¿Qué hacemos con los militares?

Redacción

Por Redacción

En cierta oportunidad los vaivenes del trabajo me llevaron al París del 14 de julio de 1994, año último de la presidencia Mitterrand. Pude ver como el pueblo parisino festejaba en las calles la Revolución fundante de su sistema republicano. También presencié, en la espléndida avenida de Les Champs Élysées, el famoso desfile militar conmemorativo. Al desconcentrarse las fuerzas, una compañía del Ejército lo hizo por el Boulevard des Capucines en dirección a la Plaza de la Ópera y yo caminaba en la misma dirección y en forma paralela a esa unidad de combate. Una compañía, de acuerdo a la conformación castrense occidental, está integrada por 100 a 120 soldados, divididos en dos secciones y dirigidas, cada una de ellas, por un subteniente. Y al frente de la unidad se encuentra un capitán. Pocos metros antes de llegar al Café de la Paix, la compañía se detuvo a la voz de alto de su jefe. El capitán ordenó: “Media vuelta derecha”, se ubicó a pocos metros y en ángulo recto a la formación, desenvainó el sable, lo blandeó en semicírculo sobre su tropa y dijo: “Compañía, felicitaciones, menos a una”. Y a continuación ordenó en forma imperativa: “Subteniente ‘fulana’ (no retuve su nombre) conmigo”. La joven subteniente, una bella muchacha que estaba al mando de la segunda sección, acudió rápidamente al llamado. Luego de presentarse, el jefe la increpó diciéndole: “Usted desfiló sin marcialidad militar”, a lo que la joven oficial respondió, mientras cierto tinte rosado iba coloreando sus mejillas: “Mi capitán, es que me apretaban las botas”. Ante esta reacción el oficial elevó el tono de voz diciendo algo así como: “¡Y a mí qué carajo me importa!… Si usted está combatiendo en una guerra, ¿lo va a hacer mal porque le aprietan las botas?”. Un seco y duro “Marche”, emitido por el capitán, dio por terminada la reprimenda. La subteniente saludó y se retiró, ahora sí con marcialidad, mientras la coloración de sus mejillas aumentaba hasta llegar a la proximidad del escarlata. Lo que pude observar en ese bulevar de la capital francesa me permitió recordar el servicio militar que hice, precisamente, en una compañía de la Escuela de Comunicaciones en Campo de Mayo, donde era habitual presenciar situaciones como la descripta. También pude comprobar que el uso de las palabrotas no era exclusivo del Ejército argentino. La grosera terminología cuartelera es de uso normal en ámbito militar. Victoria Ocampo revela que al traducir “El troquel”, obra donde el famoso coronel Lawrence de Arabia relata su paso por la RAF (Real Fuerza Aérea), debió afrontar no pocos inconvenientes para llevar al castellano la grita soez de los militares ingleses. La rigidez en las relaciones jerárquicas, la dureza de la terminología empleada y una firme organización piramidal son estructuras funcionales a la operativa castrense. Pero estas características, vigentes en un medio militar, al trasladarlas a la sociedad civil se transforman en un deletéreo agente antidemocrático. Precisamente es lo que comenzó a ocurrir a partir de 1930 cuando el Ejército, al romper la legalidad institucional, inició la fatídica y anunciada por Leopoldo Lugones “hora de la espada”. Nuestro gran escritor puso así un abismo entre la belleza de su literatura y su cuestionable ideología. El avance militarista sobre la sociedad civil que arrancó en 1930 inició un ciclo autoritario que duró, con sus vaivenes –elecciones y golpes de Estado–, cincuenta y tres años. En 1983 la democracia reinició la administración del Estado y el poder político fue recobrando su lugar en relación al poder militar. El mando político del aparato militar, incuestionable en un Estado democrático, es a su vez el más eficaz en relación a los objetivos que se propone. Al fin y al cabo la guerra es un hecho político y un pensador militar de la talla del general Clausewits así lo declara en su famosa definición del enfrentamiento bélico: “La guerra no es simplemente un acto político, sino un verdadero instrumento político, una continuación de las relaciones políticas, una gestión de las mismas con otros medios”. La conducción estratégica de la fuerza militar y la elección de sus objetivos es función excluyente del poder político. Y la gestión necesaria para obtener esos objetivos estratégicos es tarea que corresponde a los militares. Para que esto funcione con eficacia es necesario tener un ejército profesional, moderno y apolítico; receptor de órdenes e instrucciones claras por parte de las autoridades constitucionales del Estado. El mariscal Montgomery comprendía cabalmente la importancia que tiene el aspecto comunicacional entre los dirigentes políticos