Refundación

La consulta anunciada por el gobernador busca colocar al gremio frente a la sociedad que lo padece.

HÉCTOR MAURIÑO vasco@rionegro.com.ar

Contrariamente a lo que presumió García Márquez, las estirpes condenadas a cien años de soledad pueden tener una segunda oportunidad sobre la tierra. Así parece entenderlo Jorge Sapag, quien en su discurso de apertura de sesiones ordinarias de la Legislatura ha dado a entender que esta provincia se apresta a vivir una suerte de refundación. La cosa es relativamente sencilla. En el 63, tío Felipe toma la decisión de convertir este arenal dejado de la mano de Dios –que atiende en Buenos Aires– en un lugar decente para vivir: educación, salud, caminos, electricidad, empleo público y Movimiento Popular Neuquino, sobre todo muuucho Movimiento Popular Neuquino. La palabra mágica de aquella etapa, dichosa si las hubo, fue “regalía”, el combustible perfecto para mover toda la maquinaria. Eso ya está. Ahora, superada ampliamente la etapa de la toldería y después de aquel pequeño “accidente” llamado Sobisch, el sobrino Jorge encara un renacimiento: más escuelas, caminos, aeropuertos, acueductos, líneas de alta tensión y empleados públicos; todo con un poco más de Movimiento Popular Neuquino y, oh casualidad, de más Sapag. Hoy, como ayer, el combustible parece ser también la regalía, pero esta vez viene con resonancias inéditas, prometedoras de nuevas dichas: “shale oil”, “shale gas”, Vaca Muerta, YPF. Un mensaje optimista sin duda el del gobernador, abonado con algunas citas cargadas de humanismo –San Juan Bosco, Gandhi, la Madre Teresa– y con otras más de tono realista –Max Weber, De Gaulle, Frondizi–. Un reconocimiento a la poética certera de Gerardo Burton y, de yapa, un paneo fugaz por el esoterismo: la profecía de Solari Parravicini que da cuenta de que este Neuquén que se repite y se repite está llamado, quién sabe, a convertirse en “faro de la República”. Nada dijo, en cambio, Sapag del cúmulo de temas pendientes que tiene la provincia: un sector público desbordado; pobreza endémica apenas contenida por las redes clientelistas; macrocefalia de la capital y abandono de buena parte del interior; dependencia crónica de un esquema económico rentista y petróleo dependiente. Todo eso ya se sabe, pero a tenerse por el prometedor discurso del mandatario, lo que está por venir es esperanzador: más riqueza para repartir, acaso por otros 50 años; una segunda oportunidad que sólo tienen algunos afortunados. Claro que Sapag puede soñar con su utopía de reeditar con nuevos bríos el esquema que, mal o bien, hizo crecer a la provincia y dio poder a su estirpe, porque es un hombre prolijo y astuto. Prolijo porque, aunque no haya transformado los cimientos de la economía –acaso tampoco se lo propone–, ha llevado adelante una administración ordenada y ha tenido la prudencia o la habilidad, o ambas cosas, de no enfrentarse con nadie. Sus casi seis años de gobierno lo han mostrado como un político hábil, que sabe convivir con las diferencias y salirse las más de las veces con la suya sin irritar demasiado. Y esa realidad distendida, aunque luzca modesta, parece un bien en sí mismo en una provincia que vivió una década de crispación. Astuto, porque no ha dejado crecer a ningún adversario de monta. Está solo, o casi solo, en un partido en el que no quedan grandes competidores; algunos porque ya no convencerían a nadie y otros porque, aunque ganas no les faltan, no han cobrado estatura gracias a una conducción despótica y vacía primero y a otra supercentralizada después. Además, por afuera del MPN sobrevive una oposición raquítica y dispersa, funcional al reinado sin fin del partido provincial, en la que sólo sobresale Quiroga. Pero contra el audaz y cambiante intendente –ha probado todo tipo de alianzas– cuenta el no tener un proyecto demasiado diferente al gobernante. Tanto como el tremendo pragmatismo de una parte de la sociedad neuquina abonada al esquema político local y acaso también al viejo adagio que sugiere ‘mejor malo conocido…’. No es casual, entonces, que en semejantes condiciones Sapag acaricie la posibilidad de su re-reelección. Sólo que no sabe cómo concretarla. Para el no menos astuto Quiroga –dicen quienes lo frecuentan–, Sapag está frente a un laberinto con tres dilemas: Pereyra, Sobisch y él mismo. Pero además de que esto puede ser cierto, el principal problema del gobernador es que no sabe si la sociedad acompañaría su apuesta. Del discurso ante la Cámara hay que rescatar además el anuncio sobre el llamado a una consulta popular para respaldar una ley que impida interrumpir el dictado de clases. En la última década y más, la educación pública en Neuquén ha perdido más de un año de clases. Los barrios están plagados de chicos sin futuro y sin presente caídos del sistema educativo, que pasan sus días incursionando en refriegas estériles y simples delitos. El porcentaje de padres de sectores medios –altos, pero también de ingresos más modestos– que han optado por el sacrificio de pagar una escuela privada para que sus hijos puedan asistir a las aulas sin sobresaltos ha crecido exponencialmente en los últimos 20 años. Todo al ritmo en que la educación pública escoraba entre el tremendismo funcional de un gremio ciego a la función social de la docencia y gobiernos a los que sólo les importaba el marketing político. La decisión anunciada por Sapag está dotada de sagacidad, en la medida que saca al conflicto del enfrentamiento exclusivo con el gobierno al colocar al gremio frente a la propia gente que lo padece. Lo mismo corre para la vocinglera pero frecuentemente estéril oposición, que difícilmente pueda quedarse esta vez cruzada de brazos. Sólo falta saber si el gobernador estará realmente dispuesto a llevar a cabo el desafío que ha lanzado.


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