Voluntades en colisión

Tal como sucedió en la Argentina un año antes, en Venezuela el presidente disfruta de legitimidad constitucional incuestionable, pero una proporción muy significante de sus compatriotas quiere que renuncie. Sin embargo, a diferencia de Fernando de la Rúa que, consciente de que por razones «doctrinarias» los jefes de su propio partido estaban resueltos a asegurar el fracaso de su gestión e intimidado por la actitud cada vez más truculenta del peronismo, sobre todo del sector encabezado por Eduardo Duhalde, Hugo Chávez se niega a abandonar el poder mientras que sus adversarios políticos, sindicales, empresarios y eclesiásticos insisten en tratar de desalojarlo, lo que ha producido un empate peligroso que podría presagiar muchos años de conflictos de todo tipo.

Ya es evidente que Chávez no estará nunca en condiciones de gobernar con eficiencia, pero también lo es que, si cae, los chavistas conservarán el poder suficiente y, lo que es más importante aún, una multitud de pretextos al parecer convincentes para impedir que cualquier otro mandatario logre hacerlo. En cierto modo, pues, las perspectivas ante Venezuela son similares a las que nuestro país enfrentaba en los años cincuenta cuando le resultaba imposible avanzar con Juan Domingo Perón en la Casa Rosada o con él en el exilio. Por lo tanto, nuestra experiencia nada grata en esta materia sugiere que a los venezolanos les convendría respetar plenamente las reglas constitucionales para que la eventual caída de Chávez sea consecuencia de una derrota electoral inapelable, pero por tratarse de una lección que nuestros propios políticos aún no han aprendido, es poco probable que sus colegas de otro país estén dispuestos a hacer gala de la paciencia precisa para aguantar lo que para ellos es un régimen intolerable que los está llevando a la ruina. Si bien hasta ahora han escaseado los actos de violencia achacables a la lucha en Venezuela, la huelga general prolongada que ha organizado la oposición ha causado estragos difícilmente remediables en la ya maltrecha economía y el odio manifiesto que sienten por sus respectivos adversarios, tanto los enemigos de Chávez como sus partidarios, podría ser el germen de una auténtica guerra civil.

Desde el punto de vista de los países industriales más poderosos, el drama venezolano constituye una amenaza que es mucho más grave que la supuesta por el argentino porque afecta a la producción mundial de un recurso esencial: el petróleo. Sin embargo, puesto que sus intentos de influir en la evolución del conflicto serían contraproducentes, sería difícil que Estados Unidos interviniera a pesar de que no pudo haberle resultado menos oportuna la interrupción de las exportaciones del petróleo venezolano. Desde el punto de vista de los latinoamericanos, empero, se trata de dos formas de hacer frente al desafío planteado por la bancarrota de una clase política que, en todas partes de la región, comparte muchas características, entre ellas la incapacidad para impulsar el desarrollo económico en un mundo en el que el cambio es constante. Hace casi un lustro, en Venezuela la mayoría de la población optó por una «solución» tradicional frente al desastre ocasionado por una oligarquía política tan corrupta e inepta como la nuestra, entregando el poder a un caudillo populista demagógico que le prometió «justicia» sin tener la menor idea de cómo convertir su retórica en hechos. Aquí, en cambio, los más parecen entender muy bien que no le serviría para nada recaer en los errores que tantos perjuicios le han causado, razón por la cual el temor a que el heredero del colapso económico fuera un equivalente local del ex coronel de paracaidistas venezolano aún no se ha concretado. Con todo, si bien el escepticismo que casi todos sienten ante una oferta política realmente lamentable puede considerarse un síntoma de salud -al fin y al cabo, de haberse entusiasmado la mayoría por uno de los diversos candidatos populistas las perspectivas frente al país serían todavía más lúgubres de lo que ya son-, no es inconcebible que andando el tiempo la gente, naturalmente hastiada por la inmovilidad, termine apoyando a una figura que sea comparable con Chávez aunque sólo fuera por su afición a la grandilocuencia supuestamente innovadora.


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