Dos gauchos en la Patagonia

Historias bajo la lupa

Cerril. Dueño de montoneras. No es difícil imaginarlo con largo facón y trabuco español. El mejor caballo, obediente como buen hijo.

Parece que por 1820 fue capataz en la estancia «Miraflores», de Francisco Ramos Mexía. Nada menos.

Timbre de honor para la época, pero quién sabe por qué motivo cuando Martín Rodríguez lanzó los uniformados para correr a los pampas del asedio a los campos bonaerenses, José Luis Molina -sin fecha de nacimiento ni familiares conocidos por ahora- se largó a los toldos y sin vueltas logró sobresalir y convertirse si no en cacique, en formal caudillo de los de vincha y lanza.

Y en espectacular cambio humano anduvo encabezando el gran malón a Dolores y seguidamente el similar ataque a Pergamino. Cuentan que ambos fueron desastrosos para esos poblados: se cometieron «terribles depredaciones».

Después, en 1825 la invasión a la zona del Salado, sablazos y tiros en el combate de Araza y Anacleto Medina por medio.

Sus allegados de los toldos no consideraron aceptable su actuación y la traición apareció como causal para que le juraran muerte. Pero Molina buscó salvación y protección del comandante Juan Cornell que tenía campamento en Kaquel.

Tuvo suerte porque sus fechorías las perdonó el presidente Rivadavia mediante indulto (4/7/1826). A cambio, fue a parar a las filas del coronel Rauch en la frontera sur.

No se podía desperdiciar su experiencia como supremo baqueano, único título que podía ostentar en forma legítima, porque los otros de «cuatrero y bandido» no necesitaban presentación.

Encabezó un grupo de montados, de aquellos que como él hacían de la vida un juego primitivo casi sin valor.

Cuando la gente del puerto de Carmen de Patagones en 1827 estaba con la invasión brasileña encima apareció a orillas del Negro José Luis Molina y sus poco más de veinte «tragas» para sumarse a la defensa. No se sabe bien si fue enviado por Rauch -lo que es muy probable- o acudió por propio conocimiento, ya que galopaba por la zona de Bahía Blanca.

Los invasores brasileños habían desembarcado y con el jefe inglés se dirigían al fuerte -por supuesto no en amable visita-, «pero allí acechaba a la fuerza numérica, el genio vivo y astuto del gaucho argentino, avezado ya a rendir tropas aguerridas» (Biedma, J. J. 1905) .

Hubo disparo de cañón a manera de aviso de los residentes.

«Allí estaba el alma de la resistencia. Era un grupo de veintidós hombres mal armados, mal entrazados, peor amunicionados; y sin embargo, aquel pequeño obstáculo impedía que quinientos brasileros en perfecto orden de batalla se posesionaran de la plaza que ya tocaban. El baqueano Molina preparábase con su partida de 22 hombres media oculta, a desbaratar por una astucia bien concebida el plan de los invasores». (Biedma, ídem).

Fue el triunfo sobre los brasileños. Así nació el mítico «Gaucho Molina» en aquella gesta del 7 de marzo de 1827.

Los «tragas» de Molina se adueñaron de la costa del río Negro y los invasores se replegaron tierra adentro. La perdición. Una bala puso fin a la vida del jefe Shepherd y los pastizales, incendiados. Fuego y humo. Confusión, a lo que se agregaba sed. Rendición.

El «Gaucho Molina», el baqueano, el vencedor de los brasileros en Patagones, «era el paisano de alta talla, de siniestro aspecto, de fisonomía sombría, de grande barba negra, con un poco de la crin del león en su melena, y una mirada terrible, pero encapotada y como humillada ante la resistencia invisible, pero subyugadora de la civilización. Era el tipo de gaucho de nuestra pampa, aprisionado bajo el uniforme militar» (Biedma, ídem).

Algunos historiadores -y la misma historia- no le han dado un papel destacado en aquel 7 de marzo al que de «muy pequeño era ya cuatrero y bandido a los catorce años. Soldado de línea, desertor de la frontera a los indios, peleó contra los cristianos».

El «Gaucho Molina», rara mezcla humana, regresó a Buenos Aires y se incorporó a la gente de Rosas, que lo promovió a coronel. Parece que murió envenenado por orden de éste en 1830 en pagos de Tandil.

