El fascinante viaje de la humanidad hacia las estrellas

Guillermo Abramson, -docente del IB en Bariloche y “aficionado” de la astronomía- señala que observar el cielo es una manera de tratar de comprender nuestra posición en el universo. De cómo y con qué tratamos de medirlo, trata esta charla y su último libro. <a rel="nofollow" href="http://www.wix.com/NataliaLopez/Abramson" target="_blank">Ver especial Multimedia</a>

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Dicen los que saben que la astronomía es una de las mejores maneras para iniciar a la gente en ciencia. Alguien que se pregunta por qué la luna cambia, por qué brillan las estrellas, por qué tenemos vecinos en el barrio y no tenemos vecinos de planetas, es alguien con espíritu científico “latente”.

Así como siempre nos preguntamos qué había allá arriba hubo gente que comenzó a preguntarse cómo podríamos responder esas preguntas y por eso, a lo largo de la historia, surgieron hombres y mujeres que inventaron alguna manera. Por ejemplo Eratóstenes (Grecia, 275 – 194 a.C.) estimó el radio de la tierra con un palo y unos camellos. O los antiguos de la India que calcularon la relación entre la distancia tierra-sol versus tierra-luna con las relaciones trigonométricas de toda la vida.

La historia de la manera en que estas personas intentaron responder esas preguntas es una manera de comprender cómo evolucionó la ciencia y la tecnología. Quizás si hubiéramos vivido en un planeta lleno de certezas jamás hubiéramos hecho gran cosa.

De ese loco viaje a través del tiempo y el espacio trata esta charla con Guillermo Abramson, -docente del Instituto Balseiro en Bariloche y reconocido “aficionado” de la astronomía-, a propósito de la reciente publicación de su libro “Viaje a las estrellas” (Colección Ciencia que ladra, Siglo Veintiuno Editores).

Cuando yo era chica se conseguían unas calcomanías fluorescentes importadas con formas de cometas, satélites, planetas. Con ellos podías armar una especie de cielo privado para admirar de noche, con sólo poner la cabeza en la almohada y apagar la luz. Siempre quise tenerlas pero a mí, nunca me las compraron. ¿Cómo era tu relación con las estrellas cuando eras chico o adolescente? ¿Vivías en la luna? ¿Te acordás la primera vez que viste el cielo y te surgieron preguntas?

Siempre tuve curiosidad por los fenómenos naturales. No sólo por los astronómicos. Devoraba desde niño libros de paleontología, exploraciones al polo, biografías de científicos, jugaba con lentes, tubos de ensayo… Cuando tenía 10 años, una noche mi papá me llevó al observatorio del Parque Centenario (En Buenos Aires), el de la Asociación de Amigos de la Astronomía. Allí un señor (un muchacho, sería) me hizo subir a una escalerita para mirar por un telescopio que parecía sacado de una historia de Julio Verne. Lo que vi me causó tanta impresión que recuerdo el instante como si hubiera ocurrido la semana pasada. “Se llama el Joyero”, me dijo. Se trata de un cúmulo de estrellas, un racimo de soles de colores que parecen joyas esparcidas sobre el terciopelo de la noche. Es uno de los objetos favoritos del cielo austral, y lo muestro cada vez que tengo público para mirar por el telescopio. Otra cosa que me causó profunda impresión es más sutil, tal vez porque yo era todavía más chico y mi recuerdo es imperfecto. Tenía 4 años y medio cuando el Apolo 11 viajó a la Luna, y Armstrong y Aldrin caminaron por el mar de la Tranquilidad. Mis padres no dejaban de hablarme del viaje, me mostraban las fotos en el diario La Prensa, etc. No recuerdo nada del lanzamiento por tele ni de su seguimiento. Pero el día de la famosa transmisión televisiva desde la Luna me dejaron quedarme a verla. Era muy tarde, y se veía muy mal. Lo que me impresionó no fue la transmisión en sí, ni la hazaña tecnológica, ni el momento histórico. Para mí fue un descubrimiento personal: la Luna no era una cosa luminosa que flotaba en el cielo; era un lugar a donde se podía ir y caminar. ¡La Luna era un mundo! Hace 400 años Galileo apuntó su primer telescopio al cielo y vio la Luna como nadie la había visto, y comprendió lo mismo: que la Luna era un mundo, como la Tierra, y que entonces la Tierra podía ser como la Luna, un cuerpo celeste en órbita alrededor del Sol. El año pasado, preparando los materiales para la celebración del Año de la Astronomía, me di cuenta de que lo que había experimentado Galileo era probablemente muy parecido a lo que yo recordaba (aún cuando yo tenía 4 y Galileo 40, claro).

