Opositores a la deriva

Con la excepción del partido personal de Mauricio Macri, el PRO, cuyo líder se borró a tiempo de la lista de candidatos presidenciales y por lo tanto no tiene por qué someterse a una “autocrítica”, todas las agrupaciones políticas del país siguen procurando recuperarse anímicamente de su desempeño decepcionante en las elecciones del 23 de octubre, además de adaptarse a las circunstancias creadas por el triunfo contundente de la presidenta Cristina Fernández de Kirchner. No les está resultando fácil. Los radicales parecen más interesados en intercambiar insultos que en intentar analizar con cierta objetividad los motivos de su fracaso más reciente, mientras que los miembros de la Coalición Cívica no saben muy bien a quién culpar por la campaña desastrosa de su fundadora, Elisa Carrió, que tuvo que conformarse con un magro 1,8% de los votos. Igualmente confundidos están los “disidentes” peronistas, pero por haberlos acostumbrado el movimiento en que militan a trasladarse de una parte a otra de un mapa ideológico que nadie toma en serio no tardarán en reubicarse. Muchos ya se han acercado al kirchnerismo, aunque podrían cambiar de actitud si a raíz del ajuste que está en marcha les parece más rentable figurar como opositores. En cuanto a los socialistas, aún no saben si el resultado a su juicio promisorio que fue conseguido por el santafesino Hermes Binner podrá ser la base de una nueva combinación progresista que reemplazaría a la de Carrió o si sólo fue un fenómeno pasajero sin importancia real. Al fin y al cabo, han sido muchos los políticos que, después de sorprendernos haciendo una buena elección, han descubierto que no se trataba de un piso como esperaban sino de un techo. Por desgracia, en nuestro país la situación en que se encuentran los dirigentes opositores dista de ser nueva. Antes bien, es normal. Lo es porque el sistema político que efectivamente existe es netamente personalista. Todos los partidos, incluyendo el PJ, son remedos improvisados de las instituciones así denominadas que se dan en otras partes del mundo. Si no fuera por los ejemplos brindados por los países democráticos desarrollados, a nadie se le ocurriría formarlos. Casi todos los políticos que se sienten lo bastante populares como para aspirar a la presidencia de la Nación se ponen a construir su propio vehículo partidario, de ahí las apariciones esporádicas del Frente para la Victoria oficialista que, desde luego, depende por completo del poder de convocatoria de la líder máxima y que, sin ella, se desintegraría enseguida. Aunque a través de los años los radicales han tratado de mantener intactas las estructuras partidarias, sus esfuerzos en tal sentido no les han servido para mucho, ya que al electorado le importa más la imagen de los candidatos que la trayectoria del partido que los apoya, mientras que el dogmatismo de quienes controlan el aparato virtualmente obliga a los reacios a obedecer a los jefes de turno a alejarse, como hicieron los ex presidenciables Carrió y Ricardo López Murphy. La “hegemonía” de Cristina, como la de Raúl Alfonsín en los años ochenta y Carlos Menem en los noventa, es la contracara de la impotencia ya tradicional de los opositores en el orden político nacional, que puede atribuirse a la incapacidad, al parecer irremediable, de la clase política para formar partidos auténticos. Lo lógico sería que los radicales, los socialistas, los miembros de Coalición Cívica y otros de ideas afines formaran un solo partido, pero en tal caso algunos dirigentes tendrían que ocupar puestos a su entender subalternos en la jerarquía partidaria, necesidad que, por supuesto, les parece inaceptable. Tal vez se resignarían a hacerlo si ya existiera un partido progresista tan prestigioso que entendieran que les sería mejor cumplir un papel modesto en él de lo que sería figurar como jefe de una organización más pequeña, pero mientras no exista uno continuarán negándose a abandonar sus pretensiones, asegurando así que la Argentina siga siendo un país dominado con frecuencia por una sola persona que, consciente de que una oposición fragmentada no está en condiciones de ocasionarle demasiados problemas, se cree con derecho a mofarse de las instituciones que, en teoría, deberían obligarla a respetar las reglas propias de una democracia republicana que se precie.


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