“Todos llevamos una foto en el corazón”

Autora del libro “La fotografía, un invento con historia” y profesora sobre esta materia en la Universidad de Palermo, Mónica Incorvaia pasa revista aquí al lazo que se establece entre foto y fotografiado.

Redacción

Por Redacción

–Tengo la impresión de que hablar de la fotografía como documento es una definición neutra por lo sabida. ¿No le cabe una definición más elaborada? –Es posible. En todo caso, se puede reflexionar la pregunta a partir de lo señalado por Roland Barthes, que decía que es “una especie de cordón umbilical que une al cuerpo de la cosa fotografiada a mi mirada; la luz, aunque impalpable, es aquí un medio carnal, una piel que comparto con aquel o aquella que han sido fotografiados”. En realidad hay algo en la fotografía que podríamos decir que es una definición de ella en sí misma: nadie queda impasible ante una foto. Nadie. –¿Cada uno asume la imagen a su manera? –Ante una imagen se establece una relación o una reflexión muy íntima, muy individual… –¿Con independencia de toda socialización de opinión sobre esa imagen? –Sí. Siempre hay una relación, una reflexión muy personal de cara a esta o aquella imagen. Siempre volvemos a esta o aquella foto. Y lo hacemos con nuestras reflexiones sobre ella. –Max Hastings, un periodista e historiador británico, dice que cuando uno entra en un casa de cualquier familia británica encuentra, sobre el madero que generalmente corona la estufa, los rostros que esa familia perdió en las guerras. Y dice entonces que ahí, en esas caras, uno se topa con la historia de Gran Bretaña… –Pierre Sorlin ha hecho un muy buen aporte sobre estos temas. En su libro “La imagen analógica. Los hijos de Nadar” señala que la palabra fotografía entró en el habla, en el vocabulario de la gente sin mayores interrogantes. Nadie se preguntaba sobre su esencia, simplemente estaba y nos decía algo por encima de cualquier interrogante. Y la gente se fotografiaba sin interpelaciones, aun no sabiendo nada sobre la cámara que obtenía la imagen. Sorlin compara la incorporación sin dificultad de la palabra fotografía con otras que tuvieron una incorporación más lenta: avión, tocadiscos, por ejemplo… –¿Usted encuentra a lo largo de la historia alguna constante en lo que podemos llamar foto social? –Sí, claro. Es un tipo de foto que genera entusiasmo, mucha vitalidad corporal. ¡La famosa pose! ¡Los bigotes del abuelo! ¡Mirá, mirá, todos los hombres con sombrero! En los hechos, aunque no lo reflexione en esos términos, uno sabe que frente a una cámara uno se planta de cara a la posteridad. Todos llevamos una foto en el corazón. Esa foto de ese año que se pierde en la historia colocada en presente nos hablará de cómo fuimos. –¿Desde cuándo se hace historia de la fotografía en Argentina? –Es tardía. No más de 15 o 16 años. Fui una de las primeras en comenzar a sistematizar información para organizar una historia de la fotografía en el país. Tampoco la fotografía estaba instalada como vínculo cultural-artístico. En el Moma de Nueva York lo estaba desde comienzos de la década del 1920. Aquí se instala en el 1998, en el Museo de Bellas Artes, donde Sara Facio fue la encargada de la tarea de armar la fototeca, que todavía esta a su cargo. –Hay una foto sacada en Estados Unidos por Dorothea Lange en 1936, en pleno desplazamiento