Apogeo y ocaso de una narco

Fue poderosa y temida. Tuvo un millón en su mesa y hoy está detenida



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Laura Frank(Foto: Recibió una condena de 15 años de prisión. )

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Fue detenida en Bahía Blanca, donde se hacía llamar Estela, en febrero del 2012.

Laura Frank

Ruth tenía un Renault 12 destruido, una vivienda que se le caía a pedazos y muchas deudas. Venía de una separación y una idea la asaltó lavando ropa a mano en el patio. “Hay que vender droga, los que venden droga hacen la re plata, loca”. Su amiga la miró incrédula, como se mira a esas personas que hablan empujadas por la desesperación. “¿Y quién nos va a venir a comprar?”, le consultó, como para terminar una conversación que le sonaba surrealista. “Eso es lo de menos”, le respondió. A los pocos días el primer medio kilo de marihuana estaba sobre la mesa. Comenzó el fraccionamiento, la comercialización y el dinero cayó en cantidades industriales. La vida resplandecía. El clan Montecino gateaba. Corría el año 2006.

Claro, Ruth se daría cuenta tiempo después que no todos los narcos tienen buena suerte.

En los últimos años, Ruth y su hermano Héctor se transformaron en el emblema del hampa en la zona. Tanto, que en la cruzada para detenerlos se puso al frente el mismísimo Alberto Weretilneck, primero como intendente de Cipolletti, luego como gobernador de Río Negro. Es más, la Policía de Neuquén cruzó el puente para apresarlos y el último juicio se realizó en la provincia vecina. Los argumentos legales fueron varios, pero básicamente allí se los juzgó porque no había confianza en la justicia federal rionegrina, que los había absuelto en el 2011.

Antes de ser “lo peor de lo peor”, incluso antes de aquella charla del 2006, Héctor y Ruth vendieron huevos en las calles a los 10 y 8 años, incursionaron en el rubro de las medias y por un “tío que andaba en la historia y la tenía re clara”, se metieron en la compra y venta de automóviles. Héctor había estudiado en el colegio industrial pero abandonó porque “era muy caro” –los elementos de trabajo–, se compró su primer auto con la venta callejera y Ruth lo hizo en 1997, un Renault 19 desvencijado. Su primer capital. La tercera hermana de la familia era “una santa” al lado de ellos: terminó quinto año, hizo un par de años de universidad, una chica de iglesia, sin dobleces.

Alojada en la U16 hace 22 meses, una cárcel de mujeres instalada más cerca de Plottier que del centro de Neuquén capital, Ruth añora los tiempos pasados, cuando veía a sus hijos y nietos, cuando vivía la “vida de una reina” en pleno barrio Don Bosco de Cipolletti. Viajaba en autos de alta gama, la respetaban, le temían y llegó a contar arriba de su mesa más de un millón de pesos. ¿Hay conciencia en un narco? ¿Puede dormir por las noches sabiendo que le destroza la salud a tanta gente, la mental y la física?

Ella intenta desmitificar algo que siempre se dijo que es ley en la selva del narcotráfico: “el que vende sale del negocio cuando quiere. No es verdad que si no lo hacés, te matan. Quizá tendrás algunos problemas, pero si querés salir, salís. Muchos me dijeron por qué no lo dejé antes de perder (de caer, de ser apresada), la realidad es que la avaricia te puede. Hoy hacés 500 mil, mañana otros 500 mil y seguís, y seguís…”

–¿No es complicado conseguir la droga para comercializarla?

–No, viene de Buenos Aires, de Paraguay. Cuando te metés en el ‘palo’, y yo fui la primera que lo hizo, y empezás a vender bien, los ‘puntas’ (el que maneja mucha cantidad, sin intermediarios) se te acercan solos.

–¿Cuánta gente llegó a trabajar para usted?

–Mucha, pero mucha. De entrada con mi hermano peleábamos, me decía ‘mirá en la mierda que te metiste, yo no te voy a sacar cuando caigas en cana’. Héctor ya había estado preso (una causa por asociación ilícita en la venta de autos) y le tenía miedo a eso, pero un año después se metió en la droga. Cuando vio que yo estaba haciendo mucha plata, el gordo se metió (risas).

–¿Jamás tuvo miedo en un mundo como ese?

–Yo estaba preparada, sabía lo que era la calle, andaba de los 8 años. Siempre tenés que estar alerta igual, es estresante. Me acuerdo que un día se metieron unos ‘guachos’ en mi casa, me pegaron, me arrastraron por toda la casa y me pedían tizas (de cocaína), pero en ese tiempo yo sólo vendía marihuana. Por eso, después siempre anduve con un fierro (revólver). Porque es uno o ellos.

–¿La policía les daba protección?

–Jamás, a mi en el mes me hacían tres o cuatro allanamientos. Se perdía una moto en Cipolletti y la poli me reventaba la casa, por cualquier cosa era. Lo que pasa es que te protege y te traiciona el entorno: en este ambiente conocés delincuentes de todo tipo, y esos empezaron a ir a mi casa. Pero la policía jamás me protegió, al contrario: me odiaba.

Hay cosas que son difíciles de creer. Una de ellas es que los Montecino no tenían apoyo logístico y de protección. Ruth estuvo prófuga en Roca y no le echaron el guante. Un juez (según su versión) le ofreció dinero para que abandonara la ciudad. Siempre había una voz (en alguno de los varios teléfonos) que los alertaba de que caería la ley. Hasta que perdieron.

