Salud mental, la otra crisis

Por tercer año consecutivo, hubo aumentos en los niveles de estrés crónico y agotamiento.

Varios hechos esta semana volvieron a poner en evidencia la crítica situación que vive la población de nuestro país en término de salud mental, donde los recursos legales, económicos y profesionales no dan abasto para satisfacer una demanda creciente y no hay políticas de Estado que permitan avizorar una mejora en el futuro cercano.

El caso más resonante fue sin dudas el de Williams Tapón, un albañil y futbolista amateur de 24 años que se suicidó después que se viralizara su brutal agresión al árbitro Ariel Paniagua, durante un partido en Avellaneda. Su familia reveló que el joven padecía depresión y trastornos de ansiedad, sin tratamiento adecuado.

Estos días, el Observatorio de la Deuda Social de la Universidad Católica (UCA) difundió un preocupante informe, que revela que el año pasado fue el peor en términos de salud mental y emocional entre los argentinos en la última década, con altos niveles de malestar psicológico, infelicidad y aislamiento social. Y que el retroceso en la salud mental afectó más duramente a los más pobres. Destaca que a las negativas consecuencias que sobre la psiquis de las personas tuvo la epidemia de covid-19 se agregó la crisis económica: “un escenario recesivo, alta inflación y desfavorable en materia de empleo, que produjo la pérdida de ingresos en los hogares”, señala. Y suma “el incremento del trabajo informal, subempleo inestable que empeora las condiciones de bienestar de la salud y los proyectos personales”.

Hay otros indicadores que ilustran el deterioro. Argentina es el segundo país de la región con mayor consumo de drogas psicoactivas (alcohol, marihuana, cocaína y psicofármacos) de la región, detrás de Uruguay. El consumo es mayor en sectores altos, pero los trastornos derivados (adicciones) son más altos en personas de bajo nivel socieconómico.

Los servicios judiciales y de atención a las víctimas reportan incrementos en denuncias y consultas por violencia intra-familiar y de género. Conflictos vecinales y hechos de tránsito de poca importancia terminan en agresiones, situación que el ministro de Desarrollo Social Daniel Arroyo define como de implosión social: “hay una tensión permanente que lleva a violencia cotidiana y es algo que se ve claramente en los barrios”, dice.

Otro de los sectores muy afectados es el juvenil. Según datos de Unicef, tras la pandemia crecen las consultas por ansiedad y depresión entre adolescentes, y preocupa la tasa creciente de suicidios, segunda causa de muerte entre chicos de 10 a 19 años.

A pesar de tener una ley de salud mental considerada de avanzada en materia de derechos, la atención de estas problemáticas presenta graves falencias. Lejos del 10% que prescribe la norma, apenas el 2% del presupuesto de salud se destina a esta área. Hay escasez crónica de personal capacitado y limitado acceso a los servicios de salud mental, con tiempo de espera de semanas y meses. Los servicios de guardia no suelen contemplar este área y la integración de pacientes de salud mental con otros ha mostrado problemas. La falta de profesionales se agrava porque ante los bajos valores y la burocracia, muchos dejaron el sistema de obras sociales y los públicos se encuentran desbordados por la demanda. Según el Observatorio de Psicología Social de la UBA, más del 50 % de quienes necesitan tratamiento psicológico no lo realizan por no poder pagarlo.

Sin dudas la política y la sociedad necesitan debatir el creciente malestar psicológico entre la población y replantear cómo se están abordando los desafíos de salud mental que han dejado la pandemia y la crisis. La Organización Panamericana de la Salud advierte que los problemas de salud mental “no se deben enfrentar como una batalla privada, porque es una crisis pública que exige acciones inmediatas, con enfoques multiplidiscplinarios y orientación de recursos específicos”. Se necesita con urgencia no solo un plan de estabilización económica, sino otro de políticas de salud mental, como dice el informe de la UBA, “capaces de reparar el daño psicológico que las turbulencias económicas han generado en muchos de nosotros”.


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