El sexo pago busca un reconocimiento en el mundo del trabajo
La Asociación de Mujeres Meretrices (Ammar) pide que se creen leyes que regulen la actividad. Ocho neuquinas contaron cómo es vivir del oficio más viejo del mundo.
El centro neuquino a las seis de la tarde es un enjambre. Un hombre sale de su oficina enroscado en una bufanda. Cerca, una mujer paga unas toallas que compró. En la esquina se encuentran dos amigas. Entre las vidrieras y el movimiento de gente hay una puerta vieja, entreabierta, que pocos registran. “Esta es la primera cooperativa”, dice Tere y abre. La luz del día se tiñe de rojo y el pasillo se convierte en un túnel. Al fondo, un letrero avisa: “Golpee fuerte”, pero quienes trabajan ahí, luchan porque las dejen de golpear.
Samy invita a pasar a su casa. El ambiente está tibio y un mueble grande soporta el plasma que transmite el noticiero en silencio. Contra toda imaginación, no hay música, ni humo, ni barras, ni whisky; solo un living sin mucho lujo, con olor a perfumina dulce. Detrás de una cortina, están los cuartos de seis trabajadoras. Sentada en el sillón Samy reivindica, junto a Tere, su lucha por los derechos de las personas que ofrecen sexo comercial de manera autónoma.
“Fui operadora de calzado, costurera y crié a mis hijas. A los 40 me separé, la vida me cambió, y elegí salir a trabajar de esto”, cuenta Samy. Tere habla rápido y las palabras se pelean por salir de su boca cuando pide por sus derechos: “Hace 20 años soy trabajadora sexual. En Neuquén éramos más, pero quedamos unas 300. Algunas dejan, pero no la actividad, la provincia. Nunca se va a eliminar, se tiene que regular”.
El último censo del 2009 contabilizó 80 mil trabajadoras sexuales en el país, 20 mil lo ejercen en la vía pública y 60 mil puertas adentro. El 86% son mamás y tienen de 1 a 6 hijos. Las trabajadoras nucleadas en Asociación de Meretrices (Ammar) piden que se creen leyes que regulen el trabajo sexual para terminar con los abusos de la policía.
Quieren crear un registro único de trabajadoras sexuales, que dependa del ministerio de Trabajo. Que se habiliten los lugares, derechos laborales, con acceso a obra social y jubilación.
Al salir de lo de Samy, la noche comienza a caer y la calle está empañada de niebla. Marcela está a unas seis cuadras, donde trabaja junto a nueve chicas. Sale a abrir la puerta llena de parches y comenta que la rompió la gendarmería. Al pasar al salón del fondo hay un caño sin bailarina, la rocola está apagada y las luces de colores se marean en las paredes.
“Marce es gata de día”, Tere bromea y su compañera cuenta que arranca a las ocho de la mañana y de día hay menos clientes. Se va al fondo, prepara mate y cuando ceba el primero calcula que desde los 26 años es trabajadora sexual. Tiene 38 y la necesidad la llevó . “Trabajaba en un geriátrico, cerró y me quedé en la calle. Era mamá soltera de tres nenas y tenía una abuela con demencia a cargo. No podía pensar demasiado”, argumenta y mira la llama de su cigarrillo encendido.
A metros, la habitación está pintada de verde, hay una cama de dos plazas sin mucho decorado y de ahí sale Mica. Hace poco comenzó a trabajar, tiene un hijo de 3 años y una historia triste. Vivía en Salta pero su marido sufrió un ACV y tuvo que marcharse.
“Al llegar cuidaba a una mujer. La tenía que cambiar cuando se cagaba y la plata apenas me alcanzaba para comer. Acá nunca me obligaron a hacer nada. Elegí y pude solucionar lo económico”, cuenta Mica y asegura que no quiere ser “toda la vida puta”. Aunque le cuesta asumirlo, la mirada de los otros pesa. “Voy a una reunión de padres y tengo miedo de cruzarme un cliente. Es un trabajo, pero mal visto”, dice y sonríe tímida.
Entre las casas del centro, la de Susana pasa desapercibida y solo los despabilados pueden reconocer la pequeña lámpara carmín. Adentro, tres chicas miran la novela frente a una estufa encendida. Descansan porque la crisis también se siente en este rubro. Ruby, con su acento dominicano, tiene ritmo al hablar pero no pierde firmeza. La necesidad la trajo acá y este trabajo fue el único que la salvó de la pobreza.
Silvia trabaja de los 17 años y las pasó todas. Se casó, se fue, volvió y ahora solo atiende algún “viejo” cliente. Con este trabajo le dio estudios a sus hijos que son universitarios y “a los del jefe de calle”, grita y se ríe. Es que la coima y la lucha con la policía tiene casi los mismos años que el oficio más viejo del mundo.
En Argentina, el trabajo sexual autónomo no contempla delito, pero sí el regenteo y los lugares en los que se ejercen. Con la Ley Antitrata en 2011, todo se complicó para las trabajadores. La ilegalidad las empujó a que se tome el trabajo como delito y aumentó la criminalización y los allanamientos compulsivos.
Todas recuerdan esos tormentos pero Marce vivió el más reciente. Hombres uniformados de verde entraron por el patio, por los techos. “Me llevaron el celu, mi plata, las cajas de forro que nos da Nación. Yo los enfrenté y me golpearon”, explica.
Tere asegura que antes callaban, coimeaban y lloraban. Antes de irse, dice: “Hasta que nos dimos cuenta de que teníamos que aprender de leyes y hoy estamos empoderadas. Queremos que nos escuchen y respeten”, lanza. Luego saluda y se pierde en la noche, su mejor aliada.
Matías subat
“Sólo un 9% de los casos se condenan”
En lo que va del año tres trabajadoras sexuales fueron asesinadas, una de ellas en Neuquén. El cuerpo de Rosario Gladys Giménez Ortiz, de 27 años y oriunda de Paraguay, fue hallado el 24 de enero en Mari Menuco. La habían matado. Según Ammar se trata casi siempre de femicidios y, en los últimos 19 años, solo el 9% de estos crímenes recibieron condenas.
secretaria general de Ammar Neuquén.
El dato
“Río Negro”. Fuente Ammar
Datos
- 86%
- de las trabajadoras sexuales que hay en el país, según el último censo, son mamás y tienen entre uno y seis hijos.
Registrate gratis
Disfrutá de nuestros contenidos y entretenimiento
Suscribite por $1500 ¿Ya estás suscripto? Ingresá ahora
Comentarios