“El desafío”: amor adolescente en el Tigre

Nuestra opinión: <b>Mala</b>

CRITICA

El Desafío es el programa más popular de la televisión del momento. Es un reality que se dedica a recorrer todo el país buscando talentos, a los cuales les da la oportunidad de presentarse frente a cámaras para que demuestren lo suyo. Es así que este show llega al Tigre, específicamente a un parador llamado Delta Beach, propiedad del joven Hernán (Gastón Soffritti). Esta es una gran oportunidad para él, ya que conseguir un contrato para alquilar el lugar lo ayuda a salvarlo de la quiebra. En Delta Beach también trabaja Juan (Nicolás Riera), amigo de Hernán de la infancia, que es un joven rebelde, de espíritu libre, que cuida de sus dos hermanitos porque al morir sus padres quedó a cargo de ellos. Viejos rencores entre ellos volverán a surgir porque, con el equipo del programa, llega la productora, Julieta (Rocío Igarzábal), joven y hermosa que enamora a los dos amigos. A medida que ella va conociendo más a Juan, su vida profesional y ética será puesta a prueba con los métodos poco ortodoxos del conductor estrella del programa: Willy (Diego Ramos).

Esa es, palabras más palabras menos, la trama que nos presenta El Desafío (2014), una de las películas argentinas más flojitas que han llegado a la pantalla grande en los últimos tiempos.

Es interesante ver que ninguno de los involucrados -artísticamente hablando- en este film tiene mucha experiencia en la cinematografía nacional. El director Juan Manuel Rampoldi tenía un corto en su haber de hace una década, lo que explica mucho de los errores de continuidad y hasta cierta inexperiencia para contarnos la historia. Extraño, ya que los guionistas -Alejandro Montiel, Milagros Roque Pitt y Diego Schipani- si tienen bastante laburo en sus espaldas, incluso detrás de cámaras.

En cuanto al elenco, para que se den una idea el que tiene más “experiencia” en cine es Darío Lopilato. Aquí hace un personaje que podríamos decir que es la versión moderna, o mejor dicho, un Coqui Argento entrado en años. La pareja protagónica, Nicolás Riera y Rocío Igarzábal, debutan en este film. Los ex Casi Ángeles no pueden sostener este bodrio, por más buenas intenciones y ganas que le pongan.

Ella intenta ser más que una cara bonita y a él le dijeron que se pasee mostrando su físico y tratando de dar el perfil de un “hombre duro”. Podríamos especular que se intentó lucrar con el romance que vivían estos dos chicos en el momento de filmar (hoy acabado) para atraer al público teen. Si funciona, sería un milagro. El pobre Gastón Soffritti intenta tomarse en serio el trabajo, pero también sucumbe ante la mediocridad. Una mención especial para Diego Ramos que le saca todo el brillo posible a su personaje y, con muy poco, hace mucho.

Parece algo increíble que en pleno siglo XXI, con largometrajes nacionales como Relatos Salvajes (2014) compitiendo al Oscar a Mejor Película Extranjera, a alguien se le ocurra hacer un film de estas características. Huele a vieja, a una clase de películas que pensábamos que ya no veríamos más, a un producto hecho para recaudar con el único atractivo de presentar “estrellitas” del momento, a una forma de hacerle publicidad a un lugar, en este caso el Tigre, y sus atractivos (se nota mucho, en serio). Esperemos que aprendan la lección y no intenten más denigrar al cine nacional con esta clase de obras.

Eso sí, queda para el espectador un verdadero desafío: tratar de ver esta película y encontrar algo positivo.

Suerte con eso.

Leo González


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