«Uno es lo que dice»

La figura de Alberto Migré atraviesa varias décadas de televisión y radioteatro en la Argentina. Creador exitoso, ha sido responsable de clásicos del género como "Rolando Rivas taxista" y "Pobre diabla". "Yo no quiero un idioma rígido, pero ahora en las novelas, empezando por el vocabulario y siguiendo por la emoción, se ha perdido toda la magia que tenían entonces. No hay verdadera palabra", dijo en una extensa conversación con "Río Negro".

Nadie puede olvidar a «Rolando Rivas taxista» aquella telenovela que hizo historia en la televisión argentina y a su creador, Alberto Migré, responsable de tantos éxitos que marcaron un estilo, una forma y un contenido cuya calidad fue valorada por televidentes de aquí y del exterior.

Una entrevista con este experto del género no sólo sirve para rememorar esa época de los 70, 80 y hasta los 90, cuando las situaciones de tantos personajes daban la tónica de sentires muy propios, muy porteños, pero entendidos por todo el mundo; sino también para rescatar el valor de la palabra, algo tan valioso para Migré, y ese idioma que considera bastardeado- salvo raras excepciones- en la televisión actual. «Uno es lo que dice» señala este maestro en la pantalla chica de las cotidianas emociones del público.

-¿Cómo se inició esta carrera?

– Mi trabajo viene de la radio. Aquel que hizo radioteatro puede hacer absolutamente todo. No hay una cosa más maravillosa que el radioteatro como género. Es mejor que leer un libro o ver una película, porque el oyente es cómplice total y absoluto del autor y de los actores, y es autor al mismo tiempo, porque su imaginación aporta otro tipo de emoción. Para mi es lo más importante porque se trata de la palabra en su estado más puro. Diría que el que escribe radioteatro escribe de alguna manera literatura. A mi me gustaba mucho la radio, mis abuelos me habían inculcado ese amor y la familia se reunía y escuchaba las transmisiones, como las del teatro Colón y los radioteatros. Así fue que crecí con las voces de Julia de Alba, Carmen Valdés o Celia Juárez. Para mi era un mundo fascinante y quería llegar a eso. Comencé en las pandillas tradicionales de la época y me fui acercando a compañías de radioteatro, incluso conseguí un empleo en la vieja radio Libertad y de allí siguió toda mi carrera.

-¿Pasó entonces a la televisión?

– A la televisión paso haciendo un teleteatro en Canal 9 que auspiciaba Odol en el horario de la tarde. Algunas de esas obras eran novelas de la radio y eso despertó en el público un fervor nada común. Yo era para entonces un autor querido radialmente, pero en la televisión no me conocían, aun así la gente me aceptó y las obras tuvieron una gran repercusión. De todas maneras en ese pase de la radio a la televisión tuve que aprender todo otro lenguaje, pero no me resultó difícil, porque además tuve el apoyo de directores como Nicolás del Boca, Martín Clutet, Alejandro Doria o Carlos Berterrei, que enseguida me explicaron lo que era la técnica. Y lo primero que hice como teleteatro en Canal 9 fue la novela radial «Celia muere mañana». Eran los primeros intentos, fuera de «Historia de jóvenes» y un par de novelas por la tarde. Así empezó el auge del teleteatro, la gente dejaba la radio para ver la televisión. Fueron muchos años en Canal 9 con obras que marcaron su época, como «Su comedia favorita» con Bredeston o «Mujeres en presidio» con Susana Freire, María Aurelia Bisssutti, Jorge Mistral y Fernando Siro. Entonces desde Colgate Palmolive, que estaba en el l3, me pidieron trabajar con ellos.

-¿El pase a Canal 13 fue otra etapa?

– Cuando me fui al 13 se me ocurre «Rolando Rivas», que originalmente era una novela radial con otro título, que si no me equivoco se llamó «Los que mienten amor». Con «Rolando Rivas» fue una revolución, porque además revolucionó la técnica en la pantalla chica, porque las cámaras no salían a la calle hasta ese momento. Los teleteatros estaban encerrados en cocinas, comedores o salas, mientras que el taxi de Rolando Rivas parecía estar en todos los barrios. Además el tema del taximetrero era muy porteño y yo lo conocía muy bien, porque vivía viajando de Floresta al centro y me decía siempre: qué bárbaro poder contar la historia de un taxista, era todo un mundo, porque en ningún lugar los taxistas hablan tanto con el pasajero con una suerte de parentesco durante el viaje.

-¿Qué pasó después del éxito de «Rolando Rivas»?

