Cocaína embalada al vacío y sin ADN, un misterio para los investigadores
La DEA estudia el origen de la droga hallada en Regina. La sofisticación del embalaje, otro dato desconcertante.
MANZANAS BLANCAS II
Mientras Interpol alerta al mundo sobre la orden de captura de los dos prófugos del caso “Manzanas Blancas II”, el Departamento de Justicia de los Estados Unidos, a través de la DEA, trata de develar el camino que recorrió la cocaína hasta llegar al camión con fruta que fue detectado el pasado 4 de junio en la Aduana de Villa Regina. Eran 42 paquetes perfectamente herméticos y ocultos en cajas de manzanas de la marca Kis; un total de 287 kilos de cocaína que iban a ser exportados a España junto con la fruta rionegrina.
Lo que busca la Drug Enforcement Administration (Administración para el Control de Drogas), conocida mundialmente como DEA, es el “ADN” de la cocaína incautada. Y no será tarea sencilla, porque a diferencia de otros grandes cargamentos secuestrados en el mundo, el de “Manzanas Blancas II” no tiene marcas, sellos ni adhesivos que permitan identificar el productor que elaboró la droga ni el cártel que la proveyó a quienes iban a encargarse del frustrado tramo intermedio del contrabando.
La pureza dice mucho y apunta a productores de alto nivel de Bolivia, Colombia o Perú. Roza el 84%, casi la máxima pureza posible si se elimina el aglutinante que se debió usar para convertir el polvo volátil en ladrillos que son compactos pero a la vez quebradizos como una tiza de yeso.
Pero eso no alcanza para identificar dónde se produjo, quién la proveyó ni cómo llegó hasta uno de los tantos galpones de empaque del Alto Valle que se levantan a la vera de la Ruta 22.
Otro elemento que por ahora sorprende a los investigadores es la “sofisticación” del envoltorio, estudiado y ejecutado a la perfección. Aún nadie sabe dónde se manipuló con tal precisión el cargamento, pues las pericias prácticamente descartan que ese packaging haya podido ser realizado en el galpón de Cervantes.
Los investigadores que confiaron detalles de la pesquisa a este diario estiman que “cada kilo de droga demandó entre 5 y 6 horas hombre” de un trabajo artesanal y minucioso para lograr las 42 planchas de poco más de 6,5 kilos cada una, que contenían a su vez seis ladrillos de cocaína. Cada plancha tenía las mismas dimensiones que la base de las cajas de fruta y era lo suficientemente fina como para que no pueda verse por los orificios del cartón que están estratégicamente ubicados para que el comprador pueda verificar visualmente las manzanas sin necesidad de abrir las cajas.
“La DEA se sorprendió por la calidad del embalaje, porque no es común ver ese nivel de sofisticación”, confió una fuente directa de la pesquisa.
Es que cada bloque de seis ladrillos tenía una primera capa de cinco o seis vueltas de papel film, luego otras cinco o seis de cinta adhesiva de embalar, después entre 10 y 12 vueltas de una capa embebida en una grasa como la que se usa para los autos -que sirvió de perfecto aislante para el olor que tan bien conocen los perros antinarcóticos-, por encima tenía una bolsa hermética de nailon grueso, sellada al vacío y unida con calor; luego una generosa capa de un adhesivo de contacto y por último una malla envolvente metalizada por dentro y negra por fuera. El metalizado, según explicaron las fuentes, funcionaba como “refractario” de los rayos X del escáner.
Sólo un centímetro del borde de una de las planchuelas se asomó por debajo de las tres bandejas de manzanas en la pantalla de monitoreo de la Aduana y lo advirtió un operador. “Había tantas chances de descubrirlo como de ganar el Loto”, ironizó una fuente de la investigación que sostiene la hipótesis de un descubrimiento casual y descarta la posibilidad de un “entregador” o de un acuerdo de connivencia frustrado a último minuto.
Esa precisión es una de las grandes diferencias entre el caso “Manzanas Blancas I” y el descubierto el mes pasado. En el primero, ocurrido hace cinco años, la droga estaba oculta entre las manzanas pero de manera mucho más desprolija. Además, cada paquete de cocaína tenía un adhesivo con un dibujo del personaje del Pato Donald de Disney (ver infografía), lo que permitió rastrear el origen del cargamento en el cártel de Tijuana (México).
El relieve impreso sobre ladrillos de cocaína se usa desde hace más de 30 años con una doble finalidad: identificar a los cárteles que la envían y, al mismo tiempo, garantizar que los intermediarios no adulteren su pureza. Ese método de “trazabilidad” lo impuso en la década del 80 el famoso cártel de Cali. Las impresiones se realizan con la misma prensa con la que se arma el ladrillo y son tan variadas que van desde logotipos de marcas de autos hasta escudos de clubes de fútbol, pasando por animales, iniciales o símbolos abstractos. Los investigadores internacionales ya tienen identificadas más de 2.000 de esas identificaciones.
El relieve es una marca de origen que dice mucho para los conocedores de los códigos del narcotráfico, pues identifica el cártel, el proveedor que la aportó a esa organización y a la vez garantiza la calidad en destino.
Los grandes cargamentos suelen tener ambas identificaciones, pues el logo en relieve lo pone directamente sobre la cocaína el productor, antes de embalarla, y el adhesivo lo colocan los responsables del cártel luego de reunir la droga aportada por los distintos proveedores que operan para un mismo envío.
Marcela Marín
marcelamarin@rionegro.com.ar
Marcela Marín
MANZANAS BLANCAS II
Registrate gratis
Disfrutá de nuestros contenidos y entretenimiento
Suscribite por $1500 ¿Ya estás suscripto? Ingresá ahora
Comentarios