Terrores

Redacción

Por Redacción

¡Qué fascinación ejercen las películas de terror a ese numeroso contingente de seguidores! Una y otra vez, no les molesta verlas una y otra vez, esperan con ansiedad creciente “esa escena”, identificarse con quien se identifique, sufrir sus aprensiones, gritarle “no bajes al sótano”, o “no entres al bosque”. A veces, terminan bien. A veces, no. Esto es malo. La gran diferencia con los cuentos infantiles que pueden calificarse, sin ser demasiado estrictos, “de terror” es ésta: terminan bien. Hansel y Gretel, ¿se acuerdan?, abandonados por sus padres, la bruja que come niños… Y al final, ellos ganan y sus padres se arrepienten. O resignan… Risas. Ruido de cubiertos. Murmullos de otras conversaciones. Las luces, las camareras y camareros con sus largos delantales negros y sus bandejas y sus sonrisas. Todo muy tranquilizador. El marco adecuado para que el terror sea un tema, como podría ser la política o las profesiones de cada uno, de cada una. Tres parejas amigas celebrando. ¿Qué celebramos? Llenemos las copas. Nada. Por nosotros, que el año termine bien, que venga el otro mejor. El terror rondó la conversación durante gran parte de la noche, traído por alguien que había entrado en Internet a un sitio que permanentemente actualiza un rating de las mejores películas de terror, es decir, las que asustan más. Se intercambiaron nombres, se compartieron, o no, criterios, se relataron algunas e intercambiaron otras. Tengo una idea, dijo uno. En vez de la actitud negativa de la protagonista, aportemos cuál sería la positiva nuestra. ¿¡Nuestra!? Estás loco. Yo las disfruto, a mí me llega a chirriar así la puerta sin nadie que la abra y me caigo del infarto. Probemos, insistió. Por ejemplo: salí de la casa, inmediatamente. Nada de investigar lugares. Quedate en el auto o caminá por la ruta, si se te para el coche en un bosque. Se dan cuenta, insistió, encantado de su propia creatividad. Pero no había ganas de encontrar soluciones: las de terror son de terror porque te metés en la boca del lobo, precisó ella, como Caperucita. La mención trajo los cuentos infantiles al plato, y generó una breve discusión acerca de la crueldad de ciertos relatos y la extraña fascinación que ejercen sobre su pequeño público, que pide otra vez, ése, otra vez. Y una psicóloga me dijo que eso es bueno porque los chicos verbalizan sus terrores, miedo al abandono, miedo al todopoderoso adulto, a ser destrozado, comido… Todos y todas a la vez opinaron ácidamente o no, sobre tal teoría, y sobre la psicóloga en particular. La moza cortó simpáticamente el debate: perdón por interrumpir, ¿puedo retirar? Sí, por favor, y traiga la carta de los postres, se guardaron un lugarcito para los postes, ¿no? Mi amor, vos siempre tenés un lugarzote para algo más. Carcajadas, miradas cruzadas, párpados que se bajan. Pensándolo bien, a lo mejor los adultos hacemos lo mismo que los chicos, nos gusta esa película porque toca algo profundo, algún miedo o experiencia horrible. La acotación puso en ella todas las miradas. ¿Te parece? Y, digo yo, por qué queremos ver ésa una y otra vez, a lo mejor tiene que ver, ¿no? Hoy los terrores son lamentablemente sociales, querida. Y reales, por desgracia. La bomba atómica, como un resorte, disparó palabras tremendas: guerra bacteriológica, desastre ambiental, manipulación genética… De vuelta a la casa, ella ya palpitaba el horror cotidiano que aguardaba, no, que la guardaba, guardar, guardián… su mente derivaba, palpitando el desenlace presagiado en su ominoso silencio. Él mezclaba vino con impotencia y odio. Y pensar que mañana me vas a basurear delante de todos, me vas a humillar como puedas y ahora te las das de jefe – amigo. Y esta hija de puta, no aprende, ridiculizándome, insinuando delante de todos que yo… Ya va a aprender.