El principio del fin

Son las 6:30 del 23 de septiembre de 2011 y a Ruth un llamado le quiebra el sueño. Al otro lado de la línea, su hijo Pablo le dice, palabras más palabras menos. “Má, están haciendo allanamientos en lo de Anita (Fiofania Ruskoff, la Rusita). Es la policía federal, parece que de Neuquén”.

Toma unos mates en General Roca, donde pernocta, monta su 4×4 y rumbea hacia Cipolletti. Llega. “La cosa estaba pesada”. Ve un ejército de efectivos, algunos enmascarados, un camión, escaleras. Suena una bomba, cae una puerta, entran. A ella no le conocen la cara, llamativamente, y pasa sin ser vista. Sigue por calle Venezuela, hasta lo de su hermano. La escena se repite allí, y Héctor tampoco está en la vivienda. Ruth fuma desesperada, los nervios le sacuden las entrañas. Mientras la policía encuentra 172 kilos de marihuana, los hermanos Montecino se refugian en departamento céntrico de Roca. “Lo alquiló un conocido de mi hermano. Estuvimos una semana ahí. Leíamos los diarios, veíamos los noticieros, hablábamos con abogados”.

El gran problema es que tras las rejas está su madre Yolanda Esparza, de 68 años. “La plata que le encontraron a mi mamá era de Héctor, y por eso tuvimos una discusión grande. Y cuando a ella le negaron la excarcelación hablé con los abogados y les dije que me entregaba si la largaban, pero me dijeron que no habían garantías”. Entonces, decide levantar vuelo, hacerse decenas de tinturas en la cabeza, cambiar de identidad, ser una verdadera prófuga de la justicia.

–¿Y a dónde se fugó?

–Primero a Buenos Aires y cuatro días antes de perder estuve en Bahía Blanca. Me vine porque estaba en un barrio jodido. Me escondió gente muy poderosa del narcotráfico, que se enteraron y me brindaron lo mejor. Si me hubiese querido ir de verdad, estaría en Paraguay, pero me buscaba la Interpol. Pero, ¿y mis hijos? No me quise ir del país.

–¿Por qué estaba tan ‘pesado’ ahí?

–Por la cantidad de droga que se movía. Veía mucho mucho movimiento en la noche. Y Diego (su novio) estaba conmigo en ese momento. ‘Yo me quiero ir’, le dije, y me tomé un cole en retiro hasta Bahía Blanca. Durante el viaje subió Gendarmería, pero me hice la dormida y zafé.

Entonces, se acostumbra a vivir con el corazón en la boca. Pasan los días, llega su hijo menor, suben a un taxi, una encrucijada, las sirenas, “la gorra”. El calendario marca el 7 de febrero cuando la madre mira a su retoño sin recordar el mal que le hizo a tantos hijos. Le dice: “hijo, mamá ya había hablado con vos que esto podía pasar en cualquier momento”. Las esposas le cortan la circulación y generan el llanto. Duerme en una cárcel de Torquins, pensando en su hermano, al que habían agarrado el 14 de enero. Una sensación la asalta. Sorprendida, se siente en paz.

“Cuando me agarraron estaba cansada. Ser prófuga es muy duro para una mujer, se sufre. El hombre es más fiestero, incluso le gustan los aguantaderos. A mi me costó: yo no te tomo alcohol, no me drogo, mi único vicio es el cigarrillo”.

Se terminaron los lujos y la buena vida. En la cárcel, donde bajó varios kilos y tiene una actualidad ordenada, aguardan varias de las “chicas” de la causa Montecino. La contienen.

–Pasó de tener todo en lo económico a perderlo.

–No sabés como extraño, se extraña mucho esa vida. Me daba mis lujos, hacía viajes y de golpe hasta te prohiben andar en musculosa. En Buenos Aires hay miles de casos como el nuestro, pero acá los jueces sólo escucharon a Weretilneck, y me dieron 15 años. Hablo con muchas mujeres detenidas en Ezeiza y están con 6 y 8 años, la máxima 10. ¿Pero a mi? es algo insólito. Tengo fe en la casación. En enero cumplo 43 años y espero que me dejen la condena en 10.

Jura que el dinero se esfumó, que esos días de tener “hasta un millón de pesos arriba de la mesa” son como una foto lejana. Cuando comenzó en este sucio negocio soñó con un Fiat 1 y arreglar su casa. Pero a medida que los billetes surgían, la avaricia crecía. Entonces, la bola sólo se detuvo con el veredicto judicial. ¿Se detuvo? “Sí, mis hijos no siguen mis pasos. La policía los persigue, pero ellos venden autos. Sólo eso”.

¿Tiene conciencia una narco? Contesta Ruth Montecino: “Tuve mis bajones por lo que hacía, porque yo nunca consumí pero uno de mis hijos sí. Y como mamá no podía decirle ‘dejá de fumar’ mientras yo le cagaba la vida a tantos pibes. Había tiempos que me sentía mal. Iba a la iglesia, pedía perdón y paraba. Sólo dos o tres días. Entonces, me sentía mejor y quería seguir haciendo plata. Ahora creo que es diferente y espero que cuando salga de acá, lo haga siendo otra mujer”.

Sebastian busader

sbusader@rionegro.com.ar

Juan CRUZ GARCIA

garciajcruz@rionegro.com.ar

Archivo

En una carta dice que fue pobre y

que eligió el camino incorrecto.


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