Antonio Rivero

En 1827, cuando tenía 20 años, llegó a las Malvinas para trabajar como peón en la estancia de Luis Vernet, gobernador político y militar. Era entrerriano, domador, arriero y analfabeto. Había otros gauchos y aborígenes charrúas.

Tiempos en que loberos, foqueros y piratas recalaban en Malvinas o las tenían como lugar de operaciones y abastecimiento. Hacienda cimarrona y otras amansadas. Geografía muy especial. Mezcolanza de nacionalidades y el aislamiento, buena fuente para situaciones inverosímiles.

Ocurrió el 26 de agosto de 1833 en ausencia de Vernet. Algunos textos y opiniones dan al «Gaucho Rivero» como cabecilla de la sedición. Fusiles, cuchillos y sables dieron cuenta de Mateo Brisbane, inglés, administrador de Vernet, de Guillermo Dickson, irlandés y despensero, de Juan Simón, francés de origen judío y reemplazante de Vernet. También murieron sin defensa Ventura Pasos y el alemán Antonio Vehingar o Wagner.

Además del «Gaucho Rivero» -llamado Antook por los ingleses- hubo dos gauchos más y cinco aborígenes que participaron de la matanza. ¿El motivo? Las opiniones han sido varias y de vez en cuando asoman más sobre el accionar del gaucho entrerriano en aquella circunstancia. Y el dilema: ¿asesino o héroe?

Año en que Dickson, por su nacionalidad, había sido encargado por el comandante de la corbeta inglesa Clío de izar la bandera británica cuando se acercaban naves a puerto Soledad y también los domingos. La pacífica posesión argentina, como consecuencia de la toma territorial luego de la independencia de la corona española, hacía de Malvinas un lugar proyectado para colonización. En ese escenario, el motivo de las violentas muertes de dependientes de Vernet inclina a algunas opiniones como justificación al pago de salarios en papel moneda en lugar de plata y oro, las deudas que tenían los peones con Vernet por suministros, no entregarles caballos para tareas personales, «deudas al capataz (Simón) por juegos y los naipes» y prohibición a los deudores de viajar a Buenos Aires.

Luego de los crímenes, el «Gaucho Rivero» se entregó a los ingleses y fue conducido a Inglaterra, donde no se lo juzgó quién sabe por qué circunstancia o apreciación, a pesar de comprobarse su liderazgo y criminal participación en las muertes. Tiempo después fue devuelto al Río de la Plata y se dice que murió en el combate de Vuelta de Obligado.

Hace unos años, con motivo de ordenanza municipal (Nº 29.083) que imponía el nombre de «Gaucho Rivero» a una plaza de la ciudad de Buenos Aires, se reavivó la polémica e intervino la Academia Nacional de la Historia con declaración del 30 de julio de 1974 contraria a aquella decisión iniciada por «una comisión de ciudadanos, con más emoción patriótica que conocimiento de la verdad histórica». El dictamen de los académicos, aprobado por unanimidad, «fue criticado acerbadamente por los propiciadores del monumento en conferencias y escritos periodísticos» (sic).

La Academia tras destacar «la perseverancia argentina en la reclamación de la soberanía del archipiélago malvinero y adyacencias» creyó que «incorporar a la historia de nuestro derecho un elemento falso de defensa, dándole jerarquía de episodio marcial a uno meramente policial, como fue el protagonizado por Antonio Rivero y su banda armada de gauchos e indios charrúas, según los testimonios documentales hasta ahora conocidos que registran sus asesinatos inicuos, es introducir un elemento viciado de nulidad en el cuerpo sano de los antecedentes históricos, quitándoles su seriedad, tan necesaria para el prestigio del país en cuestiones de proyección internacional».

Y aquel «Gaucho Rivero», isleño por unos años, también entró en la historia de la Patagonia.

Héctor Pérez Morando

Bibliografía principal: Biedma, J.J. Apuntes, 1887. Biedma, J.J. Crónica Histórica, 1905. Academia Nacional de la Historia, varios. Diario «La Gaceta Mercantil», 30/4/1834. Historia Marítima Argentina, varios. Almeida, J.L. Qué hizo, 1972. Quiroga, D.R. Apuntes, 1994. Destéfani, L. H. Malvinas, 1982. Publicaciones del Museo de C. de Patagones y otros


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