que una obra hidráulica. Sobre esas tierras se desarrollaron la fruticultura y la vitivinicultura, actividades que terminaron convirtiéndose en una de las características económicas y productivas más importantes de la región.

El ejemplo del Alto Valle permite entender qué puede ocurrir cuando una obra de infraestructura transforma una posibilidad en una realidad productiva.

Ese mismo criterio estuvo presente cuando se definieron los objetivos complementarios de la represa El Chocón. En aquellos años se anunció que la obra permitiría incorporar un millón de hectáreas al riego. Lamentablemente, ese objetivo nunca llegó a concretarse en ninguna de las dos provincias.

Desde entonces, en Neuquén puede hacerse un largo inventario de proyectos de riego que fueron estudiados y proyectados, pero que tampoco pudieron concretarse: La Ramadilla, Isidro Labrador y Mari Menuco-Bajo Los Barreales son algunos de los más importantes.

Entre ellos, el proyecto Mari Menuco-Neuquén estuvo particularmente cerca de convertirse en realidad. La obra tenía dos objetivos centrales: resolver el problema del abastecimiento de agua potable para las ciudades de la Confluencia y, al mismo tiempo, poner bajo riego unas 30.000 hectáreas en la zona conocida como Bajo Los Barreales.

El exministro Alfredo Esteves había explicado entonces las principales características de esta obra multipropósito. Se trataba de construir un canal a cielo abierto por el que el agua circularía por gravedad desde el lago Mari Menuco.

La conducción debía llegar hasta el norte de la ciudad de Neuquén, donde se bifurcaría: hacia el oeste, para abastecer el área de riego, y hacia el este, para alimentar la planta potabilizadora. La falta de agua que afectaba a distintos barrios de la ciudad de Neuquén, especialmente durante los veranos, generaba fuertes reclamos de los vecinos. Esa situación llevó a las nuevas autoridades a modificar el proyecto con el objetivo de acelerar la respuesta al problema del abastecimiento. Se decidió entonces reemplazar el canal a cielo abierto por un acueducto, cuya construcción demandaría menos tiempo, mientras en paralelo se avanzaría con la planta potabilizadora para tratar el agua proveniente del lago Mari Menuco.

El riego, sin embargo, siguió siendo una asignatura pendiente.

En los últimos años, obras como los canales La Picasita, en Picún Leufú, y Sausal Bonito-El Chañar en el departamento Añelo permitieron incorporar nuevos actores a la agricultura y la ganadería neuquinas. Pero su escala todavía resulta insuficiente para modificar de manera significativa la estructura productiva provincial.

Ahora aparece una oportunidad diferente. La decisión del gobernador Figueroa de licitar el proyecto ejecutivo para una obra destinada a poner bajo riego 50.000 hectáreas ubicadas entre Piedra del Águila y Picún Leufú, en la zona denominada Corredor del Viento, puede constituir un verdadero punto de inflexión.

Se trata de una superficie considerada muy apta para la agricultura y de un proyecto que probablemente represente una de las inversiones más importantes en infraestructura productiva de la actual administración provincial.

Utilizar parte de la renta petrolera para diversificar la matriz productiva de Neuquén no solo parece una decisión inteligente: puede convertirse en una de las inversiones estratégicas más importantes para el futuro de la provincia. Una vez construidas las obras, serán los productores y empresarios quienes podrán desarrollar la producción de forrajes, carne y otras actividades previstas para el Corredor del Viento. Pero el desafío no debería terminar allí.

* Exsenador y ex diputado nacional por Neuquén. PJ


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