Un crimen bajo la lupa… amarilla

Ocurrió en Río Cuarto. Ocurrió más precisamente en un barrio cerrado. Ocurrió en una familia de clase media alta. Y hubo sexo mucho o poco, pero hubo sexo de por medio.

Por lejos que quede Río Cuarto y por desconocida que haya sido hasta ese lamentablemente momento la mujer, el caso del asesinato de Nora Dalmasso tuvo, desde el principio, demasiados ingredientes como para que los medios no quieran hincarle el diente y desmenuzarlo como si fuera carroña.

La grave violación del principio de inocencia, la intromisión en la vida privada de las personas y la injuria como estrategia de impacto comercial caracterizaron la cobertura generalizada del homicidio que agitó la calma de Río Cuarto.

La lista de posibles amantes convirtieron primero a la víctima en «Norita» y en una suerte de seductora irrefrenable y sin escrúpulos. Un efecto perverso, con algo de machismo y buena cuota de malicia. Tanta malicia que incluso se vendían remeras con la inscripción «Yo no me acosté con Norita», como si el asesinato, a fuerza de divulgarlo con más sorna que cuidado, pudiera transformarse en un hecho risueño que divertía a los argentinos.

Luego se afectó a terceros convertidos en culpables aun cuando sólo existiera sobre ellos un dato banal.

Y ahora, el hijo de la víctima, Facundo Macarrón, zamarreado por periodistas y medios sin ninguna sujeción a los principios éticos ni a las exigencias del marco jurídico vigente en el país. Una postal que se repite cada vez que el chico va a tribunales, que sale de su casa, o que va a la facultad. Vivir rodeado de cámaras es su nuevo modo de vida desde que el crimen de su madre irrumpió en la casa del country.

Se muestra su imagen junto a la acusación de homicida, ignorando que la ley prohíbe que un menor sea expuesto en relación con un hecho criminal. Se lo persigue, se pone énfasis en su presunta orientación sexual, y se lo graba tendiéndole celadas.

Chiche Gelblung, tan acostumbrado a reducir los grandes temas nacionales a un juego de doble entrada, puso la semana pasada la cara del menor en la pantalla y salió a la calle a preguntar si era inocente o culpable. Como si «la calle», mal alimentada con la dieta de amarillismo que fue el menú principal del caso, pudiera juzgar a ese chico que pidió prudencia. El veredicto: culpable, claro.

Pese a las distancias que hay entre un programa y otro, el periodístico «La liga», que produce Cuatro Cabezas, cayó en una trampa tan sucia como la anterior. La trampa que le tendió la periodista María Julia Oliván. Sin cámaras a la vista, sin micrófonos que delataran la presencia de la tevé, ella se acercó a Facundo para conseguir lo que hasta ahora todos los medios querían y no conseguían: una declaración del menor.

«Me siento bien y tranquilo. Me siento con la conciencia tranquila», le dijo, con inocencia el chico. «Por ahí veo que me atacan, sobre todo los medios y no la Justicia. Están tratando de inventar esto para que sea un capítulo nuevo», le dijo el chico, sobre quien se ha puesto una lupa para ampliar y unir en una sola oración su presunta condición sexual y el posible matricidio.

Con liviandad, se lo culpa. Pero a los medios parece interesarle más la cuota de drama griego que se le suma a esta historia que nació con alma de protagonista, que la del chico. Parece que no importa que en el camino quede la vida de un menor a quien están diseccionando como si fuera un Frankenstein, y como si la homosexualidad fuera en si misma la monstruosidad que los espanta.

No es la primera vez que los medios de comunicación argentinos juegan a la competencia por la primicia avasallando derechos individuales. En el medio quedaron casos como el del cirujano Ferriols (ver aparte), la cámara oculta que le preparó Rolando Graña a Karina Mujica, la mujer que reivindica el terrorismo de Estado, y en sus ratos libres es prostituta; la del caso Spartacus y el juez Norberto Oyarbide y hasta la que sin el más mínimo interés público puso en pantalla Jorge Rial para mostrar las preferencias sexuales del primer ganador de «Gran Hermano», Marcelo Corazza. Hace pocos días, en las páginas del «Río Negro», Mario Vargas Llosa se quejaba de que le había sido imposible abstraerse de la supuesta infidelidad de Cecilia Bolocco.

A veces no hace falta la cámara oculta para que los medios se dediquen a diseccionar a sus víctimas sin respeto. En el caso Dalmasso sólo se usó para una entrevista. Y no es lo peor que le han hecho a Facundo.

También es cierto que todas estas transgresiones suelen ser más deploradas cuando afectan a personas de alto nivel económico que cuando se vinculan con los derechos de quienes habitan en barrios marginales o viven en entornos vinculados con el delito y la violencia callejera.

Pero el caso Dalmasso tuvo la mala suerte de ocurrir en Río Cuarto, más precisamente en un barrio cerrado, en una familia de clase media alta, y con dosis de sexo de por medio.

 

ALICIA MILLER

amiller@rionegro.com.ar

VERONICA BONACCHI

vbonacchi@rionegro.com.ar


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