Cómo no entender a Adam Smith

Por Fermín Luis Garay





No tuve la suerte de conocer en mis mocedades a ningún afiliado al Partido Comunista que hubiese leído «El Capital». Ni siquiera el primer tomo. No tengo la suerte en mi vejez de conocer a nadie que haya leído «La riqueza de las naciones». Pienso, borgianamente en un Perón imbuido de los principios generales de este bello libro. Cuán distinto hubiera sido nuestro avatar colectivo.

Adam Smith es un hombre moderno por antonomasia. El hombre debía ser puesto en libertad, inclusive en el plano económico. Las trabas de los micromundos medievales debían ser abolidas. La esclavitud y la servidumbre no sólo eran condenables moralmente, sino también improductivas. A la filosofía de la nobleza terrateniente debía oponerse la filosofía del trabajo productivo. Era posible la riqueza de una nación si se permitía a los hombres comunes seguir libremente la ley de su propio interés. La clave no era trabajar más tiempo, sino hacer el trabajo más productivo. La división y la especialización primero, luego la maquinización. La naturaleza, conocida y medida por los Galileo, los Newton y los Huyguens, debía prestar su fuerza al hombre. Así de simple. Pero el interés material debía estar al servicio de la ética. Nada más alejado de este gran hombre que postular la preterición de los altos valores en beneficio del lucro.

Protesto pues de los ignaros y pícaros que ven en él a un representante de un economicismo ciego. Protesto de quienes embarraron nuestro destino con un estatismo reglamentarista y corporativo. Protesto pues de quienes al hacer lo contrario de lo propuesto por Smith fabricaron en cincuenta años la pobreza de una nación.

Pero vamos ahora a las palabras del profesor de moral. Los títulos son míos.

La primacía del trabajo: «El trabajo anual de cada nación es el fondo del que se deriva todo el suministro de cosas necesarias y convenientes…». «Toda la riqueza del mundo fue comprada al principio no con oro ni con plata sino con trabajo…».

La productividad: «Las causas del progreso (se encuentran) en la capacidad productiva del trabajo…». «La disminución gradual del precio de casi todas las manufacturas es el efecto natural del progreso. El precio de la mano de obra disminuye probablemente en todas sin excepción. Como consecuencia de la mejor maquinaria , la mayor destreza y una más adecuada división y distribución del trabajo, todas ellas efectos naturales del desarrollo, se requiere una cantidad de trabajo mucho menor para fabricar cualquier producto…».

La seguridad jurídica como condición de la inversión capitalista: «En todos los países donde existe una seguridad aceptable, cada hombre con sentido común intentará invertir todo el capital del que pueda disponer con objeto de procurarse un disfrute presente o un beneficio futuro». «Es verdad que en los infortunados países donde los hombres están siempre temerosos de la violencia de sus superiores, con frecuencia entierran y ocultan la mayor parte de sus capitales, para tenerlos siempre a mano y poder llevarlos a un lugar seguro en caso de verse amenazados…».

La moralidad en el trato al dependiente: «Una labor intensa , sea de la mente o del cuerpo, continuada a lo largo de varios días, es naturalmente seguida en la mayoría de las personas por un agudo deseo de descanso que si no es bloqueado por la fuerza o por alguna necesidad perentoria, resulta ser casi irresistible. Es el llamado de la naturaleza, que exige algún alivio, a veces sólo el descanso pero otras veces también la distracción y las diversiones. Si ese llamado no es atendido, las consecuencias son normalmente peligrosas y a veces fatales y casi siempre generan tarde o temprano la enfermedad típica del oficio de que se trate. Si los patrones escucharan siempre los dictados de la razón y la humanidad, tendrían repetidas ocasiones para moderar, más que para animar la dedicación de muchos de sus trabajadores». «Ninguna sociedad puede ser floreciente y feliz si la mayor parte de sus miembros es pobre y miserable. Además es justo que aquellos que proporcionan alimentos, vestimenta y alojamiento para todo el cuerpo social reciban una cuota del producto de su propio trabajo suficiente para estar ellos mismos adecuadamente bien alimentados, vestidos y alojados».

La tristeza de la recesión: «En el estado progresivo, cuando la sociedad avanza hacia la consecución de la riqueza plena, más que cuando ya la ha adquirido, es cuando las condiciones del pueblo trabajador, la gran masa de la población, es más feliz y confortable. Su condición es dura en el estado estacionario y miserable en el regresivo.- El estado progresivo es realmente alegre y animoso para todas las clases de la sociedad. El estacionario es desvaído, el regresivo, melancólico».

La universidad gratuita la abogacía y la medicina: Si una gran «proporción (de universitarios) fuese educada a expensas del público, la competencia pronto sería tan acusada que hundiría considerablemente su remuneración pecuniaria. En tal caso podría ocurrir que no conviniese a un hombre el pagar para educar a su hijo en ninguna de esas profesiones…», las que llegarían «hasta la plena degradación. Como las hoy respetables profesiones del derecho y la medicina».

Empresarios y monopolio: «El interés de los empresarios siempre es ensanchar el mercado, pero estrechar la competencia. La extensión del mercado suele coincidir con el interés general, pero el reducir la competencia siempre va en contra de dicho interés, y sólo puede servir para que los empresarios, al elevar sus beneficios por encima de los que naturalmente serían, impongan en provecho propio un impuesto absurdo sobre el resto de los compatriotas».

Capital y patria: «Se ha dicho con toda corrección que un mercader no es necesariamente ciudadano de país alguno. En buena medida le resulta indiferente donde desarrolla su negocio y un insignificante inconveniente hará que retire su capital, y toda la actividad que pone en movimiento, de un país a otro».

Los europeos y la colonización: «La salvaje injusticia de los europeos hizo que un acontecimiento que debería haber sido beneficioso para todos resultase ruinoso y destructivo para varios de esos infortunados países».

El «liberalismo» de Inglaterra: «El liberalismo de Inglaterra con respecto al comercio de sus colonias se ha limitado al mercado para sus productos en bruto o en una primera etapa de su elaboración. Pero los comerciantes e industriales de Gran Bretaña se han reservado para sí mismos el mercado colonial de las manufacturas más avanzadas y refinadas y presionado sobre los legisladores para impedir que se desarrollen en las colonias, a veces mediante aranceles otras mediante prohibiciones absolutas. El prohibir a un pueblo que saque el máximo partido de su producción, o que invierta su capital y su trabajo en la forma que juzgue más conveniente, es una violación manifiesta de los derechos humanos más sagrados».

El peor destino que podría encontrar este pequeño escrito consistiría en contribuir a la no lectura de Adam Smith, precisamente en razón de la profusión de citas textuales. El libro en su conjunto es apasionante y pleno constantemente de reflexiones iluminadoras y audaces. Por lo demás, se habrían perdido las curiosas ideas de Smith sobre las relaciones entre el consumo de papas y la belleza de las prostitutas irlandesas «las mujeres más bellas del reino». ¿También aquí nuestro genial Adam había empleado el método empírico de su amigo David Hume?


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