y el mando militar. Así lo expresaba: (es) “…vital que los dirigentes nacionales sean categóricos respecto al objetivo político de la guerra y den claras instrucciones a los jefes militares sobre ésta y todas las funciones importantes”. Cristina, la comandante en jefe de las Fuerzas Armadas, parece ignorar la capacidad y la experiencia del militar inglés al emplear un leguaje contradictorio para dirigirse a sus subordinados. El epítome de su pensamiento militar es: “No tenemos hipótesis de conflicto”. La supuesta inexistencia de futuros conflictos ha sido la justificación para reducir la capacidad operacional de las Fuerzas Armadas. Las nuevas funciones que se le asignan son de carácter político, ideológico (ver abrazo del general Milani con Hebe de Bonafini) y de espionaje. La inédita retención de la Dirección de Inteligencia por el jefe del Ejército y el aumento de recursos para esa Dirección en detrimento de otras áreas vitales de la Fuerza avalan este criterio. Creo que es bueno ver qué ocurrió en otros países cuando la dirección política, llevada por el prejuicio ideológico, redujo arbitrariamente el poder militar. Cuando en Francia llegó al gobierno el Front Populaire (Frente Popular, 1935/38), redujo el poder militar del Ejército, mantuvo en el Estado Mayor a generales con las viejas ideas de la Primera Guerra Mundial y frenó la modernización del aparato militar. Contra ese muro, que en una faz tenía el signo ideológico socialista-comunista del Front Populaire y en la otra las anacrónicas ideas del alto mando militar francés, se estrelló el joven coronel Charles de Gaulle al proponer la modernización de su Ejército, obsoleto y disminuido. Quien fuera posteriormente el fundador de la Quinta República Francesa había desarrollado una teoría sobre el uso intensivo de los blindados en el combate terrestre, rechazada tanto por al alto mando militar como por el poder político. Los generales alemanes (Guderian), que ya estudiaban el manejo operacional de grandes masas de tanques, incorporaron las nuevas ideas de De Gaulle a su propia doctrina al ver que avalaban el trabajo que estaban realizando. Las consecuencias de la desafortunada política de defensa del Frente Popular fueron nefastas para Francia. El Ejército alemán conquistó el país galo en 1940 con su famosa Blitzkrieg (guerra relámpago). La facilidad y velocidad con que los nazis se apoderaron de la mayor parte del territorio francés alimentó la ironía en la arrogancia alemana. Se decía entonces que, cuando el Ejército quería ir a pasear, lo hacía en Francia. Tanto Cristina como Rossi, su ministro de Defensa, tienen una ideología –y ciertas prácticas– coincidente con la que tuvo el referido Frente francés. Las encumbradas oficinas del Ministerio de Defensa no están habitadas por expertos en geopolítica y arte militar sino por antropólogos y sociólogos cuyo objetivo es transformar el brazo armado de la Nación en un vector ideológico. Al introducir la política y la ideología en los cuarteles, el kirchnerismo inicia un proceso inverso pero de gravedad semejante al realizado por los militares golpistas en 1930. Mitterrand –volvemos al inicio de la nota– veía desfilar a su Ejército por última vez como presidente. La Fuerza que pasaba ante sus ojos –de pura hechura gaullista– era (es) la más poderosa de la Europa continental occidental; con suficiente capacidad disuasoria como para aguantar, en su momento, la presión soviética sobre Europa, compensar con su poder la superioridad económica alemana, dar a Francia –país de nivel medio– capacidad negociadora para que pudiera operar como potencia en el mundo global y, en última instancia, garantizar la seguridad de los franceses y en buena medida la del resto de Europa occidental. El socialista Mitterrand hacía tiempo que había dejado en el pasado las viejas ideas del Frente Popular. Su política militar fue una continuación de la aplicada por el general De Gaulle, de quien estuvo a sus órdenes como oficial de enlace durante la Resistencia y no obstante haberlo enfrentado políticamente. Cristina y Rossi deberían aprender de Mitterrand y deslastrarse de una ideología que, en el siglo pasado, perpetró desde el poder más víctimas que las producidas en el Holocausto y concluyó en un bochornoso fracaso. Espero que la Argentina no tenga que pasar por los trágicos acontecimientos que pasó Francia, entre 1940 y 1944, para que el gobierno comprenda que restar poder al instrumento militar y utilizarlo en funciones para las cuales no ha sido creado ponen en peligro la existencia de la Nación. (*) Exdirectivo de la industria editorial argentina

Héctor Landolfi (*)


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