El deterioro de la Escuela Industrial Otto Krause
Por Tomás Buch
El grave deterioro edilicio de la Escuela Industrial «Otto Krause» -que en las últimas semanas hizo crisis con escándalo público, suspensión de clases y soluciones improvisadas- tiene algo de emblemático: después de haber sido, a comienzos del siglo XX, un emblema de la naciente industrialización del país, en los '90 la escuela industrial fue el sector más maltratado por las incompletas y muchas veces inconsultas reformas educativas introducidas por la aún vigente Ley Federal de Educación. Yo confieso que este deterioro me duele particularmente, porque yo mismo cursé mis estudios secundarios en el viejo edificio de Paseo Colón, entre México y Chile; así como años antes lo había hecho mi suegro. Se trata de la escuela industrial más antigua del país, creada en 1897 como desprendimiento de la escuela comercial Carlos Pellegrini. Era una época en la que la Argentina estaba en su apogeo y comenzaba a industrializarse, aun ante el desinterés de los poderosos. Junto con el deterioro edilicio del Otto Krause tampoco puedo dejar de mencionar el inverosímil paro de los estudiantes del Normal 1 de Buenos Aires por la omnipresencia de ratas en el edificio, que es aún más antiguo, ya que data de la época de Sarmiento… Sería interesante imaginarse qué hubiese dicho el vehemente sanjuanino de estos episodios. Cuando se sancionó la Ley Federal de Educación, en 1992, la educación técnica fue directamente eliminada como categoría educativa, al generalizarse la llamada educación polimodal en la cual no debemos ignorar que, así como en la EGB, por primera vez se incluía tecnología en el currículum, además de modernizarse muchos otros de los contenidos básicos. Esa reforma fracasó, porque no hubo una adecuada capacitación de los docentes, que no sabían muy bien qué se exigía de ellos. Y porque a cada provincia se le tiró el fardo educativo, con el que cada una hizo lo que pudo: en general, poco. Hasta el organismo rector de la educación técnica, el Consejo Nacional de Educación Técnica (Conet) fue borrado del organigrama de un Ministerio de Educación de la nación carente de escuelas y cuya única función residual era fijar las indicaciones generales sobre los contenidos mínimos que debían dictarse. Las materias propiamente técnicas y los más variados talleres -características de la escuela «industrial», destinada a formar técnicos que cumpliesen tareas de apoyo profesional en la industria- estaban notoriamente ausentes en los primeros esbozos de esos contenidos que, en su conjunto, implicaban una saludable renovación de los vetustos métodos y contenidos. Pero la escuela «flexibilizada» según las ideas surgidas -se dice- de ciertas indicaciones muy generales del Banco Mundial, no contemplaba una categoría, la del técnico, cuya formación, al parecer, no era bastante flexible: los egresados de la vieja escuela técnica éramos técnicos: sabíamos hacer algo y hacerlo bien; a diferencia de una formación actual, «moderna», generalmente más bien vaga -en teoría abierta a aprender cualquier contenido específico en el momento de la inserción laboral que le tocara al egresado, que todas serían diferentes y móviles- que contenía un poco de todo y se complementaba por unos «Trayectos Técnico-Profesionales» que se suponían que debían dar una formación con salida laboral inmediata acorde con su título en un año y medio, pero que en pocos casos se lograron instrumentar. Ahora, que por fin se ha comenzado una reactivación económica que al parecer no es tan frágil como los agoreros anunciaban hace tres años, se nota la falta de técnicos capaces de ocupar los puestos para los que eran formados los alumnos de la escuela técnica y se piensa en resucitarla. El edificio de la más antigua de ellas, el Otto Krause, data de 1909 y, además de ser un monumento nacional, es todo un símbolo, porque su deterioro se viene produciendo desde hace años y recién se nota ahora, cuando se caen pedazos de techo encima de los alumnos. Y entonces se deben suspender las clases para hacer arreglos de emergencia, como si no existieran las vacaciones de verano para poner en condiciones los edificios escolares. Un fenómeno incomprensible que muchas veces también se ha producido entre nosotros: se acuerdan de las reparaciones cuando deben empezar las clases. ¿Qué hacer con la educación técnica? En este momento en el Congreso Nacional se discuten dos proyectos -uno del gobierno y otro de la oposición- que buscan recrear la escuela industrial. En muchos casos, ello será una reconfirmación de la realidad, ya que muchas escuelas técnicas se han negado a dejarse matar y, aunque ahora se llamen CEM y no ENET, han seguido en la carrera técnica en la medida de lo posible. Con orgullo y con pocos medios, porque, claro está, una buena educación técnica requiere talleres y laboratorios costosos y que hay que mantener ac