Hace poco, mirando el cielo, alguien me ayudó a unir las estrellas y pude ver una constelación: escorpio. Cuando terminé de unir los puntos fue como si se hubieran encendido las luces de una kermese. Yo miro estrellas en el cielo y las veo desordenadas ¿cómo fue que alguien pudo encontrar todas esas figuras que pueblan el techo del mundo? Me dí cuenta que sin ayuda no hubiera podido sola. Después me pregunté cómo pasé tanto tiempo sin saberlo. Ahora, de grande, cómo es tu relación con las estrellas. ¿Es más profesional, más distante o cada vez que mirás el cielo te sigue sorprendiendo como a un niño?

Escorpio es deslumbrante. Yo creo que tiene poca prensa porque para nosotros es una constelación del invierno. En cambio todo el mundo sabe reconocer las Tres Marías y Orión porque las vemos en verano cuando la gente se queda de noche en la playa, hace campamentos y disfruta del cielo como no se puede hacer desde las grandes ciudades. Mi propia relación con el cielo es muy poco profesional. Yo soy físico, y puedo decir que me acerqué a la física a partir de mi gusto por la astronomía. Pero mi carrera profesional ha tomado un camino muy distinto. De manera que mi relación con la astronomía es la de un aficionado. Claro que sé cómo funcionan muchas cosas, que puedo leer trabajos técnicos, y todo eso. Pero el efecto del cielo estrellado es el de siempre, el de todos.

¿Por qué?

La astronomía goza de un prestigio singular entre el público. A todo el mundo le fascina la astronomía. Y mientras en general la gente suele preguntar “para qué sirve” determinado conocimiento científico, a nadie le preocupa que la astronomía no “sirva” para mucho.

Ese encantamiento de la humanidad por el cielo. ¿Es cultural o existencial? ¿Está más presente en las culturas de oriente que en occidente? ¿Oriente creó más mitos y leyendas en torno a las estrellas, más poesía, y occidente se dedicó a la ciencia, a la tarea más dura?

Esta fascinación por la astronomía es muy humana. Es común a todos los pueblos y a todos los niveles educativos. La astronomía es más que una ciencia: es una manera de tratar de comprender nuestra posición en el universo, nuestra relación con él, y nuestro rol. La astronomía se desarrolló como ciencia en muchos pueblos que desplegaron la matemática necesaria, incluidos los pueblos orientales de India y China, y por supuesto los de Medio Oriente, de donde la recibimos nosotros en buena medida. La gran mayoría de los pueblos del mundo (europeos incluidos) tuvieron mitos para explicar los fenómenos astronómicos durante casi toda su existencia. En Europa este estado de cosas cambió con los griegos, cuya influencia desembocó en una revolución científica sin igual después del Renacimiento, que fue la que se impuso en el mundo. Pero la ciencia es una sola, y da lo mismo dónde se descubre un mecanismo que explica un fenómeno. Hoy en día tendríamos la misma astronomía si cualquier otra civilización se hubiese adelantado a la europea para imponer su cultura en el mundo. Es un aspecto de la universalidad de la ciencia.

A la pregunta de Golombek, de “qué hacen los científicos metiéndose con las estrellas, territorio de poetas y enamorados”, ¿qué respondes?

