Híper información: mas datos, mejores decisiones
Los datos se convierten en un insumo valioso para la gestión empresaria cuando permiten abandonar creencias para abrazar las evidencias. Precisión, forma y tiempo son tes elementos clave para sacar el mayor provecho a la información.
Por Andrés Tejeda (NODO)
En las empresas solemos hablar de información como si fuera algo obvio, pero no lo es. Los datos, por sí solos, no dicen nada. Recién cuando esos datos se ordenan, se comparan, y se miden en el tiempo, se transforman en información. Y es a partir de esa información que existe conocimiento para tomar decisiones.
Muchas pequeñas y medianas empresas son muy eficientes en el “hacer”. Conocen su negocio, su operación, sus clientes y su mercado desde la experiencia cotidiana. Esa cercanía genera una sensación de control. Y muchas veces esa intuición funciona… hasta que deja de hacerlo.
El problema aparece cuando la intuición no dialoga con indicadores, tableros o métricas concretas. Allí, la toma de decisiones empieza a apoyarse más en creencias que en evidencia.
Durante años en Argentina, la inflación funcionó como una anestesia. Las ventas crecían en términos nominales, los ingresos subían y muchas ineficiencias quedaban ocultas. No hacía falta ser preciso: subir precios, vender igual y seguir. En ese escenario, muchas empresas confundieron volumen con eficiencia.
Cuando el mercado se contrajo, esa ilusión se rompió. Las ventas cayeron, los márgenes se achicaron y apareció una pregunta urgente: ¿qué tan eficiente es realmente mi empresa?
Hoy, con un contexto más exigente, esa pregunta ya no se puede esquivar. Y para responderla, hacen falta datos.
Para que los datos se conviertan en información útil, hay tres dimensiones esenciales: precisión, forma y tiempo. Un dato impreciso no permite decidir con claridad. La forma también importa: si los datos no están organizados de manera comprensible, comparables entre períodos y alineados con los objetivos del negocio, difícilmente generen información de calidad. Y el tiempo es determinante: si la información llega un mes tarde, ya no es estratégica, es histórica.
Los datos no reemplazan la experiencia. La complementan. No anulan la intuición del empresario; la ordenan. Transforman percepciones en decisiones fundamentadas.
El primer nivel, es saber si la empresa gana o pierde plata. Muchas PyMEs confunden facturación con rentabilidad, o flujo de caja con resultado económico. Sin información confiable, se toman decisiones de inversión, expansión o endeudamiento sin tener claro si el negocio realmente genera valor.
Un segundo nivel es entender qué parte del negocio es la más rentable. No todas las líneas de productos o servicios aportan lo mismo. Allí aparecen indicadores concretos: punto de equilibrio por unidad de negocio, contribución marginal por línea, ticket promedio, cantidad de unidades vendidas y su evolución en el tiempo. No alcanza con mirarlos de manera aislada: es necesario compararlos con períodos anteriores o con el mismo período del año anterior para evitar confundir estacionalidad con crecimiento real.
Otro plano clave es la gestión financiera. ¿Qué porcentaje de la cartera es incobrable? ¿Cuánta deuda vencida representa sobre el total a cobrar? ¿Cuántos clientes activos tengo versus el total de clientes registrados? Vender más no siempre es cobrar mejor.
A esto se suman métricas vinculadas al mercado y al comportamiento del cliente. Muchas empresas cuentan con sistemas que identifican qué compra cada cliente, con qué frecuencia, en qué temporada y bajo qué condiciones. Saber la edad promedio de quienes compran, su recurrencia o su sensibilidad al precio no es un lujo estadístico: es información estratégica.
Los datos incomodan. Porque muestran cosas que no siempre queremos ver. Revelan ineficiencias, decisiones mal tomadas, procesos que no funcionan como creemos.
Sin embargo, los datos no reemplazan la experiencia. La complementan. No anulan la intuición del empresario; la ordenan. Transforman percepciones en decisiones fundamentadas.
Hoy más que nunca, gestionar implica pasar del “creo que” al “sé que”. Y para eso, no alcanza con estar encima de la operación todo el día. Hace falta tomar distancia, mirar tableros, analizar información y aceptar que decidir mejor empieza por medir mejor.
La pregunta es simple pero incómoda: ¿qué decisiones estás tomando hoy sin tener los datos necesarios para respaldarlas?
Por Andrés Tejeda (NODO)
En las empresas solemos hablar de información como si fuera algo obvio, pero no lo es. Los datos, por sí solos, no dicen nada. Recién cuando esos datos se ordenan, se comparan, y se miden en el tiempo, se transforman en información. Y es a partir de esa información que existe conocimiento para tomar decisiones.
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