Un país menos riesgoso

Hasta septiembre, cuando comenzó a difundirse por el mundo la sensación de que la Argentina podría estar por dejar atrás el “modelo” kirchnerista, ya que los tres candidatos presidenciales con posibilidades coincidían en la necesidad de adoptar una estrategia menos voluntarista, el índice riesgo país sólo les interesaba a los astrónomos, pero desde entonces se ha reducido tanto que ya está por debajo del promedio latinoamericano. Es de 471 puntos, mientras que para la región en su conjunto es de 660. La mejora se debe tanto a las perspectivas promisorias abiertas por el gobierno del presidente Mauricio Macri como al desempeño llamativamente malo de Brasil, Venezuela y Ecuador, los países más golpeados por el fin del boom de los commodities. Si bien nos han perjudicado la ralentización de la economía china y la especulación en torno a las próximas medidas de la Reserva Federal norteamericana, aquí el impacto ha sido menor que en otras partes de América Latina porque la Argentina no se vio beneficiada por inversiones como las que en la actualidad están saliendo raudamente de los mercados “emergentes” en busca de más seguridad. De superar por fin la barrera erigida por los fondos buitre, pues, el país podría transformarse en el más atractivo de la región a ojos de los financistas y empresarios dispuestos a arriesgarse fuera del mundo desarrollado. Aunque todas las inversiones son en cierta medida especulativas, con tal que el gobierno se maneje con racionalidad debería estar en condiciones de asegurar que predominen las claramente productivas. Es lo que se han propuesto los macristas, pero se ven frente a varios dilemas. Si avanzan con rapidez con la esperanza de impresionar a los inversores en potencia, el ajuste resultante podría tener consecuencias sociales tan negativas que podrían verse obligados a retroceder, pero si demoran demasiado la toma de medidas consideradas necesarias, algunos llegarán a la conclusión de que en verdad muy poco ha cambiado. Parecería que han elegido una especie de choque gradualista por suponer que en la segunda mitad del año el arribo de cuantiosas inversiones y créditos internacionales les permitirá instrumentar cambios más drásticos que los ensayados hasta ahora. Tal estrategia podría funcionar si en los próximos meses baja mucho la tasa de inflación, pero para que ello ocurriera el gobierno necesitaría contar con la colaboración del grueso de los empresarios que, a juzgar por su conducta reciente, propenden a privilegiar el corto plazo por encima del mediano o el largo; aun cuando todos, salvo los expertos en mercados regulados que tanto prosperaron en el transcurso de la “década ganada”, entienden que les iría mucho mejor en el caso de que se consolidara “el modelo” insinuado por los macristas, hasta ahora se han mostrado reacios a apostar por su eventual éxito. Que éste haya sido el caso puede parecer un tanto paradójico, pero sucede que el empresariado local, como los políticos y sindicalistas, se formó en una cultura socioeconómica arcaica, de ahí lo difícil que le ha sido al país adaptarse a circunstancias nuevas. No es bueno que nuestro principal “socio estratégico”, Brasil, haya caído en una recesión profunda y que otros países de la región se vean en apuros, pero el gobierno de Macri parece estar en condiciones de sacar provecho de las desgracias ajenas. Como acaba de mostrar la evolución de los índices de riesgo país tanto nacionales como regionales, desde el punto de vista de los economistas la Argentina sigue siendo una excepción, si bien por motivos más positivos que en otras épocas. En los medios periodísticos más influyentes, “las biblias” del mundo financiero, ya es frecuente encontrar alusiones a lo sorprendente que es que la Argentina pudiera reemplazar a Brasil como la tierra de promisión sudamericana. Puesto que a los inversores les está resultando cada vez más difícil hallar “emergentes” que a su juicio sean viables, el que en la Argentina sobren oportunidades significa que es por lo menos posible que el cambio de rumbo emprendido por el nuevo gobierno produzca los resultados previstos, lo que no sería el caso si las economías de Brasil y otros países aún estuvieran creciendo a un ritmo suficiente como para permitirles conservar la confianza de los inversores internacionales más importantes.


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