tualizados porque, si no los técnicos egresados no sabrán desempeñarse en una industria moderna. Aunque hay que aprender a manejar un torno mecánico, ello no basta en la era de los tornos de control numérico. Habrá que ver, entonces, si la recreación del Conet y la renovación de la escuela técnica contarán con los medios suficientes como para formar los técnicos modernos que se necesitan. Tampoco creo que sería muy eficaz una recreación a medias, forzando las estructuras definidas por la ley actual. En cuanto a la estructura de la currícula de estas escuelas, creo que debería restaurarse la que existía medio siglo atrás, y no es que sea particularmente nostalgioso: los alumnos deben adquirir conocimientos generales, una cultura menos libresca que la que nos impartieron en nuestra época, pero no pueden ser manos sin cabeza, como los egresados de la polimodal tampoco deben ser cabezas sin manos. En nuestro tiempo, ello se lograba en cuatro años de doble escolaridad, en los que, por la mañana, había materias científicas y humanísticas; mientras que las tardes estaban dedicadas a los más diversos talleres, donde se hacían cosas que funcionaban y servían para algo. Y un futuro técnico químico debía saber manejar el hierro y la madera -ahora sería, probablemente, el plástico y el aluminio, o la fibra de vidrio o la de carbono-, así como debía saber qué era un motor eléctrico y un circuito electrónico sencillo. Claro, computadoras, no había. Ahora, habrá que darles el lugar central que merecen, pero no permitirles una hegemonía por encima del papel de herramientas de gran utilidad. Demasiadas veces ocurre en la actualidad que la computación se transforma de un medio y una herramienta en un fin en sí mismo, perdiéndose de vista la finalidad buscada y perdiéndose en el pantano de los «jueguitos». Después de los cuatro años de formación general y común a todos, había dos intensos años de formación y entrenamiento en las materias de la especialidad elegida. También en doble turno: teoría y práctica. De allí salía gente que estaba capacitada para seguir estudiando, si lo deseaba, pero capaz de ganarse la vida como ayudante de un ingeniero o como técnico químico en un laboratorio. O como tornero o electricista, capaz de desempeñarse solo o como técnico en una industria. Y no con conocimientos vagos y generales que debería luego solidificar en la vida práctica. El error, al eliminar la formación concreta y práctica, por una flexibilidad multivalente que se completaría «on the job» -como el esnobismo nos hace decir en inglés- fue el mismo de otras decisiones mal copiadas de ejemplos extranjeros. La estructura de la industria de los países desarrollados se basa mucho más que lo que quedó de la nuestra en los conceptos organizativos modernos, en cuyo seno es posible que el operario «flexible» pueda completar su formación en la práctica laboral. Con esto no quiero tomar una postura pasatista, imaginando que la industria argentina de hoy es igual a la de los años sesenta; pero la actual demanda de estos técnicos que ya casi no existen muestra que nos hemos pasado de largo los objetivos trazados y que debemos dar marcha atrás, por lo menos en algunos aspectos, muchos de ellos relacionados con el sistema educativo. Así como se ha perdido la ética del trabajo en la sociedad en su conjunto, por la espantosa crisis moral y la igualmente dramática pérdida de puestos de trabajo debidos a una grave desindustrialización y primarización de la economía, sumados al asistencialismo y el clientelismo político, y al abrigo del célebre apotegma de que en la Argentina «nadie hace plata trabajando», también se ha perdido la ética del aprendizaje. El conocimiento teórico o práctico ya no es considerado un valor en sí mismo, ni siquiera por buena parte de los mismos docentes, carcomidos -como toda la sociedad- por el cinismo. Mientras tanto, las autoridades siguen hablando de la sociedad del conocimiento y aumentan un poco los presupuestos educativos, pero sin dar señales concretas de haberse dado cuenta de que con la educación nos jugamos el futuro. Si ahora se insiste en que la Argentina tiene un gran futuro -cosa que se dice desde hace décadas, y el gran futuro sigue no siendo más que eso: un futuro cada vez más lejano-, si no se dan señales clarísimas de que tal como lo hacía hace cien años el gobierno prioriza la educación por encima de muchos otros temas que tal vez den réditos políticos más inmediatos, ya no tendremos ni siquiera un futuro, cualquiera que fuese su calidad. El restablecimiento de la educación técnica es, sin duda, un paso en la dirección adecuada en parte porque los docentes de esa rama se cuentan entre los que aún no han perdido toda su vocación por lo que hacen.
