…también en la Patagonia

En 1883, la visita del transporte "Villarino" al puerto marítimo-fluvial de Carmen de Patagones coincidió con la celebración del 9 de Julio. El Dr. Nicanor Larrain, buen observador y narrador, participó de aquel viaje. Esta nota recuerda sus impresiones.

Por Redacción

Como la mayoría de las naves argentinas de renombre construidas a fines del siglo XIX, el transporte marítimo «Villarino» lo fue en Gran Bretaña en los astilleros Cammell, de Laird Bross, Birkenhead. Tenía eslora de 54,58 m, manga 9,14 m, puntal 4,56 m, calado medio de 3,20 m y desplazaba l.192 toneladas.

Armamento: 2 cañones de Armstrong y 2 ametralladoras Hotchkiss. Podía desarrollar 10,5 nudos, combustible carbón (de Cardiff, por supuesto), casco de hierro, aparejo de bergantín-goleta y tripulación de 50 hombres y bodegas para transportar hasta quinientos soldados con equipo. «Adquirido especialmente para el servicio de la costa sur y el eventual uso como transporte militar en caso de conflicto con Chile». Fue botado a comienzos de 1880 y en su viaje inaugural transportó los restos del general San Martín desde Francia. En julio de ese año, estando en Carmen de Patagones, se fusiló a su bordo al marinero Giuseppe Mandi, «agresor del guardiamarina D. Juan Dayley, por sentencia que firmó el jefe de la Línea Sur, coronel Conrado Villegas». Raro, pero episodio de la época.

Se había dispuesto que debía efectuar «viajes redondos» cada treinta días entre Buenos Aires (Riachuelo), Bahía Blanca y Carmen de Patagones. Cada tanto iba a Montevideo para tareas de careneo en el dique Cibils. Su entonces comandante Federico Spurr -de sangre inglesa- conocía bien al pueblo maragato, pues había sido subprefecto allí entre 1870 y 1874. Vigésimo quinto viaje al sur que se inició el 1 de julio de 1883 desde el Riachuelo con «55 tripulantes, 34 pasajeros de cámara y 98 de proa». Uno de los pasajeros, el doctor Nicanor Larrain, cumplía con la misión que le encomendó el ministro de Relaciones Exteriores, Victorino de la Plaza. Buen observador y narrador, dejó escritos con las impresiones del viaje. Por ejemplo, del «Villarino» diría tener «excelentes condiciones marineras, es el más hermoso transporte de nuestra escuadra que, en sus servicios como paquete mercante, ya tiene cubierto con su producido el costo de construcción, prestando importantes servicios a la costa Sur».

Luego de la primera escala en Bahía Blanca, de la cual anota algunas opiniones, incluso históricas, arriesga el vaticinio de «pueblo que en un tiempo no lejano ha de ser la segunda ciudad de la República». Llegan a la famosa «barra» del río Negro donde observan «el curioso aparato de señales ideado por el capitán Carlos Méndez» que servía para permitir la entrada de naves sin riesgos de zozobrar. Los vecinos de Carmen de Patagones y su «suburbio Viedma» se enteraban de la proximidad de barcos mediante la línea telegráfica que había del pueblo a la boca del río, adelanto debido al general Villegas, que parece dotado de un espíritu de «verdadero progreso». Claro, el pobre fusilado no diría lo mismo.

El arribo de naves a ambas poblaciones del río Negro constituía acontecimiento de significación. Llegada y embarque de vecinos y no vecinos. Tropas y cargas, especialmente alimentos. Aprovisionamiento para continuar viaje o regresar. Cuenta Larrain que «Al salir el sol del 9 de julio, (1883), día de tan gloriosos recuerdos para los argentinos, una salva de cañón hecha por el Villarino y el cúter Santa Cruz, despertó a la población que se apresuró a embanderar los frentes de sus casas, imitando a los buques que se hallaban empavesados desde la salida del sol…».

Después, respondiendo a invitación del gobernador de la Patagonia Lorenzo Vintter -Viedma era la capital- asistieron al tedéum y por la noche «tuvo lugar en los salones de la gobernación un espléndido baile, en que no faltó ni la buena orquesta ni el excelente ambigú». El narrador doctor Nicanor Larrain puso cuidado en darle a su vivencia un tinte literario-periodístico al agregar que «treinta parejas de baile recorrían alegres los salones y hasta mi comandante, como llamo cariñosamente a Spurr, desplegó aquella noche sus dotes coreográficas en magistrales lanceros». Se encontró en Viedma y Carmen de Patagones con «la novedad de un nuevo medio social de extraños panoramas» y de conocer aquella «sociedad en la iglesia, en el paseo, en los salones» hallándola «en perfecto estado de cultura que no hace extrañar al viajero la ausencia de Buenos Aires».

Héctor Pérez Morando

Periodista

Primer Premio ADEPA 1998

en Cultura e Historia.