de familias de campo debido a la crisis económica… –Una foto impresionante. La madre, su resignación, los dos nenes protegiéndose en sus hombros. He trabajado esa foto en mis investigaciones. –Fue obtenida en el marco de una decisión de la administración Roosevelt de dejar estampada en imágenes la crisis. ¿Alguna vez en Argentina se implementó una decisión de esta naturaleza? –Que yo conozca, no. Ni siquiera hay una cultura firme de preservación del material que se obtiene por la vía que sea sobre esos temas. En el Archivo General de la Nación el material está a como venga. No por falta de voluntad de la gente que trabaja ahí sino porque no hay una cultura de preservación, una política destinada a eso. Argentina es muy particular en esta materia y desde muy lejos en nuestra historia. –¿Por ejemplo? –Fue el último país del Cono Sur en sumar el daguerrotipo. El barco que traía la técnica desde Francia recaló en Brasil, donde Pedro II, el emperador, sumó la técnica, la divulgó, se transformó él mismo en fotógrafo y Brasil se metió de lleno en el daguerrotipo. El barco ancló en Montevideo y sucedió lo mismo. Ahí se obtiene la famosa foto de Mariquita Sánchez de Thompson. Pero el barco no pudo llegar Buenos Aires por el bloqueo anglo-francés. El barquito siguió hacia el sur, llegó a Chile y Chile asumió el daguerrotipo. Nosotros lo hicimos años después. –¿Por qué atrapan tanto las fotografías que reflejan violencia, guerra o no? La fotos de Eddie Adams en Vietnam, Eugene Smith, Robert Capa, el caballo blanco con su cabeza colgando hacia dentro en un tonel en las masacres de Chatila y Sabra, las de las crisis del 2001 aquí… –Por los extremos que reflejan, por el límite desde el cual nos hablan. También tiene que ver con la difusión, los términos en que se expanden las imágenes de la violencia. Pero la fotografía es vida aunque muestre gente que está muerta o en vías de serlo. Aun así nos muestra un momento de vida… –En el año 94, en Canadá, hablamos con Kim Phuc, la ahora doctora que de chiquita vimos corriendo desnuda por una carretera de Vietnam con fondo de napalm que le quemó la espalda. –¡Cómo no ir a esa foto!… Esa espalda, mostrada con los años, con ella sosteniendo a su bebé en brazos… –Nos dijo que, en las cartas y reflexiones que había recibido y leído sobre esa foto, le extrañaba que le hablaran de la “estética” de esa toma. ¿Estética en el horror? –Con independencia de cualquier consideración moral, ética, ¿por qué no? Plasticidad. Mucho de eso se encuentra en las fotos de Eugene Smith, cuyo trabajo admiro mucho y al que me refiero incluso en mi libro “La fotografía un invento con historia”. Hay una reflexión de un alemán, cuyo nombre se me escapa ahora, diciendo que el fotógrafo no elige el lugar, el lugar lo elige a él. Esa nena corriendo, llorando, sus brazos extendidos como buscando la protección de alguien… sí, sí… tiene mucha estética. –¿Conoce la foto de un pibe orinando a la policía en Bariloche? –¡Claro! Es de ustedes, de Leiva. –¿Cómo lee esa foto? –Es excelente. Transfiere a lecturas muy profundas. La marginalidad, el enfrentamiento entre un dictado de orden y el de los pibes sometidos a situaciones crudas, presiones; el rechazo al poder instaurado. ¡El poder que reprime pero no soluciona! Mis felicitaciones al “Chino” Leiva. –¿Sabe sacar fotos? –Me las arreglo…