El grave deterioro edilicio de la Escuela Industrial "Otto Krause" -que en las últimas semanas hizo crisis con escándalo público, suspensión de clases y soluciones improvisadas- tiene algo de emblemático: después de haber sido, a comienzos del siglo XX, un emblema de la naciente industrialización del país, en los '90 la escuela industrial fue el sector más maltratado por las incompletas y muchas veces inconsultas reformas educativas introducidas por la aún vigente Ley Federal de Educación. Yo confieso que este deterioro me duele particularmente, porque yo mismo cursé mis estudios secundarios en el viejo edificio de Paseo Colón, entre México y Chile; así como años antes lo había hecho mi suegro. Se trata de la escuela industrial más antigua del país, creada en 1897 como desprendimiento de la escuela comercial Carlos Pellegrini. Era una época en la que la Argentina estaba en su apogeo y comenzaba a industrializarse, aun ante el desinterés de los poderosos. Junto con el deterioro edilicio del Otto Krause tampoco puedo dejar de mencionar el inverosímil paro de los estudiantes del Normal 1 de Buenos Aires por la omnipresencia de ratas en el edificio, que es aún más antiguo, ya que data de la época de Sarmiento... Sería interesante imaginarse qué hubiese dicho el vehemente sanjuanino de estos episodios. Cuando se sancionó la Ley Federal de Educación, en 1992, la educación técnica fue directamente eliminada como categoría educativa, al generalizarse la llamada educación polimodal en la cual no debemos ignorar que, así como en la EGB, por primera vez se incluía tecnología en el currículum, además de modernizarse muchos otros de los contenidos básicos. Esa reforma fracasó, porque no hubo una adecuada capacitación de los docentes, que no sabían muy bien qué se exigía de ellos. Y porque a cada provincia se le tiró el fardo educativo, con el que cada una hizo lo que pudo: en general, poco. Hasta el organismo rector de la educación técnica, el Consejo Nacional de Educación Técnica (Conet) fue borrado del organigrama de un Ministerio de Educación de la nación carente de escuelas y cuya única función residual era fijar las indicaciones generales sobre los contenidos mínimos que debían dictarse. Las materias propiamente técnicas y los más variados talleres -características de la escuela "industrial", destinada a formar técnicos que cumpliesen tareas de apoyo profesional en la industria- estaban notoriamente ausentes en los primeros esbozos de esos contenidos que, en su conjunto, implicaban una saludable renovación de los vetustos métodos y contenidos. Pero la escuela "flexibilizada" según las ideas surgidas -se dice- de ciertas indicaciones muy generales del Banco Mundial, no contemplaba una categoría, la del técnico, cuya formación, al parecer, no era bastante flexible: los egresados de la vieja escuela técnica éramos técnicos: sabíamos hacer algo y hacerlo bien; a diferencia de una formación actual, "moderna", generalmente más bien vaga -en teoría abierta a aprender cualquier contenido específico en el momento de la inserción laboral que le tocara al egresado, que todas serían diferentes y móviles- que contenía un poco de todo y se complementaba por unos "Trayectos Técnico-Profesionales" que se suponían que debían dar una formación con salida laboral inmediata acorde con su título en un año y medio, pero que en pocos casos se lograron instrumentar. Ahora, que por fin se ha comenzado una reactivación económica que al parecer no es tan frágil como los agoreros anunciaban hace tres años, se nota la falta de técnicos capaces de ocupar los puestos para los que eran formados los alumnos de la escuela técnica y se piensa en resucitarla. El edificio de la más antigua de ellas, el Otto Krause, data de 1909 y, además de ser un monumento nacional, es todo un símbolo, porque su deterioro se viene produciendo desde hace años y recién se nota ahora, cuando se caen pedazos de techo encima de los alumnos. Y entonces se deben suspender las clases para hacer arreglos de emergencia, como si no existieran las vacaciones de verano para poner en condiciones los edificios escolares. Un fenómeno incomprensible que muchas veces también se ha producido entre nosotros: se acuerdan de las reparaciones cuando deben empezar las clases. ¿Qué hacer con la educación técnica? En este momento en el Congreso Nacional se discuten dos proyectos -uno del gobierno y otro de la oposición- que buscan recrear la escuela industrial. En muchos casos, ello será una reconfirmación de la realidad, ya que muchas escuelas técnicas se han negado a dejarse matar y, aunque ahora se llamen CEM y no ENET, han seguido en la carrera técnica en la medida de lo posible. Con orgullo y con pocos medios, porque, claro está, una buena educación técnica requiere talleres y laboratorios costosos y que hay que mantener ac
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