Safo de Lesbos, maestra

por HECTOR CIAPUSCIO, Especial para “Río Negro”

Hace tres meses la información literaria nos trajo noticias de que técnicas perfeccionadas en la actividad satelital -rayos infrarrojos y computadoras- estaban permitiendo a papirólogos de la universidad americana de Utah reconstruir, para su lectura, tesoros de épocas clásicas hallados hace un siglo y que permanecían indescifrables debido a su deterioro material. Se trataba en esa oportunidad de una obra de Sófocles (de quien se conservan sólo siete) que siempre se había estimado perdida pero estaba oculta, encriptada, en los llamados «papiros de Ossirinco» hallados en la tumba de una momia egipcia en 1896. Ante el caso, jubilosos eruditos consideraron las posibilidades que abren las nuevas tecnologías como un acontecimiento trascendente aunque advirtieron, curados de excesos por decepciones anteriores, que hay que ser prudentes en el optimismo, que no es cosa de pensar en aventuras y triunfos «a la Indiana Jones». De todos modos, es claro que esta asociación de tecnologías con literatura es una nota sugestiva para la vieja polémica de las «dos culturas».

Ahora nos llega una novedad parecida: el desciframiento en la universidad alemana de Cologne y utilizando técnicas renovadas, de una obrita de Safo, la maravillosa poeta lírica que vivió a principios del siglo VI a.C. en la isla griega de Lesbos y de cuya obra -a distancia de sus contemporáneos que dispusieron de nueve libros para exaltarla como «la décima Musa»- nos quedan sólo fragmentos y tres poesías completas. Esta nueva que se agrega será la cuarta, doce versos cuya perfección no hace sino confirmar, según los expertos, aquella fama que la colocó en opinión de sus coetáneos griegos «cerca de Homero» o, según alguno de la antigua Roma en «un lugar en el que ninguna mujer podría desafiarla como poeta». Esa aureola se debía a poemas de amor apasionado que conocemos sólo en traducciones dudosas del difícil dialecto eólico -por ejemplo una que comienza «Me enamoré de tí una vez, Athis, hace tiempo». El único traductor que pudo verter sus versos con parecida vibración íntima fue el romano Catulo, poeta amatorio de tiempos del emperador Augusto que incluso llamaba a su propia enamorada «Lesbia», en homenaje a la poeta de Lesbos. Pero sus temas, siempre personales, también se referían a asuntos de celos, enemistades entre mujeres y hasta de política o cuestiones domésticas.

La fama de Safo tiene otras aristas relacionadas con su modo de vida. En primer lugar, porque de su internado de señoritas y del nombre de Lesbos donde éste se ubicaba surgió la leyenda de una especial sensualidad de los habitantes de la isla y su literatura. O, como expresa una conocida enciclopedia (que en una de las acepciones homologa «Lesbianismo» con «Safismo») esa reputación debía mucho a la versión sobre una «banda homosexual asociada con Safo». En todo esto seguramente hay mucho de leyenda. Lo que se sabe bien es que en su escuela y en sus versos, Safo llamaba «compañeras» o «criaturas» a sus pupilas -chicas enviadas por padres ricos para que aprendieran música, danzas y canto-, se refería a su mansión como «servidora de las Musas» y que en casi todas sus poesías el nervio lírico es el amor y la dicha de celebrar los placeres de la vida libremente.

Pero vayamos a la pequeña pieza poética recuperada. En ésta el foco es la propia Safo aludiendo no ya a una nueva pasión suya sino al melancólico paso de los años. Envejecer, dice, es parte de la condición humana y nada se puede hacer sobre ello. Y a esa realidad de su persona la toca apenas, indirectamente, con una referencia al mito de Titón, un personaje de estirpe real a quien la diosa Aurora, su enamorada, logró que los dioses le asignaran el don de la inmortalidad, pero olvidó pedirles que estuviera acompañado por el de una juventud eterna. Y así, el amante, mientras su consorte permanecía eternamente joven y bella, se fue convirtiendo con los años en un esposo decrépito y repulsivo. (Este es un tema presente en la poesía clásica, por ejemplo en «La Eneida» de Virgilio, y en la literatura moderna en el «Gulliver» de Jonathan Swift). La poeta de Lesbos trae aquí al mito como una indicación discreta sobre su propia tristeza de envejecer y al hacerlo inspira una reflexión que puede ser propia de cualquier docente en un inicio del año escolar. Se está dirigiendo a las pupilas y en cuatro líneas revela su drama de maestra: ve pasar años que le pesan en el cuerpo y en el alma mientras cada renovada cohorte de alumnas, siempre jóvenes y frescas, comienzan con ella que envejece sus alegres jornadas de cantos y danzas festejando a las Musas.


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