Para los coptos egipcios, una Navidad esperanzada

COLUMNISTAS

En tiempos de creciente intolerancia religiosa y hasta de expresiones de una violencia facciosa en aumento, no es demasiado fácil encontrar buenas noticias. No obstante las hay, como veremos enseguida.

El presidente de Egipto, Abdel Fattah el-Sisi, concurrió sorpresivamente a la catedral copta en El Cairo cuando allí se celebraba la misa de Navidad con un lleno total de fieles. Lo hizo inesperadamente, sin anuncios previos de ningún tipo.

Ello ocurrió el 7 de enero, fecha en la que los coptos celebran su propia Navidad y en la que los católicos lo hacían antes de adoptar el llamado calendario gregoriano, en 1582. Allí se encontró naturalmente con el actual papa copto, Tawadros II. Y dirigió a los fieles coptos -visiblemente emocionado- palabras sabias y prudentes, de reconciliación, por lo que no pueden ignorarse. Menos aún en un país como Egipto, donde los coptos eran hasta no hace mucho -esto es hasta hace poco más de un año- objeto de toda suerte de agresiones, persecuciones, demonizaciones y marginaciones constantes y donde todavía hoy pueden ser perseguidos en cualquier momento cual blasfemos. Y donde, además, para poder edificar un nuevo templo deben vencer una gigantesca maraña de normas -y requisitos administrativos- que deben navegarse con toda paciencia.

El presidente egipcio, ante las cámaras de televisión de su país que transmitieron el acontecimiento que ciertamente no tenía precedentes, señaló que, más allá de las convicciones religiosas de cada uno, tanto coptos como musulmanes son egipcios. Iguales, en consecuencia. Sus palabras, naturalmente, provocaron un espontáneo, inmediato y cerrado aplauso entre los fieles concurrentes porque, generosas, expresaron todo lo contrario a la desconfianza y la animosidad. Y conformaron un mensaje de reconciliación.

Los coptos -que llevan siglos viviendo y practicando su antigua fe en Egipto- componen aproximadamente el 10% de la población total de ese país, de unos 85 millones de almas.

Para aplaudir, entonces, el simpático y corajudo gesto -y las palabras concretas- del presidente egipcio, particularmente cuando, en París, la intolerancia religiosa acaba lamentablemente de impulsar las manos asesinas de un grupo más de fanáticos para quienes, en su odio, cuando se afectan sus propias creencias no hay razón alguna que valga para impedir los asesinatos. De horror.

Gustavo Chopitea

Analista del Grupo Agenda Internacional

Gustavo Chopitea


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