Caballos con rulos que parecen salidos de un cuento y un viaje a la Línea Sur para descubrir otra Patagonia
Una excursión por Maquinchao y la estepa rionegrina para conocer los singulares caballos Bashkir Curly, descubrir la laguna Ñe Luan y acercarse a las historias y emprendimientos que mantienen viva la Línea Sur.

No hay grandes carteles que anuncien algo extraordinario. Hay una imagen, una historia contada por alguien que volvió con los ojos llenos de paisaje y la sensación de haber estado, por unas horas, en una geografía distinta. Caro Ciccioli subió a sus redes fotos hermosas después de viajar a Maquinchao. En ellas aparecen unos caballos extraños, de pelo ensortijado que parecen sonreír para el clic.
“Es una experiencia única. Una visita a la Yeguada Rodríguez en Maquinchao organizada por Destino Sur nos sorprendió con una raza equina casi en extinción, Bashkir Curly, única en Sudamérica”, escribió y la publicación despertó curiosidad. ¿Qué son esos caballos? ¿Dónde están? ¿Cómo se llega hasta ellos? Y, sobre todo, qué hay detrás de ese viaje que se mete en la Línea Sur, lejos de las postales más conocidas de Río Negro.
La respuesta aparece al otro lado del teléfono, en la voz de Claudia Herrera, de la agencia Destino Sur, que conoce esos caminos y decidió convertirlos en una experiencia turística. “La experiencia es de un día completo”, cuenta. En julio hicieron la primera salida con cinco mujeres y en septiembre volverán a intentarlo. No se trata solamente de llegar, mirar a los animales y regresar. La propuesta empieza a construirse desde el momento en que la ruta deja atrás los lugares más transitados y la estepa comienza a ocuparlo todo.

El secreto está en los rulos
En la Yeguada Rodríguez, los protagonistas son los Bashkir Curly. El primer impulso es acercarse, mirar, tocar y descubrir que aquello que desde lejos parece una especie de pelaje áspero tiene, al contacto, una textura inesperadamente suave. “Las chicas quedaron maravilladas con todo lo relacionado con el pelo de los caballos”, cuenta Claudia.
La particularidad, además, tiene una fecha. La actividad es estacional: los rulos se pueden apreciar especialmente entre mayo y octubre. Después comienzan a aparecer claros en el pelaje. “El pelo no es áspero ni rústico como la crin de un caballo. Es un intermedio entre la lana de oveja y la crin”, explica y hay otra sorpresa. No huelen como uno imaginaría. “Tampoco tiene olor a caballo, tiene el olor de esa cera, de esa grasa que protege la lana, que se llama lanolina”, describe Claudia.
Los animales tienen colores variados y una historia particular. Son ejemplares únicos en Sudamérica y sus antepasados estaban en estado salvaje en la meseta de Somuncurá. Los Rodríguez, con Gerardo a la cabeza, que es veterinario, comenzaron a adquirir ejemplares y a reproducirlos hasta formar la yeguada que hoy recibe visitantes.

La escena tiene algo de encuentro familiar. Los animales están sueltos, no hay una barrera que marque una distancia rígida entre el visitante y el paisaje. “Ellos nos reciben ahí, nos hacen la gastronomía, la recepción, es todo muy familiar. No hay protocolo, es todo muy desestructurado”, cuenta Claudia. Si alguien quiere salir mientras los demás toman un café, puede hacerlo. Si quiere quedarse mirando a los caballos, también. Si quiere sacar fotografías, puede hacerlo. “Es muy libre”, resume.
Una laguna congelada en medio de la estepa
Pero el viaje no termina ahí. Después del almuerzo, las tortas fritas, las infusiones y las conversaciones, la excursión vuelve a ponerse en movimiento. Son 35 kilómetros hacia el interior de la meseta para llegar a la laguna Ñe Luan, un pequeño oasis que en invierno cambia completamente su fisonomía.
Hay un muelle, un mirador y un paisaje que invita a detenerse. En esta época del año, el agua se congela y aparecen bloques de hielo que transforman la laguna en una postal inesperada en medio de la estepa. “Es divina a la vista”, dice Claudia.
El recorrido también permite buscar fauna. Choiques, guanacos, zorros y otros habitantes de la estepa pueden aparecer durante el trayecto. No hay garantías ni horarios para esos encuentros, justamente por eso forman parte de la experiencia. Se avanza despacio, miran por la ventanilla, fotografían, conversan y toman mate.

Y después aparece uno de los grandes protagonistas de este viaje, aunque no tenga forma de animal ni de paisaje: el silencio. “Los silencios son increíbles”, dice Claudia. En el pueblo, explica, ya se percibe porque es pequeño y tiene pocos habitantes, pero en la laguna la dimensión cambia. “Cuando vamos a la laguna, el silencio es imposible de describir, de dimensionar. Hay que vivirlo. No se escucha nada. Hasta da un poquito de pena hablar o reírse porque sentís que vas a romperlo”.
La frase queda flotando porque quizá ahí esté una de las razones más profundas para hacer este viaje. No solamente conocer un animal extraño o fotografiar una laguna congelada, también detenerse. “Es ideal para quedarse cinco minutos escuchando el universo”, dice.
Cuando viajar también mueve una comunidad
Destino Sur plantea estas excursiones con una idea que va más allá de llevar turistas de un punto a otro. La intención es que el viaje deje algo en cada lugar que atraviesa. En julio, por ejemplo, la experiencia incluyó una noche de alojamiento, una comida en un restaurante local y una visita al vagón turístico de las artesanas. Allí, las visitantes compraron más de cien mil pesos en artesanías.
“Realmente se cumplió el objetivo que tenemos como emprendimiento cultural”, sostiene Claudia. La ecuación es sencilla, pero poderosa: dormir, comer, comprar, conocer, fotografiar, conversar. Hacer que el dinero del visitante circule por la comunidad. Por eso, la excursión también incluye recorridos por la localidad para descubrir su arquitectura y acercarse a las historias de quienes viven y producen allí.

La propuesta se extiende a otros puntos como El Cuy, donde Destino Sur comenzó a incorporar experiencias vinculadas con las artesanas, la lana, la esquila y las formas tradicionales de producción. Porque detrás de cada viaje hay también una intención: mostrar que la estepa no es un territorio vacío.
Viajar hacia adentro
La próxima salida a la Yeguada Rodríguez será el 12 de septiembre y tendrá un valor de 210.000 pesos. Será una excursión de día completo, sin pernocte, que incluye traslado y regreso, seguro de pasajero transportado, visita y actividad con los caballos, charla guiada, contacto con los ejemplares, recepción con tortas fritas e infusiones, almuerzo con postre y bebida y el recorrido por la meseta hasta la laguna Ñe Luan.
“Lo único que tiene que llevar la gente es cámara si desea sacar fotografías, predisposición para pasarla bien, su equipo de mate y abrigo. El resto está todo cubierto”, señala Claudia e invita a recorrer una Patagonia de rulos, lana, hielo, mates, animales que parecen sonreír, artesanas, caminos largos y silencios tan profundos que cuesta romperlos.

- Consultar en @_destinosur o al 298 463-3692.
- Mirá las fotos de Caro Ciccioli en @cicciolicaro

No hay grandes carteles que anuncien algo extraordinario. Hay una imagen, una historia contada por alguien que volvió con los ojos llenos de paisaje y la sensación de haber estado, por unas horas, en una geografía distinta. Caro Ciccioli subió a sus redes fotos hermosas después de viajar a Maquinchao. En ellas aparecen unos caballos extraños, de pelo ensortijado que parecen sonreír para el clic.
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