Regionalización

Por Ricardo Sarandría

No es la primera vez, por cierto, que se plantea esta posibilidad de unificación de las provincias de Río Negro y Neuquén. Consecuentemente existen vastos antecedentes históricos y opiniones sobre el particular, que si bien hay que trasladar en el tiempo a fin de actualizar y adecuar al momento que se vive, no dejan de ser un interesante punto de partida para un análisis objetivo y serio de la cuestión.

Diez años después de la sanción de la Ley 14.408 que dispuso la provincialización de territorios nacionales, entre ellos Río Negro y Neuquén, y de sancionadas las respectivas constituciones provinciales, en 1957 surgió por primera vez la idea de crear una nueva provincia en esta parte de la Patagonia y luego aparecieron algunos otros intentos de modificación de los límites de estos dos estados. En algunas oportunidades el proyecto consistía en restarle a ambas provincias algunas zonas, que sumadas a otros partidos de la Provincia de Buenos Aires formarían una nueva provincia con capital en Bahía Blanca, y que contemplaba la exclusión de las zonas menos desarrolladas o con menos posibilidades de desarrollo y en otras esta cuestión que hoy se reaviva de unificación de Río Negro y Neuquén. El fin perseguido era, como creo entender que hoy también se plantea, el impulsar el desarrollo de las zonas potencialmente ricas que las mismas comprenden, ahorrándose paralelamente el gasto de una administración.

Y también es oportuno mencionar que en aquellos primeros años de los sesenta también la discusión se centraba en que no es lo mismo «integración» que conformar una provincia nueva; que la modificación de los límites tiene que ser fruto de objetivos concretos con decisión y medios suficientes para alcanzarlos; que para qué serviría ahorrar el sueldo de un gobernador, algunos jueces y de una legislatura si ese dinero igualmente fuera malgastado; que no es lo mismo un análisis político de la cuestión que uno estrictamente económico o de desarrollo; o para qué modificar límites si no existe una concreta y verdadera voluntad de desarrollo. Merece aclararse también, que en la mayoría de las anteriores oportunidades existían regímenes de gobierno distintos a los actuales, que seguramente no permitieron a los habitantes de la región hacer un análisis amplio, responsable, profundo, desprovisto de suspicacias y democrático de la cuestión.

En un primer análisis seguramente se coincidirá en que es auspicioso que ambas provincias trabajen en un proceso de integración regional que sea una palanca de desarrollo económico teniendo en cuenta que Río Negro y Neuquén presentan características geoeconómicas con muchos puntos en común. La fruticultura y la ganadería como el turismo y la explotación energética son claros ejemplos de esto.

Sin duda alguna las actividades productivas de Río Negro y Neuquén son complementarias y absolutamente adaptables a una regionalización que podría determinar ventajas competitivas.

Un trabajo periodístico recientemente publicado habla sobre la combinación ideal que podría producirse al equilibrar la economía neuquina sustentada en una fuente no renovable de energía, como es el caso del gas y el petróleo, con una estructura económica como la de Río Negro, mucho más diversificada y conformada por un sistema frutícola ligado a la exportación, pesca y ganadería que debería sostenerse y crecer en el tiempo sin ningún tipo de dificultades.

El análisis concluye en que Neuquén estaría en condiciones de aportar fondos en el corto plazo -para equilibrar las asimetrías de una regionalización- y el aporte de Río Negro sería sustentar, en el mediano y largo plazo, la economía de esta integración a través de una estructura productiva de mayor escala y firme en el tiempo.

También se podría concluir en que desde el punto de vista económico la regionalización ha sido puesta en práctica en los hechos desde hace tiempo. Es obvio destacar que cuando en economía se suman fortalezas se gana, y se pierde cuando éstas se dividen.

Pero el argumento o el concepto no siempre puede aplicarse en el ámbito político, donde muchas veces sumar no siempre es positivo.

No puede ser tomada una regionalización con el simple objetivo de unirse para lograr mayor eficiencia en el uso de los recursos públicos provinciales o en la distribución geográfica del gasto, esto es un objetivo necesario, pero no suficiente.

