Sudamérica se frena

Según la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (Cepal), una entidad que depende de la ONU y por lo tanto procura tomar en serio las proyecciones oficiales, para la Argentina el 2015 será lo que muchos llamarán un “año perdido”, ya que el crecimiento será nulo. Así y todo, el organismo pronostica que el desempeño nacional en dicho ámbito será mejor que el de Brasil, cuyo producto bruto se achicará el 0,9%, y de Venezuela, país que, si tiene suerte, experimentará una contracción del 3,5%. Aunque las economías de Bolivia, Chile, Colombia, Ecuador, Paraguay, Perú y Uruguay continuarán expandiéndose a un ritmo satisfactorio, se prevé que América del Sur en su conjunto registre una tasa de crecimiento igual al nuestro, es decir del 0%. Si bien el frenazo puede atribuirse a factores exógenos, como el letargo de la mayoría de los países de la Eurozona y la desaceleración de la economía china que ha puesto fin al boom de los commodities, además de la probabilidad de que la Reserva Federal de Estados Unidos pronto aumente los tipos de interés, lo que privaría a muchos países “emergentes” del crédito fácil al que se han acostumbrado, el que una región grande como América Latina siga siendo tan vulnerable a los choques externos es de por sí motivo de preocupación. También lo es que tres economías sudamericanas tan importantes como las de la Argentina, Brasil y Venezuela no se hayan preparado para enfrentar una época difícil, sin “viento de cola”, que podría durar muchos años. Aunque el gobierno de la presidenta brasileña Dilma Rousseff parece resuelto a tomar medidas en tal sentido, se ha reducido tanto su capital político a causa del escándalo de corrupción cuyo epicentro es Petrobras que sus esfuerzos tardíos podrían resultar vanos.

No sólo en América Latina es tradicional calificar de “años perdidos” aquellos en que el producto no crece, pero a menudo sucede que los períodos que conforme a las estadísticas macroeconómicas se caracterizan por el estancamiento son en verdad mucho más fructíferos que los supuestamente “ganados”. Lo son si los encargados de las distintas economías privilegian reformas estructurales, sobre todo las relacionadas con la educación, la seguridad jurídica, la eliminación de trabas burocráticas y la infraestructura, con el propósito de hacerlas más productivas y más competitivas, o sea menos dependientes de decisiones tomadas en lugares como Washington, Bruselas o Pekín. En cambio, si gracias a las exportaciones de materias primas o bienes agrícolas las economías regionales se anotan tasas de crecimiento tan impresionantes que un gobierno se deja convencer de que ya cuenta con un “modelo” inmejorable, habrá perdido una oportunidad acaso única para asegurar que el progreso sea sostenible en el tiempo.

Con frecuencia puede ser legítimo achacar los problemas locales a lo que está sucediendo en otras latitudes, pero siempre conviene prestar más atención a las deficiencias propias que a las ajenas. Mientras duró el “superciclo” de los commodities, los gobiernos de los tres países sudamericanos que actualmente se encuentran en apuros minimizaron la importancia del “viento de cola”, lo que por razones de política interna podría considerarse lógico, pero parecería que se dejaron persuadir por su propia propaganda, de ahí la voluntad evidente de los chavistas venezolanos, los kirchneristas y, a juzgar por los resultados de la gestión de Luiz Inácio Lula da Silva y su sucesora, Dilma, los centroizquierdistas brasileños de suponer que no les sería necesario pensar en qué hacer cuando llegara a su fin una coyuntura insólitamente favorable, ya que sus respectivos “modelos”, a diferencia de los del mundo desarrollado, estarían en condiciones de superar cualquier adversidad.

Lejos de aprovechar los ingresos fabulosos que los tres países obtuvieron vendiendo petróleo o soja a China y, en menor medida, Europa y el Japón, para intentar liberarse de la dependencia de los crónicamente inestables mercados internacionales, optaron por gastarlos en proyectos políticos y sociales que, por meritorios que en algunos casos sean, no podrán mantenerse sin financiamiento procedente del exterior que, tal y como están las cosas, no llegará en cantidades suficientes como para satisfacer las expectativas mínimas de decenas de millones de personas.

Fundado el 1º de mayo de 1912 por Fernando Emilio Rajneri

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Editor responsable: Ítalo Pisani

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Lunes 13 de abril de 2015


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