Jugar en Estados Unidos no fue el salto más alto en la vida de Cata
En el 2025 se fue a jugar para una universidad de Washington, ahora su destino será Vélez, pero para Catalina Gutiérrez no hay nada como Italia Unida, el club donde cambió la danza por el vóley.
Cata tiene 19 años recién cumplidos y una estatura de 1,87 que nunca pasó desapercibida. Durante años la danza fue su mundo, el espacio donde se movía con naturalidad, hasta que una insistencia materna, resistida al comienzo, la llevó a probar un deporte que cambiaría su vida. Una sola clase en el club Italia Unida, fue suficiente. Tenía 15 años cuando el vóley entró sin expectativas a su rutina, pero de a poco esa práctica la cautivó para siempre. Y sin darse cuenta, dejó atrás la danza, dejó todo, y empezó a construir otra historia.
“Mi mamá me obligó a probar una clase y yo no quería tener nada que ver. Me dijo que intente una vez y vine una sola clase acá, en Italia Unida, y me enamoré del deporte. Así, definitivamente. Probé una clase y dije, me encanta. Y ahí dejé danza, dejé todo…”.
La cita es en el Club Italia Unida, una institución que lleva con orgullo sus 109 años de vida y dónde el vóley ha sido uno de los deportes insignia de los últimos tiempos. Aquí es la segunda casa de Catalina Gutiérrez, aunque el vínculo no fue instantáneo. De hecho, ese primer entrenamiento no tuvo nada de extraordinario. Cata había llegado tarde al deporte, y las chicas de su edad ya sabían cosas que ella no. No saltaba más alto, no pegaba más fuerte. Pero había algo distinto: el lugar. La sensación de ser bienvenida, de que todos querían que juegue, de que aquello que durante años había sido al parecido a una inseguridad, acá era un valor.

“Me decían que estaba muy bueno ser súper alta. Tenía 14 y ya medía 1,82, entonces eso me daba un poco una inseguridad cuando era más chiquita. Y fue como, acá me re sirve ser alta, entonces me encantó”. El vóley le daba otro significado a su cuerpo. Crecer antes que el resto nunca es sencillo. En la preadolescencia, cuando todavía no sabía bien qué hacer con sus brazos y piernas largas, el vóley, poco a poco, la ayudó a resignificar eso: lo que parecía un impedimento se transformó en beneficio. La danza le había dado coordinación, sí, pero el vóley le dio potencia, salto, motricidad. Nada fue natural ni innato, como ella misma dice: todo fue perseverancia. “No soy muy atlética en realidad, es puro entrenamiento porque así de nacimiento no me sale nada en realidad”.
Naturalmente su lugar en la cancha es junto a la red, siempre saltando. “Central u opuesta, nunca armadora…” asegura bromeando Cata, que había encontrado su lugar en el deporte. Italia Unida fue su único club en inferiores, el espacio donde hizo todo su recorrido formativo. Cuatro años ahí, viviendo prácticamente en el club, entrenando, jugando, equivocándose. Su entrenador de siempre, Carlos Ganim, fue una pieza clave: le dio margen y tiempo para aprender. “Al Colo (así le dicen sus alumnas) siempre le voy a estar agradecida”.

