El populismo se perpetúa

Redacción

Por Redacción

Por fortuna, las elecciones en Chaco transcurrieron con normalidad, es decir, sin irregularidades o denuncias realmente escandalosas como las que tanto mancillaron el triunfo de Juan Manzur en Tucumán y que, un mes más tarde, siguen agitando el mundillo político nacional, pero si bien el candidato oficialista a la gobernación chaqueña, Domingo Peppo, ganó con cierta comodidad, su margen de triunfo fue menos impresionante que el logrado en las PASO que se celebraron el 24 de mayo. Así, pues, mientras que los kirchneristas festejaron con su fervor habitual los resultados en la provincia y en la capital, Resistencia, donde Jorge Capitanich aventajó a su contrincante radical, los estrategas opositores pudieron consolarse subrayando que los favorecen las tendencias en el norte “feudal” del país en que viven, y votan, los electores cuyo apoyo el candidato presidencial del Frente para la Victoria, Daniel Scioli, necesitará para imponerse en la primera vuelta. Parecería que, para preocupación del bonaerense y sus asesores, el oficialismo está cediendo territorio en las zonas más pobres del país. En buena lógica, el reciente aumento de la cantidad de pobres e indigentes que han registrado distintos organismos debería perjudicar al gobierno nacional, pero parecería que el impacto político ha sido menor de lo razonablemente esperable. A pesar de que, conforme a entidades confesionales y consultoras privadas, los problemas planteados por la pobreza extrema se han agravado en los últimos años –no hay estadísticas oficiales porque, como señala el jefe de Gabinete Aníbal Fernández, “el Estado no está para contar pobres”–, los sectores de menos recursos siguen aferrándose a la noción de que el kirchnerismo sabe protegerlos de las desgracias económicas. Si no fuera así, las perspectivas electorales ante Scioli serían sombrías puesto que se prevé que en las elecciones del 25 del mes que viene el grueso de la clase media urbana respalde a Mauricio Macri o Sergio Massa. Con toda seguridad, la presidenta Cristina Fernández de Kirchner hubiera preferido que la base electoral del movimiento que encabeza consistiera en la burguesía progresista pensante, no en quienes dependen de “planes” para sobrevivir y que, en la mayoría de los casos, no lograron completar el ciclo secundario, pero parecería que entiende que sus esfuerzos por congraciarse con su propia clase social han fracasado y por lo tanto se conforma con el papel de “abanderada de los pobres”, razón por la que acusa a sus adversarios de querer deslegitimar el voto de los económicamente marginados al criticar el clientelismo. Sin embargo, sucede que a nadie se le ha ocurrido proponer medidas destinadas a privar a los pobres del derecho a participar en las elecciones. Aunque a juicio de los críticos del populismo la propensión de los rezagados a apoyar a políticos que, sin reconocerlo, son en efecto partidarios de un statu quo que les impide abrirse camino es un problema muy serio, los deseosos de encontrar una solución definitiva se limitan a hablar de la necesidad urgente de mejorar el sistema educativo. Mientras tanto, liberales, conservadores e izquierdistas seguirán procurando competir con los populistas adoptando los métodos que les han permitido cosechar millones de votos, lo que, huelga decirlo, sólo sirve para consolidar el orden social existente en las provincias más atrasadas y en los distritos dominados por los “barones” del conurbano bonaerense. Aunque lamentar la persistencia de modalidades populistas en las zonas más pobres del país es fácil, fomentar cambios para que el electorado se independice de los expertos en aprovechar las necesidades ajenas no lo es en absoluto. Al acercarse las elecciones, virtualmente todos los candidatos salvo un puñado de “testimoniales” asumen actitudes pragmáticas frente a la cultura política local, de tal manera contribuyendo a perpetuar prácticas que creen negativas. Puesto que la alternativa sería resignarse a la derrota, es natural que quienes buscan votos adapten su propio discurso a lo que, según las encuestas de opinión, quisieran oír los votantes. También lo es que la ciudadanía termine convenciéndose de que en el fondo todos los políticos son iguales y que por lo tanto sería un error confiar en las promesas de quienes se afirman dispuestos a concretar cambios importantes.


