Verdades escogidas

Si la prensa norteamericana aceptara la autocensura, muchos gobiernos de América Latina pedirían una actitud similar.

¿Es compatible la libertad de prensa con la seguridad necesaria en tiempos de guerra? Según el gobierno del presidente estadounidense George W. Bush, a los medios de su país les corresponde colaborar con el esfuerzo nacional por destruir la red terrorista que se ha aglutinado en torno de la figura de Osama Ben Laden y del régimen afgano que es su socio, pero si bien muchos periodistas norteamericanos se sienten plenamente consustanciados con la causa, la mayoría quiere respetar el derecho de los disidentes a expresar sus puntos de vista, por urticantes o desmoralizadores que fueran, razón por la que los que consideran ofensivos ciertos comentarios defienden el derecho de sus colegas a decir cuanto se les ocurra. Sin embargo, un problema que es decididamente más espinoso que el planteado por la libertad de opinión tiene que ver con la información. Al darse cuenta de que era probable que Ben Laden hiciera uso de sus apariciones televisivas para transmitir órdenes cifradas a sus subordinados, las autoridades norteamericanas pidieron a las empresas emisoras desistir de difundirlas, exigencia que algunos periodistas han rechazado por improcedente, además de inútil porque, al fin y al cabo, gracias a los medios de comunicación globalizados actuales, el jefe de Al Qaeda no tardaría en encontrar otros métodos que le permitieran ponerse en contacto con sus simpatizantes. Con todo, de verificarse que en efecto Ben Laden ha aprovechado de este modo la televisión norteamericana, la autocensura sería la única alternativa a la censura oficial.

Si bien es de prever que los contrarios a la política gubernamental podrán continuar expresándose sin temer verse silenciados y que de producirse actos de censura será por razones puntuales que casi todos respetarían, otras actitudes, tanto de las autoridades estadounidenses como de los dueños de los medios principales, están motivando cierta preocupación. Al gobierno estadounidense le parece fundamental que los medios de comunicación, tanto electrónicos como gráficos, traten con «responsabilidad» las noticias, absteniéndose de propagar imágenes terroríficas o rumores que podrían servir para sembrar el pánico. Y, en efecto, al producirse los ataques contra las Torres Gemelas y el Pentágono, los canales televisivos norteamericanos se combinaron para brindar la impresión obviamente falsa de que la destrucción fue meramente material, que no hubo cuerpos destrozados ni sangre ni escenas desgarradoras. De más está decir que esa forma «aséptica» de registrar lo que sucedía fue muy distinta de la elegida por nuestras empresas cuando sucedieron los atentados contra la Embajada de Israel y la sede de la AMIA. En cuanto a los rumores, la propensión al parecer incorregible de los medios norteamericanos a exagerar los peligros que supuestamente amenazan al hombre común no se ha modificado mucho, de ahí la obsesión con la posibilidad de que terroristas se hayan preparado para emprender ataques bacteriológicos o químicos, pero es probable que las diversas presiones los obliguen a tratarlos de forma menos sensacionalista.

Puede que hayan exagerado los que han acusado -de buena o mala fe, da igual- a los medios norteamericanos de someterse mansamente al gobierno de Bush y de batir el parche patriótico con demasiado fervor, pero aun así cualquier indicio de debilidad por parte de «los comunicadores» del «país rector» mandará un mensaje ingrato a América Latina, región para la que hoy en día la prensa de Estados Unidos sirve de modelo. Si los grandes diarios y las empresas televisivas norteamericanas aceptaran sin chistar la autocensura, serían muchos los gobiernos de América Latina que exigirían a sus equivalentes locales una conducta aún más «constructiva». En cambio, de probar una vez más la prensa norteamericana que incluso en circunstancias sumamente difíciles y complicadas es capaz, sin declinar en ningún momento su responsabilidad hacia la sociedad de la que forma parte, de distinguir entre los pedidos oficiales legítimos y las presiones oportunistas ejercidas por facciones políticas, sean éstas gubernamentales o no, los beneficiados no se limitarán a los norteamericanos mismos sino que también incluirán a muchísimos otros.


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