Una historia de malentendidos
Desde tan lejos como la Doctrina Monroe, las relaciones con la superpotencia no han sido fáciles. Además de algunas condiciones estructurales, la historia está llena de mucho verbo incendiario y poca capacidad para establecer vínculos racionales y maduros. Ante la visita de Obama, Macri tiene la palabra.
Carlos Torrengo carlostorrengo@hotmail.com
Complejas desde tiempos con atisbos casi bíblicos. Y complejas como mínimo, como punto de partida para reflexionar sobre el tema. Éste es el signo, el dato más permanente que sella las relaciones entre Estados Unidos y Argentina. Un trayecto marcado por “repetidos malentendidos”, sentencia el historiador americano Joseph Tulchin, explorador minucioso de pasados y presentes de ese vínculo. Y al ampliar su definición, Tulchin suma sustanciosas apreciaciones para enmarcar la cuestión: las dificultades han sido recurrentes a lo largo de casi dos siglos y entre gobiernos de diversos signos: civiles o militares, populistas u oligárquicos en la Argentina y demócratas o republicanos, aislacionistas o internacionalistas en Estados Unidos. Extensos períodos de tensión y desaprovechamiento de oportunidades para lograr cooperación y la amistad entre ambos países. Este patrón persistente, en vista de las presiones para lograr cooperación, sugiere que pueden existir cientos factores subyacentes que provocan las dificultades: causas estructurales que pueden explicar la incapacidad de ambas naciones para establecer una base firme sobre la cual construir relaciones amistosas para el beneficio mutuo. Con este punto de vista coincide otro americano de largo rastrillar en la historia de las relaciones entre Washington y el conjunto de América Latina, Gordon Connell-Smith. Pero su óptica también aborda la cuestión del poder, las diferencias de cuotas de poder que median entre Estados Unidos, en tanto potencia, y Latinoamérica. Una distancia cuyo abono se encuentra en la cuna misma de ambas naciones, que tras sacudirse su condición de colonias lograron su independencia. Distancia que Connell-Smith extiende al conjunto de los vínculos entre la Casa Blanca y Latinoamérica. Y explica el investigador: • Los Estados Unidos eran ya una potencia establecida, que en el hemisferio se pudo tener como relativamente grande cuando la mayoría de los países latinoamericanos se hicieron independientes. • Para entonces, los gobernantes de EE. UU. acariciaban la ambición de que su país llegara a ser la única gran potencia del hemisferio occidental. Para ello debían excluir de él a las grandes potencias europeas y establecer un desequilibrio de poder en las Américas. En línea con este razonamiento emerge en la década de 1820 la Doctrina Monroe como instrumento organizador del paradigma de ejercicio de poder de los EE. UU. en el continente. Pero ya es historia. Incendió praderas y alentó la entrega de sangre contra ella. Estados Unidos es, al menos hasta hoy, la potencia excluyente en el mundo. Poder golpeado, sí. Con fatiga de material, sí. O quizá –como señala una diplomática colaboradora de Bill Clinton– Washington esté ingresando, por mil razones, en la categoría de “mito de superpotencia”. Todo por “uso y abuso del poder”, señala Nancy Soderberg en un libro que irritó al clan Bush. Entre alaridos nacionalistas, populismos y verbos insustancialmente épicos alentados por imaginarias cuotas de poder propio para vincularse con Washington, pocos argentinos pensaron desde la política la construcción de un vínculo racional con EE. UU. Quizá la cabeza más lúcida que desde argentina percibió dar respuesta a esa necesidad fue la de Federico Pinedo. Supo desde muy temprano en la década del 30 que lo que después se llamó Segunda Guerra era inevitable. Y supo entonces que, muy a pesar del aislacionismo que dominaba al poder en materia de política exterior, EE. UU. ingresaría en la guerra. Y que de ella emergería como potencia excluyente. Argentina no la podría ignorar. Argentina tenía que forjar una política de entendimiento sólido, previsible, con EE. UU. Pero Pinedo perdió. Su plan fue rechazado. Y Argentina, más allá de la adultez que Arturo Frondizi le intentó inyectar al vínculo con Washington, siguió manejándolo con humores que sólo dañaron el interés nacional. Ahora la palabra la tiene Mauricio Macri.
Carlos Torrengo carlostorrengo@hotmail.com
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