Por fortuna, las elecciones en Chaco transcurrieron con normalidad, es decir, sin irregularidades o denuncias realmente escandalosas como las que tanto mancillaron el triunfo de Juan Manzur en Tucumán y que, un mes más tarde, siguen agitando el mundillo político nacional, pero si bien el candidato oficialista a la gobernación chaqueña, Domingo Peppo, ganó con cierta comodidad, su margen de triunfo fue menos impresionante que el logrado en las PASO que se celebraron el 24 de mayo. Así, pues, mientras que los kirchneristas festejaron con su fervor habitual los resultados en la provincia y en la capital, Resistencia, donde Jorge Capitanich aventajó a su contrincante radical, los estrategas opositores pudieron consolarse subrayando que los favorecen las tendencias en el norte “feudal” del país en que viven, y votan, los electores cuyo apoyo el candidato presidencial del Frente para la Victoria, Daniel Scioli, necesitará para imponerse en la primera vuelta. Parecería que, para preocupación del bonaerense y sus asesores, el oficialismo está cediendo territorio en las zonas más pobres del país. En buena lógica, el reciente aumento de la cantidad de pobres e indigentes que han registrado distintos organismos debería perjudicar al gobierno nacional, pero parecería que el impacto político ha sido menor de lo razonablemente esperable. A pesar de que, conforme a entidades confesionales y consultoras privadas, los problemas planteados por la pobreza extrema se han agravado en los últimos años –no hay estadísticas oficiales porque, como señala el jefe de Gabinete Aníbal Fernández, “el Estado no está para contar pobres”–, los sectores de menos recursos siguen aferrándose a la noción de que el kirchnerismo sabe protegerlos de las desgracias económicas. Si no fuera así, las perspectivas electorales ante Scioli serían sombrías puesto que se prevé que en las elecciones del 25 del mes que viene el grueso de la clase media urbana respalde a Mauricio Macri o Sergio Massa. Con toda seguridad, la presidenta Cristina Fernández de Kirchner hubiera preferido que la base electoral del movimiento que encabeza consistiera en la burguesía progresista pensante, no en quienes dependen de “planes” para sobrevivir y que, en la mayoría de los casos, no lograron completar el ciclo secundario, pero parecería que entiende que sus esfuerzos por congraciarse con su propia clase social han fracasado y por lo tanto se conforma con el papel de “abanderada de los pobres”, razón por la que acusa a sus adversarios de querer deslegitimar el voto de los económicamente marginados al criticar el clientelismo. Sin embargo, sucede que a nadie se le ha ocurrido proponer medidas destinadas a privar a los pobres del derecho a participar en las elecciones. Aunque a juicio de los críticos del populismo la propensión de los rezagados a apoyar a políticos que, sin reconocerlo, son en efecto partidarios de un statu quo que les impide abrirse camino es un problema muy serio, los deseosos de encontrar una solución definitiva se limitan a hablar de la necesidad urgente de mejorar el sistema educativo. Mientras tanto, liberales, conservadores e izquierdistas seguirán procurando competir con los populistas adoptando los métodos que les han permitido cosechar millones de votos, lo que, huelga decirlo, sólo sirve para consolidar el orden social existente en las provincias más atrasadas y en los distritos dominados por los “barones” del conurbano bonaerense. Aunque lamentar la persistencia de modalidades populistas en las zonas más pobres del país es fácil, fomentar cambios para que el electorado se independice de los expertos en aprovechar las necesidades ajenas no lo es en absoluto. Al acercarse las elecciones, virtualmente todos los candidatos salvo un puñado de “testimoniales” asumen actitudes pragmáticas frente a la cultura política local, de tal manera contribuyendo a perpetuar prácticas que creen negativas. Puesto que la alternativa sería resignarse a la derrota, es natural que quienes buscan votos adapten su propio discurso a lo que, según las encuestas de opinión, quisieran oír los votantes. También lo es que la ciudadanía termine convenciéndose de que en el fondo todos los políticos son iguales y que por lo tanto sería un error confiar en las promesas de quienes se afirman dispuestos a concretar cambios importantes.

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