Vivimos en estado de revolución permanente

Mirando al sur

La revolución es una idea moderna. Es más, la Modernidad nació revolucionaria. Lo que surgió como un deseo de minorías ínfimas se fue transformando en la realidad cotidiana de las mayorías, hasta convertirse hoy en la forma de vida de todos. La revolución se ha vuelto tan obvia, tan presente, que ya ni la vemos: es el aire de nuestra época.

Ayer se cumplieron 228 años desde que una turba parisina asaltó la Bastilla. Allí comenzó el proceso que terminó con 15 siglos de dominación feudal en Francia y sentó las bases para la más profunda transformación política que haya visto la humanidad desde que los hombres dejaron la existencia tribal, la vida nómade y fundaron las ciudades, hace más de 10.000 años. La Revolución Francesa fue el pináculo, la condensación de una serie de movimientos históricos que comenzaron al menos dos siglos antes, fundamentalmente en el campo de las ideas, en la transformación de las costumbres y en el campo de la ciencia y la técnica.

En el siglo XIV, Leonardo Da Vinci fue de los muy pocos ateos que conoció la Europa cristiana: el ateísmo era casi inconcebible en Occidente durante la larga Edad Media. Hasta aquellos que se sublevaban contra el poder del papa y abominaban el cristianismo lo hacían en nombre de otras versiones del mismo dios (o de un dios que no era esencialmente distinto del que proclamaban las tres grandes religiones monoteístas). Todas las luchas de religión, que ensangrentaron a Europa entre 1200 y 1800, eran disputas de facciones que coincidían en que cada una de ellas creía adorar al dios verdadero y creían que sólo ellas lo hacían de la manera adecuada.

De la religión a la ciencia

Hacia el siglo XVI ese panorama había cambiado radicalmente, aunque a nivel masivo se seguía viviendo muy parecido a como se había vivido en el último medio milenio. Pero ya había, aquí y allá, decenas de hombres que sentaron las bases del pensamiento moderno, de la lucha por la libertad, y que enfrentaron a las autoridades religiosas y políticas al sostener los principios científicos modernos. Descartes, Spinoza, Leibniz, Copérnico, Galileo, Newton, Hobbes, Maquiavelo, Locke o Giordano Bruno (con suerte disímil: algunos quemados vivos, otros encarcelados, otros silenciados) son los hombres que sentaron las bases del nuevo pensamiento.

A 228 años de la Toma de la Bastilla (y a pesar de existir ya millones de páginas escritas sobre el tema) aún se debate por qué la revolución estalló en Francia en el momento en el que se produjo y no antes o después, o directamente por qué tuvo que suceder.

Como su nombre lo indica, la revolución es una ruptura en el orden natural. Es muy difícil ver la relación causa-efecto de un evento excepcional que requirió, sin dudas, de siglos de transformaciones anteriores y que ha cambiado tan radicalmente al mundo. Lo cierto es que, sin las transformaciones “modernas” (desde el siglo XVI en adelante), la Revolución Francesa nunca hubiera sucedido. Así como la lucha por la independencia de América hubiera sido muy distinta (si es que hubiera existido) de no haberse producido la Revolución Francesa.

Las fuerzas fundantes

La revolución tuvo dos fuerzas engendradoras: por un lado, el cambio intelectual que fundó la ciencia moderna y permitió la aparición del pensamiento crítico (en especial entre los filósofos y los divulgadores) y la transformación radical de las condiciones materiales (la Primera Revolución Industrial es la gran base sobre la que se apoyó el movimiento político que desembocó en la Revolución Francesa).

Ese proceso no ha cesado. Ha tenido momentos visiblemente disruptivos en lo político (las guerras mundiales, la Revolución Rusa, la china), el avance vertiginoso de las nuevas ideas científicas (que surgieron casi todas durante el siglo XIX y comienzos del siglo XX), la transformación técnica constante (que se basa en aquellas ya viejas ideas científicas de hace un siglo o más) y los movimientos sociales que ampliaron derechos (desde el fin de la esclavitud y la lucha por los derechos civiles hasta el movimiento gay o el feminismo) transformando nuestra vida cotidiana de una manera tan radical que le resultaría incomprensible a una persona muerta hace 60 o 70 años.

Vivimos en un proceso de revolución permanente. Lo que se inició con la Revolución Francesa no se detuvo jamás. La aceleración constante que ha tenido en la últimas dos décadas (en el campo técnico, fundamentalmente, pero también en las costumbres y en la forma en que vivimos el día a día) no tiene parangón en ningún momento anterior de la historia. La revolución permanente que imaginó Trotsky (como forma de lograr que la revolución soviética no se burocratizara) es nuestra experiencia cotidiana: vivimos en estado de revolución.

La revolución desencadenó fuerzas monumentales en el campo de las ideas. Esas ideas (surgidas casi todas en el siglo XIX y comienzos del XX: desde Freud, Darwin, Nietzsche a Maxwell, Einstein, Wittgenstein y Planck) fueron tan poderosas que hoy son las que nos siguen iluminando. Detrás del iPhone, del movimiento por los derechos civiles, de internet móvil, de las identidades sexuales producidas por los individuos (y no por la naturaleza), están esas grandes ideas surgidas tras el primer estallido revolucionario.

Aun los reaccionarios modernos son los hijos de la gran revolución del siglo XVIII.

A 228 años de la Toma de la Bastilla aún se debate por qué la revolución

estalló en Francia en el momento en el que se produjo y no antes o después.

La revolución desencadenó fuerzas monumentales en el campo de las ideas. Esas ideas fueron tan poderosas que hoy son las que nos siguen iluminando.

Datos

A 228 años de la Toma de la Bastilla aún se debate por qué la revolución
estalló en Francia en el momento en el que se produjo y no antes o después.
La revolución desencadenó fuerzas monumentales en el campo de las ideas. Esas ideas fueron tan poderosas que hoy son las que nos siguen iluminando.

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