La imagen tomada por Dorothea Lange, en 1936, para retratar la crisis.

CARLOS TORRENGO carlostorrengo@hotmail.com


–Tengo la impresión de que hablar de la fotografía como documento es una definición neutra por lo sabida. ¿No le cabe una definición más elaborada? –Es posible. En todo caso, se puede reflexionar la pregunta a partir de lo señalado por Roland Barthes, que decía que es “una especie de cordón umbilical que une al cuerpo de la cosa fotografiada a mi mirada; la luz, aunque impalpable, es aquí un medio carnal, una piel que comparto con aquel o aquella que han sido fotografiados”. En realidad hay algo en la fotografía que podríamos decir que es una definición de ella en sí misma: nadie queda impasible ante una foto. Nadie. –¿Cada uno asume la imagen a su manera? –Ante una imagen se establece una relación o una reflexión muy íntima, muy individual… –¿Con independencia de toda socialización de opinión sobre esa imagen? –Sí. Siempre hay una relación, una reflexión muy personal de cara a esta o aquella imagen. Siempre volvemos a esta o aquella foto. Y lo hacemos con nuestras reflexiones sobre ella. –Max Hastings, un periodista e historiador británico, dice que cuando uno entra en un casa de cualquier familia británica encuentra, sobre el madero que generalmente corona la estufa, los rostros que esa familia perdió en las guerras. Y dice entonces que ahí, en esas caras, uno se topa con la historia de Gran Bretaña... –Pierre Sorlin ha hecho un muy buen aporte sobre estos temas. En su libro “La imagen analógica. Los hijos de Nadar” señala que la palabra fotografía entró en el habla, en el vocabulario de la gente sin mayores interrogantes. Nadie se preguntaba sobre su esencia, simplemente estaba y nos decía algo por encima de cualquier interrogante. Y la gente se fotografiaba sin interpelaciones, aun no sabiendo nada sobre la cámara que obtenía la imagen. Sorlin compara la incorporación sin dificultad de la palabra fotografía con otras que tuvieron una incorporación más lenta: avión, tocadiscos, por ejemplo… –¿Usted encuentra a lo largo de la historia alguna constante en lo que podemos llamar foto social? –Sí, claro. Es un tipo de foto que genera entusiasmo, mucha vitalidad corporal. ¡La famosa pose! ¡Los bigotes del abuelo! ¡Mirá, mirá, todos los hombres con sombrero! En los hechos, aunque no lo reflexione en esos términos, uno sabe que frente a una cámara uno se planta de cara a la posteridad. Todos llevamos una foto en el corazón. Esa foto de ese año que se pierde en la historia colocada en presente nos hablará de cómo fuimos. –¿Desde cuándo se hace historia de la fotografía en Argentina? –Es tardía. No más de 15 o 16 años. Fui una de las primeras en comenzar a sistematizar información para organizar una historia de la fotografía en el país. Tampoco la fotografía estaba instalada como vínculo cultural-artístico. En el Moma de Nueva York lo estaba desde comienzos de la década del 1920. Aquí se instala en el 1998, en el Museo de Bellas Artes, donde Sara Facio fue la encargada de la tarea de armar la fototeca, que todavía esta a su cargo. –Hay una foto sacada en Estados Unidos por Dorothea Lange en 1936, en pleno desplazamiento de familias de campo debido a la crisis económica… –Una foto impresionante. La madre, su resignación, los dos nenes protegiéndose en sus hombros. He trabajado esa foto en mis investigaciones. –Fue obtenida en el marco de una decisión de la administración Roosevelt de dejar estampada en imágenes la crisis. ¿Alguna vez en Argentina se implementó una decisión de esta naturaleza? –Que yo conozca, no. Ni siquiera hay una cultura firme de preservación del material que se obtiene por la vía que sea sobre esos temas. En el Archivo General de la Nación el material está a como venga. No por falta de voluntad de la gente que trabaja ahí sino porque no hay una cultura de preservación, una política destinada a eso. Argentina es muy particular en esta materia y desde muy lejos en nuestra historia. –¿Por ejemplo? –Fue el último país del Cono Sur en sumar el daguerrotipo. El barco que traía la técnica desde Francia recaló en Brasil, donde Pedro II, el emperador, sumó la técnica, la divulgó, se transformó él mismo en fotógrafo y Brasil se metió de lleno en el daguerrotipo. El barco ancló en Montevideo y sucedió lo mismo. Ahí se obtiene la famosa foto de Mariquita Sánchez de Thompson. Pero el barco no pudo llegar Buenos Aires por el bloqueo anglo-francés. El barquito siguió hacia el sur, llegó a Chile y Chile asumió el daguerrotipo. Nosotros lo hicimos años después. –¿Por qué atrapan tanto las fotografías que reflejan violencia, guerra o no? La fotos de Eddie Adams en Vietnam, Eugene Smith, Robert Capa, el caballo blanco con su cabeza colgando hacia dentro en un tonel en las masacres de Chatila y Sabra, las de las crisis del 2001 aquí… –Por los extremos que reflejan, por el límite desde el cual nos hablan. También tiene que ver con la difusión, los términos en que se expanden las imágenes de la violencia. Pero la fotografía es vida aunque muestre gente que está muerta o en vías de serlo. Aun así nos muestra un momento de vida… –En el año 94, en Canadá, hablamos con Kim Phuc, la ahora doctora que de chiquita vimos corriendo desnuda por una carretera de Vietnam con fondo de napalm que le quemó la espalda. –¡Cómo no ir a esa foto!... Esa espalda, mostrada con los años, con ella sosteniendo a su bebé en brazos… –Nos dijo que, en las cartas y reflexiones que había recibido y leído sobre esa foto, le extrañaba que le hablaran de la “estética” de esa toma. ¿Estética en el horror? –Con independencia de cualquier consideración moral, ética, ¿por qué no? Plasticidad. Mucho de eso se encuentra en las fotos de Eugene Smith, cuyo trabajo admiro mucho y al que me refiero incluso en mi libro “La fotografía un invento con historia”. Hay una reflexión de un alemán, cuyo nombre se me escapa ahora, diciendo que el fotógrafo no elige el lugar, el lugar lo elige a él. Esa nena corriendo, llorando, sus brazos extendidos como buscando la protección de alguien… sí, sí… tiene mucha estética. –¿Conoce la foto de un pibe orinando a la policía en Bariloche? –¡Claro! Es de ustedes, de Leiva. –¿Cómo lee esa foto? –Es excelente. Transfiere a lecturas muy profundas. La marginalidad, el enfrentamiento entre un dictado de orden y el de los pibes sometidos a situaciones crudas, presiones; el rechazo al poder instaurado. ¡El poder que reprime pero no soluciona! Mis felicitaciones al “Chino” Leiva. –¿Sabe sacar fotos? –Me las arreglo…

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