Dime cómo escribes y…: de la lapicera a la máquina

Sabemos que la escritura manuscrita es una práctica en extinción, una costumbre que lentamente vamos perdiendo. Todavía persiste por voluntad de quienes nos resistimos y disfrutamos de su práctica, y creemos que las mejores ideas vendrán de la mano del trazo de una lapicera; pero esto es más una cuestión de hábitos que de creación.
En la actualidad hay escritores que conservan la tradición casi como una manía, aunque tengan a su disposición las facilidades de la computadora. J.K. Rowling la autora de “Harry Potter” escribe con bolígrafos de tinta negra y hojas rayadas, luego copia esta versión en su computadora. El inefable César Aira confiesa que escribir a mano lo hace pensar mejor, mientras traza las letras con algunas de sus lapiceras exclusivas que valen miles de pesos. Alguna vez dijo en broma que escribiendo con lapiceras tan buenas tenía que escribir cosas buenas. La famosa “Trilogía de Nueva York” de Paul Auster fue escrita a mano “porque sientes que las palabras salen de tu cuerpo” y luego las copió en ¡una máquina de escribir!
En una compleja y vetusta Remington N°2 Mark Twain fue, al parecer, el primer escritor que entregó a la imprenta un texto escrito a máquina. Pese a que el padre de Tom Sawyer no da detalles, se cree que él dictó una versión escrita a mano a un mecanografista. “El viejo y el mar” y buena parte de las novelas de E. Hemingway fueron escritas en las portátiles “Corona”, y con una curiosidad, el escritor las colocaba en un estante alto porque le gustaba teclear de pie. Danielle Steel, la gran creadora de novelas del corazón, sigue escribiendo en una Olympia de mediados del siglo XX porque la computadora la intimida.
Allá lejos y hace tiempo, cuando había pasado la frontera de los 12 años, mis padres,–quizás previendo que me iba a ganar la vida con esto de las palabras—me regalaron una valijita verde, plástica que al abrirla develó una hermosa Olivetti Studio 45. Escribí mucho en ella y todavía la conservo impecable. De vez en cuando la saco de su estuche y acaricio sus teclas como una ceremonia secreta de dos viejos amantes.


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