Black Sabbath se encarga de su propio legado

Redacción

Por Redacción

La escena es rara. Paquetas señoras en una tarde de shopping cualquiera se cruzan con tatuados metaleros entre percheros de camisolas floreadas y bermudones chillones. Chetos yuppies del nuevo siglo comparten bar con las huestes vestidas de negro. Cada cual en lo suyo, todos relajados. Una gran tienda en el interior del centro comercial vecino al Orfeo Superdomo cordobés puso a disposición para la venta y retiro de tickets para el show de Black Sabbath. Y ahí estaba lo más granado del metal esquivando remeras para señoras y señoras experimentando encuentros cercanos del tercer tipo con la más pesada de las tribus rockeras. Una tarde de miércoles poco común en Dinosaurio Mall. Nada puede ser común si enfrente toca Black Sabbath. Y esa era una de esas noches.

El agobiante atardecer cordobés encontraba a una multitud tomando algo fresco dentro y fuera del centro comercial a la espera de la hora señalada. La oficial decía 21, la real fue 21.20. Mientras, unos cientos ya ocupaban lugares en el Orfeo para escuchar a Hammer, el telonero local de los Sabbath, chochos de la vida de estar ahí aunque sea ante unos pocos como público. Luego fue el turno de Rival Sons, interesante banda californiana de rock más cercana a The Cult y Zeppelin. Pero el asunto era con Black Sabbath y su ¿definitiva? gira mundial.

Black Sabbath retrocedió hasta el principio de sus tiempos para resolver el final de su historia. O al menos el final de su historia sobre los escenarios. Porque de eso se trata The End Tour, la gira definitiva que tiene a la banda dando vueltas por el mundo, que en la noche del miércoles pasó por Orfeo Superdomo de Córdoba y que este sábado se despedirá del país tocando en Vélez.

Concentrada en sus primeros discos, Black Sabbath resolvió que una buena despedida sería mostrarle al mundo cómo fue que todo empezó. Y como todo empezó con Black Sabbath, la más terrorífica de las canciones de rock, que abre el primer disco del mismo nombre, el show de Córdoba como todos los shows de esta gira también abrió con Black Sabbath.

Cuarenta y seis años después de haber sido compuesta, sigue sonando inquietante, en parte por el tritono de la guitarra de Tony Iommi, en parte por la lírica (Esto es el fin amigo mío / Satanás viene doblando la esquina / la gente corre asustada / mejor que la gente se vaya y tenga cuidado/ no, no, por favor, no) en parte la tonalidad de Ozzy para cantar estos versos nunca antes escritos de modo tan explícito. A Black Sabbath le alcanzó con su primera canción. Si todo hubiera terminado allí, la banda ya habría dicho lo suyo.

La gira que reunió a tres cuartas partes del grupo, ya que el baterista original Bill Ward decidió no participar, muestra a Tony Iommi, Geezer Butler y Ozzy Osbourne en gran forma. En el Orfeo lucieron poderosos como en los buenos, viejos y muy tóxicos tiempos. Iommi se despide como el guitar hero que es, Butler sacude su bajo sin piedad y Ozzy sostiene sus cuerdas hasta los tonos más altos de los clásicos.

La lista de temas del show se clavó en Vol. 4, el cuarto disco de los Sabbath. En él, en Black Sabbath, en Paranoid y en Master of Reality estaba concentrado el show. No hacía falta ir más allá. ¿Para qué contar el derrumbe creativo y personal de una banda atrapada por las drogas y el alcohol como pocas lo ha estado? Esos cuatro discos que le dan el setlist final, mucho antes le habían dado un lugar en el rock, nada menos que el de los padres del heavy metal, la versión oscura y definitivamente más densa de lo que entonces era el hard rock.

Después de Black Sabbath fue el turno de Fairies wear boots, que le dio a Tony Iommi su primer gran momento en la noche. Le siguió After Forever, Into the Void y Snowblind, con el segundo gran momento Iommi. Tras un breve respiro con Ozzy agradeciendo y el público devolviéndole un graciavó, arrancaron con Behind the wall of sleep en lo que fue un retorno al primer disco. Todas las interpretaciones sonaron ajustadas y tal como las recordamos en los discos acaso para no tergiversar el legado. N.I.B. con una feroz intro desde el bajo de Geezer Butler y War Pigs se ofrecieron como un 2×1 de clásicos que abrazó a una multitud que no fue suficiente para llenar el Orfeo, pero que tampoco le quitó potencia ni calor al show.

Mientras los veteranos se tomaban un descanso fuera del escenario, Tomy Clufetos la rompió con un extenso y poderoso solo de batería quye conquistó al público. Aquí a un tema: ¿debió estar Bill Ward al tratarse de la última gira? Sí, debió estar. Habría sido maravilloso verlos a los cuatro. Ahora bien, ¿habría sostenido Ward la potencia arrolladora tal como lo hizo Clufetos? Probablemente, no. Más allá de las diferencias que sacaron a Ward de la gira, la banda necesita de la energía de Clufetos.

El regreso de los veteranos a escena no pudo ser más impactante: el riff inicial de Iron Man cayó como una pesada cortina de acero. El bajo de Geezer Butler volvió a marcar el pulso con Children of the grave, al que se le sumó el riff veloz de Iommi. Hand of Doom y Salad Rat fueron el preludio de un final que llegaría con el riff que le abrió a la banda el crédito ue aún sigue abierto: Paranoid, la canción que apareció en un rato de inspiración colectiva para llenar un puñado de minutos que sobraban en el segundo disco, que en un principio se iba a llamar War Pigs. Paranoid resultó mejor. Y lo fue.

La banda se reunió en el centro del escenario, agradeció y se despidió. No hubo regreso. En cambio, la consola musicalizó la salida del público con la canción Zeitgeist, de 13, el último disco grabado por el trío fundador en 2013. No hay casualidad: zeitgeist es un concepto alemán que se refiere al espíritu de ciertas ideas de época que alcanzan a generaciones posteriores y permanecen en ellas. ¿Acaso no es ese el espíritu del The End Tour?

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