No hubo un objetivo grandilocuente ni un plan trazado a largo plazo. A los 18 empezó a asomar la idea de irse. Jugó como refuerzo en Boca y en River, experiencias que llegaron a través de contactos y pruebas, no de citaciones formales. River primero, a fines de 2023, y después Boca. Ponerse la pilcha xeneize siendo hincha de Millo terminó siendo una anécdota que el vóley se encargó de relativizar rápido: dentro de la cancha, el escudo pesa distinto.
“Yo soy de River. La verdad que me puse el conjunto y dije… ¡Ay! ¿Qué estoy haciendo? Pero me olvidé enseguida, Boca en vóley es un muy buen club. El entrenador fue siempre muy copado, las chicas muy copadas. La pasé muy bien en ambos clubes. Eran lindos grupos”.
Después de coquetear con los grandes de Argentina, llegó una posibilidad que nunca se había imaginado: jugar en Estados Unidos. Su padre Fabián, de quién heredó la pasión riverplatense, se contactó con Alejandro Álvarez, reconocido jugador nacido en Centenario, que supo actuar el Gigantes del Sur y brillar en el Grenoble francés. “Mi papá leyó una nota que le hicieron y lo contactó. Le dijo que tenía una hija que jugaba al vóley. Creo que Ale al principio le dijo como algo asó como: ‘¡Genial! ¡Buenísimo! Bien por vos…’ Mucho no entendía del pedido, pero después de dos meses le comentó que tenía un amigo de La Pampa que está en Estados Unidos y busca jugadoras argentinas”.
Fue así que apareció Walla Walla University, en el estado de Washington y cerca de Seattle. Para Cata no un sueño propio, sino como una oportunidad inesperada. Enviaron videos, hubo más interrogantes que respuestas sobre la posibilidad y finalmente una beca. Ciencias del deporte fue la elección inicial, con la idea abierta entre el coaching y la kinesiología. Allá, estudiar y jugar van de la mano: créditos, promedios, exigencias académicas y también trabajo. Cata lo hizo en la biblioteca de la universidad.
El equipo de Cata tenía su aporte latino: tres argentinas, dos mexicanas y una cubana, que era la armadora del equipo. Compañeras que se volvieron familia lejos de casa. Pero también apareció el contraste. Las comodidades estaban todas: viajes, hoteles, canchas impecables, recursos que acá cuestan. Sin embargo, faltaba algo: la pasión, la llama viva de todos aquellos que somos de esta parte del mundo. Ni más ni menos esa forma argentina de vivir el deporte como si fuera la vida misma. Mientras otras se volvían a sus casas en verano, ellas se quedaban trabajando. Habían dejado todo para estar ahí.

“Los argentinos tenemos cosas muy buenas en lo deportivo. Y vemos el deporte más desde el sacrificio. Allá no. Y fue algo que me costó mucho tratar de congeniar con mis compañeras, porque para nosotras era nuestra vida. Y por ahí para las otras chicas lo veían más diferente, menos pasional. Nosotras, las argentinas, habíamos dejado nuestra familia, nuestra cultura…”, analiza Cata con sabiduría de veterana a pesar de tener sólo 19 años.
El quiebre llegó con un cambio de entrenadores. Permanecer en esa conferencia fuerte implicaba, si se cambiaba de universidad, no jugar por un año entero. Deportivamente no cerraba. “Nunca tuve un objetivo de ir a Estados Unidos, sino hacer lo mejor que pueda para crecer como jugadora de vóley. Mis entrenadores se fueron… Yo estaba jugando en la NAIA, y en la conferencia más fuerte de Estados Unidos”. La NAIA es la única asociación deportiva que sirve a los intereses de las universidades pequeñas al impulsar la inscripción de estudiantes-atletas y la sostenibilidad financiera. “Si te cambiabas a una universidad dentro de esa conferencia, como por castigo, no podés jugar el primer año. Volvería a jugar recién en agosto de 2027. No me convenía deportivamente”.

Volver fue una decisión consciente, sin dramatismo, pero con convicción. Y apareció Vélez en el camino, de mano de Paula Flores, una de las tres argentinas en Walla Walla. “La otra era Vicky Giardina, llegamos juntas encima Estados Unidos. Después llegó Paula…”
Paula terminaría siendo el puente que le da continuidad al sueño de Cata. La roquense jugará en el Sub-21 de la entidad velezana y a la vez entrenará con el plantel de la División de Honor, que es la elite de la disciplina. La División de Honor (FMV) es la máxima categoría del torneo metropolitano de voleibol de clubes en Buenos Aires y alrededores. El objetivo es claro: crecer, sumar experiencia, llegar a la elite, disfrutar la liga y estudiar al mismo tiempo. Periodismo será el nuevo camino académico. Tendrá otra forma de contar historias, tal vez también la suya.
Cata tiene 19 años recién cumplidos y una estatura de 1,87 que nunca pasó desapercibida. Durante años la danza fue su mundo, el espacio donde se movía con naturalidad, hasta que una insistencia materna, resistida al comienzo, la llevó a probar un deporte que cambiaría su vida. Una sola clase en el club Italia Unida, fue suficiente. Tenía 15 años cuando el vóley entró sin expectativas a su rutina, pero de a poco esa práctica la cautivó para siempre. Y sin darse cuenta, dejó atrás la danza, dejó todo, y empezó a construir otra historia.
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