Poligamia virtuosa

A menos que el Ruckauf "polígamo" mantenga bien reprimido al demagogo que gobernaba Buenos Aires, las perspectivas serán más tenebrosas.

Según sus muchos adversarios, Carlos Ruckauf es un hombre que no suele dejarse molestar por principios inflexibles. Es de esperar que quienes piensan así resulten estar en lo cierto porque de lo contrario su gestión como canciller nos involucraría muy pronto en conflictos agrios con el Brasil y con el Reino Unido, países que antes de llegar al Ministerio de Relaciones Exteriores Ruckauf criticaba con virulencia nada común. Sin embargo, parece que el flamante canciller entiende que en adelante le convendría tratarlos con ecuanimidad puesto que Brasil domina el Mercosur y Gran Bretaña, además de ser una potencia financiera, incide mucho en las actitudes asumidas por la Unión Europea. En cuanto a Estados Unidos, el ex vicepresidente y ex gobernador de la provincia de Buenos Aires se ha manifestado en favor de mantener vínculos estrechos con Washington aunque no los privilegiará, afirmándose «polígamo» en materia de asuntos exteriores, o sea, dispuesto a cultivar relaciones «carnales» con virtualmente todos.

Por razones contundentes, será del interés nacional que el gobierno haga todo cuanto esté a su alcance por asegurar que logremos no sólo la comprensión de Estados Unidos, la Unión Europea, el Brasil y todos los demás países que están en condiciones de ayudarnos a superar el gravísimo trance en el que nos hemos metido, sino que también cultivemos su amistad. Pero sucede que hay muchos motivos políticos y, si se quiere, psicológicos, para que el gobierno asuma una postura agresiva, hablando como si a su juicio la Argentina fuera víctima inocente de la vileza ajena y la crisis el producto del imperialismo angloyanqui combinado con la rapacidad de los «nuevos conquistadores» españoles. Esta forma de analizar el derrumbe de la economía es bastante popular entre sindicalistas que han estado celebrando con entusiasmo la llegada al poder de Eduardo Duhalde por imaginar que restaurará el peronismo de los años cuarenta, de suerte que es de prever que algunos funcionarios procuren congraciarse con ellos expresando los mismos sentimientos.

De la confrontación entre la fría lógica de los que saben que la Argentina no podrá frenar el proceso degenerativo que está en marcha sin la colaboración del resto del mundo por un lado y, por el otro, los instintos más rudimentarios del populismo tradicional dependerá el futuro de millones de personas. Una Argentina que contara con la buena voluntad activa de los países más ricos y de su vecino mayor podría recuperarse al recibir la ayuda financiera suficiente como para dotarse de un sistema monetario mínimamente adecuado. En cambio, un país aislado y en bancarrota, gobernado por personas resueltas a culpar a los demás por sus muchas lacras, sin acceso al crédito ni mercados seguros para sus productos, se condenaría a la pobreza más extrema y también, es innecesario decirlo, a la degradación política y social. Por lo tanto, a menos que el Ruckauf «polígamo», deseoso de casarse con muchos otros países, mantenga bien reprimido al demagogo que gobernaba Buenos Aires, las perspectivas seguirán haciéndose cada vez más tenebrosas.

La hostilidad patente de tantos ciudadanos hacia la «clase política» de la que Duhalde y Ruckauf son dos representantes destacados entraña muchos peligros, pero también refleja algo que es muy positivo: la conciencia de que la crisis se debe casi por completo a factores internos. Por ahora, los intentos de sindicalistas generalmente despreciados y de extremistas tanto de la izquierda como de la derecha de exportar la responsabilidad por lo que ha ocurrido, endosándolo a Estados Unidos e incluso a España, no han prosperado, pero continuarán tratando de propagar su mensaje venenoso con la esperanza de aprovechar en beneficio propio la indignación y el desconcierto que siente buena parte de la población del país. De más está decir que si el gobierno cae en la trampa así supuesta, salir de ella se haría virtualmente imposible porque aun cuando Estados Unidos y Europa estuvieran dispuestos a emprender un rescate en gran escala no les sería dado hacer mucho a fin de ayudar a un país que, por los motivos que fueran, insistiera en tratarlos como enemigos mortales.


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