De Venezuela me vine con lo justo. A uno lo dejan salir pero el trámite es complicado.
Te la hacen muy difícil. Te dicen que el trámite sólo se hace por internet y se cae el servidor. Terminas pagándole a un gestor. Todo es así. Coimas por todos lados”.

Los venezolanos ya son la segunda ola migratoria en la cordillera

Se fueron cansados de la violencia y en Bariloche encontraron un lugar para vivir. Algunos piensan en volver cuando la situación política cambie.

01 sep 2018 - 23:30

“Lloré las ocho horas del vuelo desde Venezuela a la Argentina. Hoy, 8 años después, me preguntan por mi país y tampoco puedo evitar llorar”, resalta Marcos Araujo, con los ojos cubiertos de lágrimas.

Hastiado de la inseguridad y la violencia, decidió abandonar Caracas junto a su pareja. Este mecánico industrial desembarcó en Bariloche donde consiguió trabajo de inmediato, logró establecerse y hoy tiene una hija de un año. “Una hijita barilochense”, aclara.

“Sueño con que se tranquilice el tema político en Argentina para no tener que volver a pensar en irme a otro lado. Fue la situación más extenuante de mi vida. Me duele las cosas que pasan”, confía Marcos.

Detrás de la reciente inmigración venezolana se esconden cientos de historias de vida marcadas por el hambre, la angustia o las pérdidas pero todas con un denominador común: la esperanza.

Históricamente, los chilenos encabezaron las radicaciones que otorga la Delegación de Migraciones de Bariloche –que comprende además Junín de los Andes, Villa Traful, Villa La Angostura, El Bolsón, Línea Sur hasta Los Menucos, Lago Puelo, El Hoyo, Esquel, Trevelin y Corcovado–. En lo que va del año, se registra casi una equiparación en el número de trámites encabezados por venezolanos y chilenos (146, corresponden a Chile y 127, a Venezuela).

Los venezolanos ya son la segunda ola migratoria en la cordillera
Juan José Rolón todavía sueña con poder volver a su país. (Foto: Marcelo Martínez)

Sólo un paso

“Soñamos con poder volver. Nuestro paso por aquí es transitorio. Se va el gobierno y yo me vuelvo a levantar a mi país”. Juan José Rondón, un técnico en turismo, llegó un año atrás con la intención de enviar recursos económicos a su familia en Barquisimeto, al oeste de Caracas.

“Tenía esperanza de que las cosas cambiaran. No quería vender todo en Venezuela. Siempre me gustó Argentina y buscaba un sitio tranquilo; así llegué a esta ciudad. Conseguí trabajo en la construcción. Tuve ofertas de Posadas y Buenos Aires pero aquí me quedo”, advierte en el living de la casa que alquila en el barrio Pájaro Azul.

Estuvo un año sin ver a su esposa y a sus dos hijos –de 10 y 21 años– pero la situación se fue complejizando y tres meses atrás, la familia se reencontró en Bariloche. Pusieron en marcha un emprendimiento de comida venezolana que difunden a través de las redes y del boca en boca.

Mientras termina unas arepas que les encargaron la noche anterior, Luisana Cristina Gil recuerda: “Tenía temor de que no nos dejaran salir porque con menores de edad, colocan trabas. Intentamos seguir en el país pero hay mucha inseguridad. En los colegios, ya no hay profesores porque abandonan el país. Como no hay transporte, los padres pasan a buscar a los profesores para llevarlos al colegio. La situación es imposible en todo sentido”.

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Andrea Quintero y su novio de Caracas al frío barilochense. (Foto: Marcelo Martínez)

“Nos hacemos compañía”

Andrea Quintero y su novio llegaron a Bariloche desde Caracas en mayo cuando el frío ya se hace sentir. Intentaron vivir en Perú durante 9 meses pero desistieron y decidieron emprender camino hacia Bariloche donde ya vivía un familiar.

La joven de 27 años es ingeniera y consiguió trabajo para atender el kiosco de una estación de servicio. “Me sacó la inseguridad. Mi papá era chofer de buses y el año pasado, un grupo de malvivientes lo asesinó al disparar contra el vehículo. Esto no fue planificado. Nos vinimos con lo justo”, relata Andrea con tristeza.

Su primo, Ricardo Perdomo, había llegado unos meses antes y consiguió trabajo en una cervecería. Al desembarco de Andrea, siguió el de su hermano, Armando, y su novia, Julimar Rivero. Hoy los cinco viven en un departamento a unas pocas cuadras del centro. “Dejar tu país duele aunque tengas empleo. Te falta toda tu familia. Por lo menos, nosotros vivimos juntos y nos hacemos compañía”, sintetiza Armando, de 25 años, que acaba de conseguir trabajo en una pinturería.

Ricardo reconoce que nunca había escuchado hablar de Bariloche. “Una vez en un programa de Venezuela llamado ‘¿Quién quiere ser millonario?’, una de las preguntas era ¿a dónde queda Bariloche? Y a mí me quedó eso. Pasaron los años y una amiga mía me dijo que esto era un paraíso y me terminé de entusiasmar. Vine a Bariloche porque me ofrecía la seguridad que quería. En Buenos Aires y Córdoba, era el mismo estrés que en Caracas. Y ya que empezaba de cero, empezaba por completo”, expresa.