Economizar por economizar se podría intentar con buenos resultados con las actuales estructuras sin la necesidad de producir una reforma constitucional de la misma forma que para lograr la reducción del gasto político. No es necesario para ello emprender tamaña empresa, sino simplemente tomar la firme decisión de racionalizar el Estado, priorizar acciones y diseñar políticas públicas consistentes y realizables, y por sobre todas las cosas incorporar en la acción a todos los habitantes, promoviendo una abierta y efectiva participación.

Ahora bien, a lo largo de los años ambas provincias han dado acabadas muestras de aunar esfuerzos y criterios a fin de reafirmar los recursos económicos, sociales y el potencial de la región, y me parece que allí es donde hay que apuntar, profundizar y generar acciones que permitan vislumbrar una verdadera integración construida de abajo hacia arriba sobre la base de la acción de cada uno de nosotros, los habitantes de la región, involucrándonos cotidianamente en su conformación.

Y es aquí donde los gobernantes debemos jugar un papel fundamental sentando las bases que fortalezcan el proyecto. Debemos profundizar las acciones conjuntas ya emprendidas, establecer experiencias comunes, generar microrregiones con políticas de desarrollo en común, ser cautos en el proceso y en el mensaje sin confundir los conceptos y priorizando la cuestión de fondo. Entender y hacer entender que regionalización no significa fusión de jurisdicciones, abolición de legislaturas, municipios o concejos deliberantes ni perder identidad cultural, sino que por el contrario significa establecer mecanismos orientados no simplemente a ver lo que se puede ahorrar sino a lo que se puede ganar con un proceso de fortalecimiento del federalismo en lo económico y social.

Encontradas las coincidencias en lo económico hay que establecer las pautas que permitan consensuar las diferencias que puedan observarse en el plano social y la eficiente cobertura de segmentos esenciales como son la salud, educación y seguridad.

El desafío será encontrar el necesario equilibrio.

Una variante

Desde mi punto de vista el camino más indicado es iniciar el proceso desde abajo, es decir al contrario de como se está planteando, lo que evitará que lo que puede ser una propuesta promisoria se convierta en un objetivo inalcanzable.

No es aconsejable hacer un plebiscito en los próximos meses consultando a rionegrinos y neuquinos si están o no de acuerdo en tener un solo gobierno, una legislatura y un Poder Judicial o menos municipios, lo que probablemente en las actuales circunstancias podría tener un resultado exitoso, pero que evidentemente no condice con el objetivo final, que debe perseguir plantear la unificación de ambas provincias.

Considero también un error comenzar por la modificación de los límites cuando innumerables experiencias en el mundo nos enseñan que el camino ha sido justamente el contrario. Un claro ejemplo es el proceso que ha ido desarrollando la comunidad europea.

La tarea debe ir desarrollándose paso a paso, sin imprevisiones, con profundas convicciones, pero abiertas a ser modificadas ante los obstáculos y las dificultades que seguramente se irán planteando, resolviendo los problemas gradualmente y sin perder el rumbo del principal objetivo.

Por qué no empezar con la simple aplicación de los Artículos 124 y 125 de la Constitución Nacional que expresan respectivamente que «Las provincias podrán crear regiones para el desarrollo económico y social y establecer órganos con facultades para el cumplimiento de sus fines…» y que: «Las provincias pueden celebrar tratados parciales para fines de administración de justicia, de intereses económicos y trabajos de utilidad común, con conocimiento del Congreso Federal…»

Fomentar la creación de microrregiones o entes regionales encargados de elaborar los planes de desarrollo en las zonas postergadas que existen en ambas provincias debería ser el primer paso. En los dos casos históricamente se han ido despoblando lugares que mantienen intacto un potencial extraordinario, con capacidad para crear fuentes de trabajo y generar recursos que la región y el país necesitan.

Por allí deberíamos empezar, generando polos de desarrollo, explotando ordenadamente nuestras riquezas minerales, forestales, ganaderas, estableciendo un planeamiento regional en el que algunos proyectos no saldrán del límite geográfico de las provincias, como puede ser la explotación de determinados yacimientos, pero otros abarcarán más de una provincia, como el caso del desarrollo de los recursos turísticos. Y no hace falta más que priorizar objetivos, establecer fortalezas y debilidades, procurar los medios necesarios para alcanzar las metas propuestas y ponerse a trabajar.

(*) Intendente Municipal de General Roca


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