En Clave de Y

MARÍA EMILIA SALTO bebasalto@hotmail.com


¡Qué fascinación ejercen las películas de terror a ese numeroso contingente de seguidores! Una y otra vez, no les molesta verlas una y otra vez, esperan con ansiedad creciente “esa escena”, identificarse con quien se identifique, sufrir sus aprensiones, gritarle “no bajes al sótano”, o “no entres al bosque”. A veces, terminan bien. A veces, no. Esto es malo. La gran diferencia con los cuentos infantiles que pueden calificarse, sin ser demasiado estrictos, “de terror” es ésta: terminan bien. Hansel y Gretel, ¿se acuerdan?, abandonados por sus padres, la bruja que come niños… Y al final, ellos ganan y sus padres se arrepienten. O resignan… Risas. Ruido de cubiertos. Murmullos de otras conversaciones. Las luces, las camareras y camareros con sus largos delantales negros y sus bandejas y sus sonrisas. Todo muy tranquilizador. El marco adecuado para que el terror sea un tema, como podría ser la política o las profesiones de cada uno, de cada una. Tres parejas amigas celebrando. ¿Qué celebramos? Llenemos las copas. Nada. Por nosotros, que el año termine bien, que venga el otro mejor. El terror rondó la conversación durante gran parte de la noche, traído por alguien que había entrado en Internet a un sitio que permanentemente actualiza un rating de las mejores películas de terror, es decir, las que asustan más. Se intercambiaron nombres, se compartieron, o no, criterios, se relataron algunas e intercambiaron otras. Tengo una idea, dijo uno. En vez de la actitud negativa de la protagonista, aportemos cuál sería la positiva nuestra. ¿¡Nuestra!? Estás loco. Yo las disfruto, a mí me llega a chirriar así la puerta sin nadie que la abra y me caigo del infarto. Probemos, insistió. Por ejemplo: salí de la casa, inmediatamente. Nada de investigar lugares. Quedate en el auto o caminá por la ruta, si se te para el coche en un bosque. Se dan cuenta, insistió, encantado de su propia creatividad. Pero no había ganas de encontrar soluciones: las de terror son de terror porque te metés en la boca del lobo, precisó ella, como Caperucita. La mención trajo los cuentos infantiles al plato, y generó una breve discusión acerca de la crueldad de ciertos relatos y la extraña fascinación que ejercen sobre su pequeño público, que pide otra vez, ése, otra vez. Y una psicóloga me dijo que eso es bueno porque los chicos verbalizan sus terrores, miedo al abandono, miedo al todopoderoso adulto, a ser destrozado, comido… Todos y todas a la vez opinaron ácidamente o no, sobre tal teoría, y sobre la psicóloga en particular. La moza cortó simpáticamente el debate: perdón por interrumpir, ¿puedo retirar? Sí, por favor, y traiga la carta de los postres, se guardaron un lugarcito para los postes, ¿no? Mi amor, vos siempre tenés un lugarzote para algo más. Carcajadas, miradas cruzadas, párpados que se bajan. Pensándolo bien, a lo mejor los adultos hacemos lo mismo que los chicos, nos gusta esa película porque toca algo profundo, algún miedo o experiencia horrible. La acotación puso en ella todas las miradas. ¿Te parece? Y, digo yo, por qué queremos ver ésa una y otra vez, a lo mejor tiene que ver, ¿no? Hoy los terrores son lamentablemente sociales, querida. Y reales, por desgracia. La bomba atómica, como un resorte, disparó palabras tremendas: guerra bacteriológica, desastre ambiental, manipulación genética… De vuelta a la casa, ella ya palpitaba el horror cotidiano que aguardaba, no, que la guardaba, guardar, guardián... su mente derivaba, palpitando el desenlace presagiado en su ominoso silencio. Él mezclaba vino con impotencia y odio. Y pensar que mañana me vas a basurear delante de todos, me vas a humillar como puedas y ahora te las das de jefe - amigo. Y esta hija de puta, no aprende, ridiculizándome, insinuando delante de todos que yo... Ya va a aprender.

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