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Ricardo Perdomo, su hermano Armando y Julimar Rivero son familiares y viven juntos. (Foto: Marcelo Martínez)

De Venezuela se extraña todo, reconoce, fue un gran cambio de vida pero no me arrepiento. No pienso volver a un país donde te matan para robarte el celular. Los argentinos tienen un problema económico grande pero todavía tienen calidad de vida”.

El clima es quizás lo que más les cuesta a los venezolanos que se establecen en la región. “Es una cosa de locos. Vine con mi señora en verano y era todo muy lindo. Empecé a trabajar en invierno. Pero nunca tuvimos otoño. Llovió un mes seguido. Salía de mi casa de noche para ir a trabajar y volvía de noche. Eso le afecta mucho a alguien tropical”, destaca Rondón.

Araujo no lo duda un segundo. Reconoce que “uno lo que más quisiera es traerse a su familia. Están diseminados por todo el mundo: una hermana en España, primos en Buenos Aires, Panamá, Santiago de Chile, Lima, Bogotá, Miami y algunos en Venezuela viendo qué hacer”.

Los venezolanos ya son la segunda ola migratoria en la cordillera
Marcos Araujo es mecánico industrial y trabaja en una empresa local. (Foto: Marcelo Martínez)
“Extraño la familia y el país como tierra, la comida y las costumbres. Venezuela es muy amigable y todo queda cerca”.
Marcos Araujo es mecánico industrial y trabaja en una empresa.
Cada vez más
3,4%
de las radicaciones en la zona cordillerana de Neuquén, Río Negro y Chubut eran de venezolanos en 2016.
9,5%
fue en 2017 la participación de los venezolanos en las radicaciones totales.
14,3%
es hoy la proporción de radicaciones de venezolanos respecto del total. Por primera vez son el segundo grupo, detrás de los chilenos.
Extrañan horrores los afectos, especialmente porque sienten que aquí las relaciones son más frías que en su Venezuela.
Los que llegan en procura de un futuro
“El venezolano sale incluso caminando del país porque ya no tiene ni cómo pagar un pasaje. El nivel de desesperación, de hambre, te lleva a eso. Nosotros estamos juntos y eso ayuda bastante”.
Julimar Rivero, esposa de Ricardo y prima de Andrea.
“Con mi esposa emprendimos este proyectico de comida venezolana. Usamos harina sin gluten y conseguimos casi todo aunque el queso no es el mismo y el plátano tenemos que esperar que madure por el clima”. Juan José Rondón, llegó a Bariloche en 2017.
“Nos han aceptado muy bien pero quizás alguna niña le ha dicho a mi hija que vuelva a su país. Lo que más se extraña es la familia. O salir a la noche a hablar con la gente. El argentino es muy introvertido”. Luisana Cristina Gil
La angustia de un éxodo que no frena

Julimar Rivero tiene 29 años y llegó a Bariloche hace ya 4 meses. Es ingeniera pero aún no logró conseguir empleo en lo suyo. “Cuando me recibí, siempre pensé que tenía que retribuirle a mi país lo que me había dado. Pero con mi sueldo de ingeniera no podía comprar ni un helado”, recalcó la mujer mientras toma de la mano a su novio en uno de los bancos del Centro Cívico.

“Uno tiene planes, desea formar una familia –prosiguió–, pero si te quedas debes ser parte del sistema, de la mafia. Eso nos motiva a irnos del país además de todos los problemas a nivel salud, comida, educación. El venezolano sale por necesidad. Ves que tu familia antes comía tres veces al día y ahora come una vez al día”.

Cambiaron el clima tropical por una ciudad donde el invierno se extiende sobre la primavera, pero no querían vivir en una ciudad grande.
Los venezolanos que buscan venezolanos
“¿Cuándo decidí venirme a Bariloche? Cuando ves que a tus amigos, a tus familiares los matan, los secuestran. Que la vida no vale nada. Pero a ocho años de estar acá todavía cuesta. Extrañas y no sabes nada de tu familia”.
Marcos Araujo tiene 43 años y ya lleva ocho años en Bariloche. Junto a otros coterráneos, creó la página de “Venezolanos en Bariloche” que, poco a poco, se va engrosando con seguidores. “Tratás de arañar el vínculo. Te dicen, por ejemplo, que uno trabaja en una verdulería y te vas a ver si lo encuentras. La página de Facebook hoy está saturada con preguntas del tipo: ¿cómo hago para irme?, ¿cómo es el trámite?”, puntualizó Marcos, a quienes sus compañeros de trabajo le dicen “Pana”, aunque aclaró que es un apodo que se ganaron muchos de sus compatriotas aquí, en Bariloche.
Rondón remarcó que al llegar a la ciudad un año atrás no eran “más de 150 venezolanos; hoy somos 300 o 400 en Bariloche y 7.000 en todo Río Negro. Me lo dijo el gobernador en un locro cuando lo fuimos a saludar”.
Bariloche

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