Rafael Barrett

Por NESTOR TKACZEK

ntkaczek@hotmail.com

«El espíritu sopla donde quiere» y quiso alguna vez el espíritu que elige a los elegidos, los singulares, a los que cobija y dota de un talento sin igual para todo lo que emprendan soplar sobre un hombre que tenía el don natural de la inteligencia y el don natural de que esa inteligencia se manifestara mediante la escritura.

Hubo un hecho que lo marca en su carácter y le permitirá conocer otra cara del mundo. Abelardo Castillo lo cuenta así: «A fines del siglo pasado (XIX), un aristócrata lo tildó de homosexual. Él le molió el lomo a latigazos en un teatro, ante todo Madrid, y exhibió un certificado médico sobre su impoluto esfínter. Se fue de España. Cuando llegó a América ya era el anarquista Rafael Barrett, el revolucionario Rafael Barrett, el escritor Rafael Barrett».

A ese hecho que virará para siempre las vías de su existencia le sucederán otros, todos arrastrados por el torbellino de los conflictos. Ya en Argentina siguen las polémicas y los duelos. Marcha enviado por un diario argentino a Paraguay a cubrir la revolución liberal.

Participa activamente de la política paraguaya y ya a partir de 1907, en sus artículos periodísticos, Barrett desnuda la realidad social paraguaya con una clarividencia de ideas y de análisis que más de un siglo después siguen siendo fundamentales en el pensamiento ensayístico. Es célebre aquel escrito de 1908, «Lo que son los yerbales paraguayos», en el que denuncia la esclavitud que las empresas yerbateras someten a los trabajadores («mensús») en sus plantaciones. La respuesta de las empresas no tardan y Barrett se queda sin trabajo. Poco después marcha al exilio.

Sólo seis años estuvo en el país, los suficientes para sentirse plenamente paraguayo para siempre y para dejar una obra que lo consagra como uno de sus prosistas más importantes. La obra de Barrett, fragmentaria, dispersa en innumerables periódicos argentinos, paraguayos y uruguayos está al servicio de los más humildes y marca como en un plano imaginario varias sendas que la vida cultural y los hechos sociales y políticos en los años venideros seguirán.

Así lo reconoce Augusto Roa Bastos, el autor de «Yo, el supremo»: «En el Paraguay […] sus escritos constituyen el hito inicial de una literatura como actividad distinta de la simple producción historiográfica, predominante hasta entonces. Los mejores narradores y poetas surgen a la sombra del denso pero casi invisible árbol barretiano; invisible pero actuante en el olvido que lo circunda y esfuma».

Borges no fue ajeno al deslumbramiento de las ideas y la prosa lacónica de Barrett «te pregunto si no conoces un gran escritor argentino, Rafael Barrett, espíritu libre y audaz. Con lágrimas en los ojos y de rodillas te ruego que cuando tengas un nacional o dos que gastar, vayas […] a cualquier librería y le pidas al dependiente que te salga al encuentro un ejemplar de 'Mirando la vida' de este autor»

Rafael Barrett había nacido en 1876 en Torrelavega (Santander) y falleció en 1910 en un pueblo francés donde, desesperado, había ido en busca de cura para su tuberculosis.


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