Un golem y nuestra ciencia
Los ingenuos que se ocupan (y se preocupan) de lo que ocurre en el sector de ciencia y tecnología pueden sentirse ahora menos intrigados. Están en condiciones de imaginar mejor, coordinando las informaciones recientes sobre cambios de organismos y funcionarios con recortes periodísticos del año pasado, cuál era quizá el problema desconocido que paralizaba al gobierno en las cosas que a ellos les interesan. Se trataría de un «golem» (1). Para explicar esto tenemos que hacer un repaso de memoria, fatigoso pero necesario, de la gestión de quince meses de Dante Caputo y su desencuentro con los científicos.
Recordamos que inició sus tareas a fines de 1999, en una secretaría jerarquizada -en atención a su prestigio como ex ministro de Alfonsín y sus dotes intelectuales- con una novedad inesperada: el cambio del nombre tradicional de la Secyt, «Secretaría de Ciencia y Tecnología», por el de Setcip, «Secretaría para la Tecnología, la Ciencia y la Innovación Productiva», con todo lo que eso indicaba en cuanto a prioridades. Casi enseguida experimentó la primera baja: el coordinador de Investigación, en desacuerdo con la «capitis diminutio» de su área. Después fue haciendo aisladas declaraciones periodísticas sobre un programa para la «Sociedad de la Información», una fantasía que ya enturbiaba la propuesta electoral específica de la Alianza. Le preocupaba que estuviéramos en pañales respecto de la «Era Digital». Firmó una carta de intención con un secretario americano sobre comercio electrónico, habló de un «parque tecnológico» porteño para la promoción de emprendimientos, apuntó a la necesidad del uso masivo de Internet, prometió una «Intranet» gubernamental. Quería una «sociedad informatizada». Se explayó en ideas sobre cosas como el marco legal para los negocios en la Red, la firma digital, el valor probatorio de los documentos electrónicos, la responsabilidad civil o penal de los dueños de los «sitios», etcétera, constitutivos de un «Plan Nacional para la Sociedad de la Información».
Hacia marzo del 2000 advirtió que era necesario atender con urgencia a lo que se llama «sistema científico» conformado por muchos miles de investigadores, técnicos, becarios, etc., gente de carne y hueso cuyas vidas giran en torno de la actividad científica en organismos con una trayectoria e importancia más que reconocidas. Entonces se creó una comisión interministerial para decidir sobre financiamiento y prioridades de investigación y comenzaron a trascender algunos propósitos relacionados con la ciencia. Por ejemplo, que se iniciaría un proceso de evaluación de los investigadores y que un 50% de los fondos disponibles iría a «actividades prioritarias» y el resto «a investigaciones que aparentemente no tienen consecuencias productivas». Producto de la ambigüedad de las declaraciones y de una cierta mirada tendenciosa de alguna prensa, comenzaron las declaraciones y los cuestionamientos. Después vendrían movilizaciones, electrónicas y públicas. Hubo una reacción en cadena y un delirio de activistas, en tanto que los científicos con «seniority» se manifestaban seriamente preocupados.
A fines de julio se conoció una presentación del secretario al gabinete nacional titulada «Programa para el financiamiento y organización del sistema de Ciencia y Técnica», cuyo capítulo sobre «reordenamiento institucional» fue recibido destempladamente por la comunidad científica del Conicet, alarmada por la idea de un trasegamiento a las universidades. Aunque significaba un esfuerzo digno de análisis, no hubo -y eso fue culpa de la desarticulación y carencias de los científicos como grupo social- disposición seria para discutirlo. En una «solicitada» al presidente que titularon «En defensa de la ciencia argentina», 1.800 firmantes manifestaron su rechazo de lo que llamaban «desmantelamiento del sistema científico y supresión de la carrera de investigador». Naturalmente, reclamaban también la renuncia del titular de la secretaría. La entidad más representativa, el Foro de Sociedades Científicas, por su parte, se adhirió al rechazo señalando su malestar por no haber sido consultado por «autoridades que desconocen las condiciones históricas del desarrollo de la ciencia argentina». En solidaridad con los cuestionadores, renunció el presidente del Conicet y fue sustituido. De ahí en más (hablamos de agosto del 2000) el problema se enfrió, derivándolo a la comisión específica de la Cámara de Diputados, cuya presidenta, Adriana Puiggrós, se hizo activa llamando a audiencias públicas para analizar un farragoso proyecto de nueva ley para el área.
