Descubrir el infinito

Un cálculo imposible: a Gabriel García Márquez le llevó unas 350 páginas, en la edición tradicional de Sudamericana, completar las seis generaciones de Buendía, hasta llegar a la cola de cerdo. ¿Cuántas llevaría contar, a su vez, la construcción de ese universo bautizado como «Cien años de soledad»? Su hermano menor, Eligio García Márquez, lo resolvió en unas 600, según la edición de Norma que aquí reproducimos.

No deja de ser un esfuerzo sin final feliz. Probablemente ni el propio García Márquez podría reproducir todo aquello que pasó por fuera y dentro del espacio de su cerebro camino a la mayor obra literaria de este continente.

Eligio plantea un libro periodístico que reposa en las complejas aguas del reportaje. Buena parte de él está dedicada a encontrar las explicaciones del éxito de la novela. Esa búsqueda guarda un sinsentido. Las obras maestras no se explican. Se hacen, crecen, estallan o permanecen silenciosas hasta que algo las detona.

Hace muchos años ya, John Kennedy Toole se rebanó los sesos con una escopeta de caza por no encontrar editor para su novela «La conjura de los necios». Pobre él, se creyó siempre un mediocre y no alcanzó a ver cómo su oscura trama se convirtió en hito de la literatura norteamericana.

«Cien años de soledad» no necesita de algunos detalles. Si el libro de Eligio tiene validez no es porque haya averiguado los entremeses de la impresión. Hubo casualidades, sí, siempre las hay, apoyos fantásticos, en este caso el de Carlos Fuentes, voz y publicista principal de «Gabo», y hasta críticas al estilo, la de Tomás Eloy Martínez. Todo esto forma parte de «Tras las claves de Melquíades». Rastros que deleitarán a los coleccionistas del dato menor, pero que dejarán indiferentes a los amantes de la literatura.

¿Cómo fue que «Las señoritas de Avignon» logró el reconocimiento de la crítica internacional después de que un joven pintor la creara en su breve atelier? No importa cuántos marchantes la vieron antes de la gloria. Es más interesante el análisis de esos rostros alargados, de esas figuras y tonalidades nacidas en geografías alejadas de París. Cuenta Sting que compuso «Cada vez que respiras» en 15 minutos. Es un dato lindo, pero no agrega ni un ápice al ritmo de una canción que sintetiza 30 años de rock y pop. Bergman, por primera vez llenó salas en un país completamente distinto del suyo, Argentina. ¿Qué llevó a los porteños a consumir «El séptimo sello»?

El reconocimiento no define a la obra maestra; es, a veces, parte de ella. Modigliani, Joan Brossa, Shakespeare, Van Gogh vivieron y murieron en la pobreza. Sobra decir que este último apenas si pudo vender un cuadro en toda su vida. El enigma de la genialidad está en la obra misma. Los diálogos, las anécdotas son de material de apoyo. Entender por qué «Cien años de soledad» se vendió casi sin publicidad desde sus primeros días de aparición es, en todo caso, exótico. Precisamente por tratarse de una novela genial, pudo haber pasado en el silencio mucho tiempo.

En la actualidad se infravaloran textos que otros críticos o escritores han calificado de obras supremas, mientras los concursos de las editoriales siguen premiando la literatura liviana. «Los Sorias», obra enciclopédica de Alberto Laiseca (Simurg), es el típico caso -reciente, además- de una obra mayor pero sin público.

El beneficio de «Tras las claves de Melquíades» pasa por otra vertiente. Los retazos de historia verdadera, aquella que sólo consiguen los buenos periodistas e historiadores, constituyen lo más importante del libro de Eligio. Cómo sacar del olvido aquel párrafo profético del periodista Ernesto Schoó, publicado dos semanas después de salida la novela en la Argentina: «Para América Latina, esta novela tiene el sabor de un génesis, de una apertura hacia las formas más profundas de la vida». También es revelador el pasaje que describe el estado anímico del «Gabo» antes y después de concebir su obra, y los territorios y los climas en que se fue construyendo el enigma de Melquíades. De eso hay mucho, pero nunca es suficiente.

Claudio Andrade


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