Variantes del golpismo

Por fortuna, la presidenta Cristina Fernández de Kirchner no se ha propuesto defender con los métodos reivindicados por su aliado Nicolás Maduro “el modelo” que cree haber armado. El mandatario venezolano acaba de advertir a sus compatriotas que, aun cuando el oficialismo chavista perdiera las elecciones legislativas previstas para el 6 de diciembre, seguiría gobernando con apoyo militar. Para justificar su adhesión al golpismo o, si se prefiere, al “autogolpismo”, el heredero del extinto comandante Hugo Chávez insiste en que hay que subordinar todo, incluyendo la democracia y los deseos de la mayoría, a “la revolución”. Sucede que, lo mismo que los hermanos Castro en Cuba, Maduro y sus partidarios se resisten a dejarse impresionar por hechos concretos como la ruina económica de sus países respectivos, la depauperación de millones de familias, la violencia institucionalizada, la persecución ideológica y muchos otros males. Para ellos lo único que importa es lo que llaman “el socialismo”. Aunque muchos kirchneristas comparten la voluntad de continuar construyendo, pase lo que pasare, “el modelo” que es su propia versión de una utopía supuestamente popular e izquierdista, entienden que no les serviría para nada procurar demorar el derrumbe movilizando a las Fuerzas Armadas. Puede que hace algunos años los más fanatizados se sintieran tentados por la alternativa, pero pronto se dieron cuenta de que pocos uniformados compartían la voluntad del general César Milani de hacer del Ejército Nacional la rama militar del “proyecto” que se había aglutinado en torno a Cristina. Así y todo, la propensión de muchos militantes kirchneristas a privilegiar sus propias fantasías por encima de todo lo demás plantea un peligro al orden democrático al brindarles pretextos, a su juicio más que adecuados, para intentar debilitar cualquier gobierno que puedan calificar de “liberal”, “reaccionario” o “antipopular”. Convencidos como están de que el bienestar del conjunto es lo de menos, no vacilarán en hostigar, por los medios que fueran, al próximo presidente, sea Mauricio Macri o Daniel Scioli. No carecerán de oportunidades. Por ineptitud o por su compromiso ciego con esquemas que no han funcionado en ninguna parte, legarán al gobierno que en pocas semanas iniciará su gestión una herencia socioeconómica que, conforme a los datos disponibles, es calamitosa pero que, según Cristina y sus seguidores, difícilmente podría ser mejor, razón por la que se afirman resueltos a impedir que sus sucesores traten de modificar “el modelo”. Si los así persuadidos realmente creen en su propia retórica, lo que, por desgracia, es perfectamente posible, intentarán frustrar todos los esfuerzos por atenuar las consecuencias de la crisis que ellos mismos han provocado. Por una cuestión de orgullo, cuando los militantes hablan de “autocrítica” sólo aluden a sus eventuales errores tácticos. Cristina y sus simpatizantes más fervorosos, ayudados por los extraños profesores de la agrupación Carta Abierta, seguirán negándose a reconocer que no puede ser viable un “modelo” que para funcionar necesitaría contar con recursos financieros muy superiores a los que el país está en condiciones de generar y que por lo tanto deberían resignarse a verlo reemplazado por otro radicalmente distinto. Es de prever, pues, que la noche del 10 de diciembre los kirchneristas más ideologizados comiencen a atacar al nuevo gobierno y que les resulte fácil conseguir la colaboración de muchos otros que, por sus propios motivos, querrán aprovechar en beneficio propio las dificultades frente al país. Aunque no les será dado adoptar la misma estrategia que los chavistas venezolanos porque, felizmente para el país, las Fuerzas Armadas se han visto despolitizadas, a menos que una proporción significante de los dirigentes políticos decida oponérseles, podrían eliminar lo que para ellos sería el riesgo de que el país se recupere pronto de los estragos que le ha ocasionado más de una década ganada por la insensatez económica, la corrupción consentida y el desprecio oficial por todo lo vinculado con la seguridad jurídica que, en una oportunidad, quien sería ministro de Economía calificó de “un concepto horrible”.


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