El ex secretario sólo realizó en los últimos meses tareas de mantenimiento en la secretaría hasta que se cansó, según dijo en su renuncia, de «hacer la plancha» -esto es, de esperar que el presidente tomara una decisión. Y ahí uno se pregunta: ¿una decisión sobre qué?, ¿sobre su programa para el sistema científico? Casualmente, no. Una decisión sobre lo que siempre fue su entusiasmo, primero personal y luego político: sobre la fabulosa «Sociedad de la Información». Era tentador dividir la Setcip, pasar lo que corresponde a ciencia y tecnología al Ministerio de Educación y radicarse con todo el paquete de informática, con autonomía, en otro ámbito del gobierno. Pero, como decía el Chapulín, estos propósitos no contaron con la astucia de otros interesados y, al final de los tironeos, prevaleció Enoch Aguiar, secretario de Comunicaciones y amigo de los «whizz kids» cibernéticos cercanos al presidente, quien reclamaba -existiendo compromisos contractuales de inversiones de las empresas que se beneficiaron con la privatización de Entel- todo lo relacionado con Internet como de su exclusiva competencia.
Así se consumó el proceso. La infortunada Secretaría de Ciencia y Tecnología (que incluye a la conservadora y rígida corporación del Conicet ) pasa, de nuevo, a Educación. La fantástica «Sociedad de la Información» a Comunicaciones. La titular de aquella Secretaría será Adriana Puiggrós, actual diputada por el Frepaso, quien adelanta en los diarios que el proyecto de ley que se estudia en la Comisión de Diputados prevé que el presupuesto para el área aumente del 0,35% al 1% del PBI en cuatro años. Una declaración que nos ubica, con el numerito porcentual utópico de siempre -el límite de la imaginación de nuestros políticos- otra vez en el mejor de los mundos vestibulares de cualquier gestión de ciencia en el país.
Pero, finalmente, ¿en qué consiste lo que evocamos aquí como el «golem» que, según nuestra deducción, mal encaminó la gestión de la ciencia y habría dado motivo a la discordia entre secretarías? Se trata de lo que espejea en la mente de algunos: la perspectiva de importantes inversiones privadas en el área de Internet, el ciberespacio, una sociedad «informatizada», desarrollo comercial a través de la Red, inserción privilegiada en una economía global «high-tech»… Las cosas que realmente ilusionan a nuestros políticos y economistas no son el crecimiento científico y el desarrollo tecnológico por los que lucharon Houssay y Sábato, que cuentan en el largo plazo y cuestan talento, sudor y lágrimas de varias generaciones. Son más bien la magia y los espacios de poder. No tienen tiempo para otra cosa.
(1).- Golem: En el folclore judío, una imagen dotada de vida. El término es usado en la Biblia (Salmos 139, 16) y en la literatura talmúdica para referirse a una sustancia embriónica e incompleta. Asumió su connotación presente en la Edad Media, cuando surgieron muchas leyendas de hombres sabios que eran capaces de dar vida a efigies por medio de encantamientos.
Los ingenuos que se ocupan (y se preocupan) de lo que ocurre en el sector de ciencia y tecnología pueden sentirse ahora menos intrigados. Están en condiciones de imaginar mejor, coordinando las informaciones recientes sobre cambios de organismos y funcionarios con recortes periodísticos del año pasado, cuál era quizá el problema desconocido que paralizaba al gobierno en las cosas que a ellos les interesan. Se trataría de un "golem" (1). Para explicar esto tenemos que hacer un repaso de memoria, fatigoso pero necesario, de la gestión de quince meses de Dante Caputo y su desencuentro con los científicos.
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