Caigan los políticos y los periodistas

Mario Pergolini y sus muchachos transgresores parodiaron al periodismo desde un programa de humor. En las fotos Juan Di Natale, Eduardo de la Puente, Daniel Tognetti y Andy Kusnetzoff.

El hall del hotel de Bariloche estaba dominado por el bullicio de la espera y el aburrimiento. Periodistas y diplomáticos, esa dupla que circula por los bares de los grandes hoteles en tiempos de cumbres de presidentes. Aguardábamos a Fidel Castro. Esas esperas odiosas que a mí personalmente me fastidian ya que como periodistas sólo podemos reproducir literalmente las declaraciones de los poderosos, una forma involuntaria de institucionalizar, también, sus mentiras. Esa fue la primera vez que estuve junto a uno de los integrantes de Caiga Quien Caiga y mis sentimientos fueron ambivalentes. No sabía si reírme o molestarme con Andy Kusnetzoff porque él con su humor ponía en ridículo lo que hacía el resto, tomarnos en serio una Cumbre Iberoamericana de Presidentes. Megarreuniones de discursos, brindis y promesas a las que se les puede aplicar la ironía: «Reúnen para convocar y convocan para reunir». (…)

Desde que España, en los fastos del quinto centenario de la conquista, inventó las Cumbres Iberoamericanas, los mejores puntos turísticos de la región, como Salvador de Bahía, o la colombiana Cartagena de Indias fueron sede de esas megarreuniones. Una forma de compensar su idilio con la Europa que le había dado las espaldas en los tiempos de Franco y para contrarrestar la influencia de Estados Unidos sobre América Latina. Cuando le tocó el turno a la Argentina, la reunión se hizo en Bariloche. Y allí marchamos los periodistas. Confieso que después de la novedad de las primeras Cumbres de Presidentes, nada es más tedioso y previsible que el trabajo de reproducir documentos, informar sobre encuentros bilaterales o seguir a los personajes más requeridos por la prensa. En las Cumbres Iberoamericanas, la vedette indiscutible siempre fue Fidel Castro.

La reunión de Bariloche coincidió con uno de los períodos internacionales de mayor presión sobre Cuba para su democratización y el líder de la revolución cubana se reunió con Felipe González, su amigo y primer ministro de España, que actuaba como el portavoz de las exigencias de los Estados Unidos. Los enviados de las televisiones de España eran los más numerosos y sus equipos los más modernos, con sus cañas extendidas para acercar los micrófonos desde lejos. Andy observó la situación y rápidamente encontró una forma de burlarse. Parodió la tecnología de los españoles y armó su micrófono del subdesarrollo. Buscó un palo de escoba y en la punta amarró su sencillo micrófono. Serio, instaló su invención al lado de los otros periodistas. La situación era hilarante pero incómoda, porque su burla también nos abarcaba. ¿No era más serio el bromista que hacía de periodista que nosotros que nos tomábamos en serio una reunión que era una burla, dedicada a la educación en una provincia en la que los alumnos habían perdido el año lectivo por falta de clases? (…)

Con su fórmula de conductores corrosivos y cronistas burlones, Caiga Quien Caiga tenía todo lo que debe tener una programa de televisión: trabajo, talento y dinero puestos al servicio de la edición. ¿Pero podía considerárselo como un programa periodístico cuando en realidad también ponía en duda la actividad de entrevistar a los políticos en cualquier lugar, casi al asalto? Más que analizar el programa habría que preguntarse por qué sólo el disparate, en nuestro país, desnuda tantos dislates. ¿Por qué el ridículo pone en evidencia la impostación política y la vanidad del aparecer aunque sea como un payaso? (…) Pergolini pertenece a esa generación bisagra entre la dictadura y la democracia. En un país que debió despojarse lentamente del miedo y la solemnidad, el legado más visible del autoritarismo, los muchachos de Pergolini son irreverentes y valientes. Al inicio se burlan de todo de una manera socarrona e incómoda para quienes venimos de las provincias, donde el humor es más ingenuo o cruelmente burlón en los apodos. Al parodiar un telenoticiero, la primera burla es para los periodistas. Pero a poco andar, como justicieros de la carcajada, «toman de punto» a los políticos y los poderosos. Los «ricos y famosos», esa categoría social que habita la revista Caras y consagra los nuevos tiempos de ostentación que coincidieron con el gobierno de Carlos Menem. Y al burlarse de los poderosos, ganan admiración y audiencia, y definen una actitud política, aunque se burlen de la política. Sin desmerecer el talento de los muchachos de Pergolini, los escándalos por corrupción y el estilo cortesano de los políticos del menemismo nutrían las burlas y ofrecían todo el tiempo nuevos disparates. Como el del concejal prófugo José Manuel Pico, en quien se simbolizó la corrupción en el Concejo Deliberante, o el matrimonio Fassi Lavalle, amigos del poder menemista, enjuiciados por no pagar impuestos. Como se trata de los hombres y las mujeres que frecuentan los despachos, personas públicas que pueden ser abordadas por los periodistas, los burlistas de CQC juegan a ser cronistas. Como una travesura adolescente de un grupo de muchachos que se burlan de los adultos y luego se la muestran a los amigos para reírse. Comienzan como jóvenes que se dirigen a sus iguales. Utilizan los códigos del rock, el videoclip, la publicidad como protagonista dentro del mismo programa y el desenfado en el lenguaje. Formato juvenil, con intereses de adultos. Resulta paradójico que al inicio se dirigían a una audiencia que reniega de la política y terminen atrayendo a los adultos. Sin embargo, al unir frente al televisor a generaciones dispares como pueden ser padres e hijos, se convierten en un programa de audiencia plural.

Pero los irreverentes y jóvenes cronistas de CQC no sólo desnudan con la risa la mentira política sino que al parodiar un informativo también nos increpan como periodistas. ¿Por qué los políticos quedan tan en evidencia cuando son interrogados en broma, lo que no conseguimos cuando preguntamos en serio? ¿No será porque la política como actividad carece de seriedad y por eso lo único serio pasa a ser la risa y la burla? De ser así, los periodistas burlones actuarían como vindicadores de esa mentira. Una especie de vengadores de la prepotencia mediática globalizada, como fue el «affaire Lewinsky», el mundo dominado por el periodismo más imitado del planeta que convirtió la incontinencia sexual del presidente Clinton en un culebrón espermático. Sin embargo, el presidente del país más poderoso de la Tierra fue burlado y ridiculizado por un cronista argentino que desafió a sus custodios y le entregó un ejemplar del Kamasutra, una biblia del erotismo.

Como otra paradoja argentina, Caiga Quien Caiga recibe el premio Martín Fierro al mejor programa periodístico del año 1996. El premio institucionaliza ante la opinión pública el absurdo como la forma más efectiva de increpar a los funcionarios, quienes aparecen desprotegidos ante el humor, víctimas también de la vanidad y la obsesión por aparecer. El que los cronistas del espectáculo consideren a CQC un programa periodístico advierte sobre las deformaciones señaladas, especialmente en términos de identidad cultural.

El programa nace en 1995, en pleno auge del menemismo. (…) Es probable que sin un presidente que se comportó más como un hombre de la farándula y una fauna política deslumbrada por los flashes, el programa ideado por Pergolini no habría pasado de ser un buen producto humorístico como realmente es. Como parodia de lo periodístico, el que se convierta en el programa más apreciado y aun premiado, condensa y espeja las deformaciones señaladas a lo largo de todas estas páginas.

Fragmentos del capítulo 23 del libro de Norma Morandini «La Gran Pantalla. Periodismo de Neustadt a Pergolini» (Sudamericana, 2000)


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