Un protectorado cumple años

Hace algunos días las elites europeas celebraron en Berlín el quincuagésimo aniversario del Tratado de Roma, el acuerdo firmado por Alemania Occidental, Francia, Italia, Holanda, Bélgica y Luxemburgo que marcó el comienzo del proceso de integración que haría posible la Unión Europea actual. Como es habitual en tales ocasiones, los participantes se felicitaron mutuamente por los éxitos y hablaron de los problemas pendientes. Entre los éxitos más festejados figuraron la paz, ya que franceses y alemanes se han reconciliado después de siglos de conflictos horrendos, y la prosperidad. En cuanto a los problemas, parecería que en opinión de los políticos e intelectuales orgánicos los más graves son los planteados por la falta de una Constitución, la negativa de quienes no pertenecen a las elites a sentir el fervor debido por el proyecto europeo, lo necesario que es conservar el Estado benefactor en un mundo cada vez más competitivo y el calentamiento global.

Fue, pues, una celebración decididamente escapista. La razón principal por la que los europeos occidentales pudieron disfrutar de medio siglo de tranquilidad tiene menos que ver con los instintos pacifistas de los alemanes y franceses contemporáneos, como quisieran hacer creer tantos políticos y pensadores, que con la voluntad de los norteamericanos de defenderlos contra el Ejército Rojo. Asimismo, la prosperidad debió mucho al Plan Marshall. De no haber sido por la OTAN dominada y en buena medida financiada por Estados Unidos y por la ayuda económica que llegó no bien terminó la Segunda Guerra Mundial, con toda probabilidad la parte occidental del continente hubiera compartido el destino de la central y la oriental. Aunque es de suponer que muchos líderes europeos son conscientes de esta verdad incómoda, la mayoría prefiere pasarla por alto. Lejos de manifestar satisfacción porque los norteamericanos no se desarmaron luego de la derrota de Hitler para entonces replegarse detrás de sus propias fronteras, como hicieron después de la Primera Guerra Mundial, la mayoría se ha acostumbrado a criticar el belicismo yanqui con vehemencia moralizadora.

Además de atribuirse toda la responsabilidad por los éxitos conseguidos, los líderes europeos optaron por minimizar la importancia de los dos problemas más agudos que tendrán que enfrentar en los años próximos: el escaso interés de los nativos en procrearse y lo difícil, cuando no imposible, que les será asimilar una comunidad musulmana de por lo menos 20 millones de personas que está creciendo con rapidez. Para que una sociedad se perpetúe, es necesario que cada mujer dé luz a un promedio de 2,1 hijos, pero en países como España, Italia y Grecia apenas superan la mitad. Más al norte la situación es un tanto mejor, pero en ningún país de la Unión Europea sirven los nacimientos para mantener estable la población.

Las consecuencias de la esterilidad voluntaria combinada con la longevidad de los pocos que nacen no se limitarán a su impacto en los sistemas previsionales que pronto se harán insostenibles, lo que provocará grandes crisis económicas y sociales. Al disminuir la proporción de jóvenes de cultura netamente europea y aumentar la de inmigrantes de tradiciones, creencias y valores que son radicalmente diferentes, será difícil impedir que se multipliquen los conflictos civiles hasta que muchas ciudades se parezcan más a Beirut o Bagdad que a la París, Londres o Roma de las décadas que siguieron a la Segunda Guerra Mundial.

Aunque la historia de nuestra especie está atestada de ejemplos de pueblos antes poderosos que ya no existen, su desaparición o, en muchos casos, su absorción por otros, fue el resultado de guerras atroces o de plagas. Pero, como sus líderes no se cansan de recordarnos, los europeos occidentales han gozado de más de 60 años de paz y la medicina moderna los ha protegido no sólo contra las plagas sino también contra un sinnúmero de enfermedades antes mortales. Como individuos, no son suicidas. Por el contrario, la mayoría se aferra tanto a la vida que obliga a los gobiernos a aplicar leyes destinadas a impedir que el humo de tabaco se les acerque en los bares y los edificios públicos. Pero aunque casi todos están resueltos a prolongar lo más posible la propia vida, las sociedades que conforman están moribundas sin que muchos se preocupen por lo que podría suceder no meramente cuando ellos mismos se hayan ido sino también, en el caso de los relativamente jóvenes, después de 20, 30 ó 40 años, puesto que las convulsiones que desatará el colapso demográfico que estamos presenciando comenzarán bien antes de que muchos que ya están trabajando lleguen a la edad fijada para jubilarse.

¿A qué se debe este fenómeno inaudito? Puede que en última instancia la culpa sea de los norteamericanos. En 1945 era lógico que Estados Unidos se encargara de la defensa de Europa occidental contra el imperialismo soviético y que dejara sentado que no toleraría ninguna manifestación de revanchismo alemán dirigido contra Francia y el Reino Unido. También lo era que después de cierto tiempo los europeos se habituaran a vivir detrás del escudo militar norteamericano, tomándolo por algo natural, si bien antipático, y negándose a contribuir más de lo mínimo imprescindible a la defensa común. En vista de que a nadie le gusta saberse dependiente de la buena voluntad ajena, a los europeos les resultó fácil convencerse de que lo que realmente garantizaba la paz no eran las fuerzas armadas norteamericanas, sino su propio amor por la paz, una noción que además de ahorrarles mucho dinero les permitió sermonear a sus benefactores por su militarismo. Es que reconocer que a pesar de su riqueza Europa era en efecto un protectorado que dependía de una versión de la doctrina de Monroe les hubiera sido demasiado humillante, motivo por el que se las arreglaron para persuadirse de que su parte del mundo nunca corrió el peligro de ser invadida por la Unión Soviética y que jamás se verá frente a situaciones en las que le convendría contar con fuerzas armadas equiparables con las de su aliado.

Quienes viven en un protectorado que dicen no querer, pero que así y todo no están dispuestos a independizarse no suelen impresionar por su madurez. Estar bajo la tutela ajena los hace exigentes y criticones, como adolescentes que saben que sus padres siempre tratarán de protegerlos contra los peligros que acechan en esta vida y que por lo tanto pueden darse el lujo de rebelarse y de ufanarse de su propia superioridad moral. Por lo demás, las sociedades que fueron construidas por quienes no tuvieron que preocuparse demasiado por su propia defensa sirvieron para liberar a sus integrantes de la necesidad de formar familias, aunque sólo fuera por el temor a verse un día abandonados a su suerte. ¿Por qué preocuparse si es deber del Estado cuidar a todos? Así, pues, la actitud de las elites europeas hacia el país que ha mantenido a raya a sus enemigos externos tiene su contrapartida interna en aquella de los europeos de pie hacia la sociedad en la que les ha tocado vivir. Tanto aquéllas como éstas tienen una mentalidad dependiente.

Al anteponer sus prioridades particulares a todo, los europeos se resisten a tener hijos, con el resultado de que en algunas ciudades los inmigrantes musulmanes ya constituyen una mayoría y el nombre de pila más popular es Mohammed. Pues bien, el que una proporción creciente de los franceses, alemanes, italianos y británicos de mañana sean musulmanes no importaría si éstos aceptaran integrarse a las sociedades anfitrionas, pero sucede que muchos, en especial los más puritanos, no tienen deseo alguno de hacerlo. Como los europeos de antaño, creen en la superioridad de su propia cultura y, como ellos, están decididos a actuar en consecuencia, asegurando así que la transformación prevista por los demógrafos sea tan violenta que sorprendería que en el 2057 los líderes de la Unión Europea, si es que aún existe, puedan celebrar un siglo signado por la paz.

 

JAMES NEILSON


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