– Después de eso seguí con «Pobre Diabla», que fue un suceso y sigue siéndolo, como en España o en el Perú. Después hice «Piel naranja» con Marilina Ross, Raúl Rossi y Arnaldo André, que fue otro éxito como «Pablo en nuestra piel» con María Valenzuela y Arturo Puig. Luego vuelvo a Canal 9 cuando termina la época de oro que fue la era Mestre en el 13, allí hice un par de novelas que también funcionaron muy bien, como es el caso de «La voz en el teléfono» o «Dos a quererse».

-¿Fueron creaciones a partir de vivencias personales?

– Siempre es una mezcla de fantasía y realidad. Pero el teleteatro de aquella época se acerca más a la realidad, Rolando Rivas por ejemplo, no era un tipo alto y rubio que vivía en grandes salones, era el que estaba en el barrio y en el café, un porteño por excelencia. Esa temática también cambió el panorama actoral, porque muchos actores que habían desaparecido volvieron a trabajar, como Guillermo Rico y su famoso tachero que se llamaba «El abuelo» o Carlos Artigas que hacía «Cortito». Eran actores que no tenían un lugar en la televisión y se sorprendían todos cuando yo los pedía. Eran los años 70 hasta los 90 y fue un período especial, ahora lamentablemente el idioma está bastardeado. Yo no quiero un idioma rígido, pero ahora en las novelas, empezando por el vocabulario y siguiendo por la emoción, se ha perdido toda la magia que tenían entonces. No hay verdadera palabra, y creo que es el resultado de trabajar en equipo, no hay un solo autor, y a veces los cambian. Pero no quiero aferrarme a eso de que todo tiempo pasado fue mejor, porque las novelas han tenido un avance en cuanto a producción, como es el caso de Suar, con sus iluminadores y sus directores, se trata de una técnica nueva y maravillosa que nosotros no teníamos. Pero en el tema artístico creo que hubo declinación, aunque siempre hay algo nuevo y rescatable como «Gasoleros» o «Son amores» donde hay gente con historias comunes a la realidad y buenas actuaciones.

-¿Cuál es el papel del escritor para televisión, escribió acaso para el cine?

– No escribí para cine, «Rolando Rivas» como película la hicieron en su momento unos colegas míos, pero yo no quise, porque no estaba de acuerdo, por ejemplo con el tema musical de la obra nueva. Pero quiero decir que el oficio de escribir para televisión no deja de ser literario, en menor escala ahora, porque creo que se abarató el lenguaje y las situaciones y además hay que escribir infinidad de capítulos, muchas veces se alarga la tira y termina siendo una parodia de lo que fue. Porque uno va a ver la película «Cigarros» y es tan importante como el libro y si una historia es bella a través de la televisión también lo será el libro.

Aunque creo que actualmente se perdió la noción de que medio tan poderoso se está manejando, desde la saturación de lo que pasa con Tinelli hasta los reality shows suceden cosas espantosas, no hay cuidado, parece que no hubiera directores artísticos. El rating es importante, pero debe primar la mesura porque el producto llega a la gente, que merece respeto.

El cine y el teatro se salvan con grandes autores y productores, hay otro respeto, otra manera de encarar el «negocio», porque creo que todo negocio si está destinado al arte y no pasa mínimamente el hecho artístico, pierde sentido. Y hoy me da la sensación de que en televisión da lo mismo decir cualquier tipo de disparate que decir un cosa seria y bella.

Julio Pagani

El tema es comprendernos

Alberto Migré está en plena actividad con un proyecto para Canal 7 con -» menudo título», dice- «El tema es comprendernos», al que califica de un ejercicio del entendimiento humano, donde se muestra una escena con el error y la contrapartida con la corrección. Es decir, «si alguien no dice o hace un despropósito todo es posible para entenderse», una suerte de unitario con situaciones morales que pueden ser corregidas, una idea original y brillante.

La idea es luchar contra la pérdida del sentido de la palabra que tanto preocupa a Migré, «el discurso es falso y eso también viene de arriba cuando dicen una cosa y luego hacen otra». Por su parte sigue practicando el respeto de aquellos tíos suyos que vivían en el barrio de Boedo y eran atorrantes en juegos y conquistas, «pero siempre respetuosos y correctos».

Pero también Alberto Migré sueña con su viejo amor, la radio. Por eso está en gestiones con un empresario en Comodoro Rivadavia para hacer nuevamente radioteatro trasmitido desde allí a cada provincia y todo el país. Está decidido lograrlo, aún desde Capital (donde ya incursionó otra vez con éxito) para reeditar esa magia y ese idioma que considera perdidos

Por ese sueño está peleando, mientras sus telenovelas siguen recorriendo el mundo. Es un creador que ama los barrios (vivió en Boedo, Flores, Floresta y ahora en Caballito). Tanto como la lectura y la música.

En la confitería donde se hizo la entrevista un grupo de señoras lo aplaude. «Eso es maravilloso y me sucede en todas partes», dice satisfecho de su máxima conquista: «El amor de la gente». (J.P.)


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