Cuento mejor una anécdota graciosa. Un físico de origen ruso, George Gamow (gran divulgador de la ciencia además), desentrañó en la década del 40 cómo funcionaban las estrellas, es decir el mecanismo físico que las hace brillar como lo hacen durante miles de millones de años. Era un descubrimiento fenomenal y Gamow estaba chocho. Esa noche salió con su novia. Sentados en el banco de una plaza pensaba cómo contárselo. Entonces la novia de Gamow dijo algo así: “¡Ay, George, mirá qué lindo cómo brillan las estrellas!”. Gamow vio la oportunidad y replicó: “Sí, y esta noche, en todo el mundo, ¡yo soy el único que sabe CÓMO brillan! ¿Te cuento?”. Se casaron y fueeron felices. Ahí tenés: lo romántico no quita lo científico.

¿Se puede decir que el gran problema para conocer el universo se reduce a una cuestión de distancia? ¿El tamaño importa? ¿Y el tiempo?

No, para nada. La cuestión del tamaño del universo es un aspecto más de su comprensión. Pero no es central en la astronomía moderna (si bien hay fenómenos cuya interpretación depende de manera delicada de a qué distancia ocurren). Este libro es una excusa para contar las interesantes historias de sus protagonistas y sus descubrimientos.

Alguien dijo que “la ciencia es mitad cálculo y mitad azar, aunque nunca sabremos qué podrá hacer el azar con nuestro cálculo”. ¿Cómo se convive con esta limitación, cómo se trabaja cada día en una disciplina cuyo objeto de estudio está a millones de kilómetros de distancia?

Insisto en que mi relación con la astronomía no es profesional. Cosa de la que estoy contento, ya que tal vez habría perdido un poco de la fascinación ingenua que me preguntabas, de haberme convertido en un astrónomo. Pero es verdad que en el trabajo científico cotidiano hay componentes de suerte, de oportunidad, de dedicación, y de todas las miserias humanas. Los científicos somos seres humanos.

La observación directa es una parte fundamental del método científico. Pero en astronomía, pese al desarrollo de instrumental sofisticado hay un montón de objetos que no pueden observarse directamente.

Así es pero lo que sabemos sobre el universo es asombroso y extraordinariamente exacto. Esto no deja de sorprenderme. Tomemos la teoría de la evolución estelar, por ejemplo: sabemos cómo nacen, por qué brillan, cómo viven, cambian y acaban sus vidas, qué pasa en los hornos termonucleares de sus núcleos, en sus atmósferas de gas ardiente, en sus vientos. Todo visto desde lejos, y sin poder hacer experimentos en un laboratorio. Para mí, es uno de los grandes logros de la ciencia del siglo XX. Es algo de lo que hay que estar orgulloso, como especie.

Es sorprendente que desde el origen de la astronomía comenzó el desarrollo de instrumentos de medición. Pensé que era algo mucho más moderno. ¿No dejo de preguntarme cómo lo hicieron?

Uh, y hay mucho más que lo que se cuenta en el libro. Pero todos los pueblos que desarrollaron ciencias matemáticas desarrollaron instrumentos de medición. Generación tras generación es inevitable que se alcancen avances tecnológicos sorprendentes. Y si te referís al renacimiento: el telescopio de Galileo es increíblemente fácil de hacer. Yo hice una réplica el año pasado y se lo muestro a la gente en las charlas, para que vean cómo funciona, que no hay nada complicado (y a la vez para que van qué difícil es de usar, cosa que suele ocurrir con la primera versión de cualquier instrumento).

Gracias al avance de la ciencia, hoy conocemos más cosas del universo que antes. ¿Nos seguimos preguntando cuál fue el origen del universo o ya tenemos la respuesta? Si no la tenemos, ¿algún día la tendremos?

No tenemos una respuesta sobre el origen del universo. Lo que conocemos como Big Bang es una teoría sobre la evolución del universo, pero “Teoría del Big Bang (Gran Explosión) del origen del universo” es un nombre tan marketinero que nadie ha podido resistirse. A propósito, hay que decir que “teoría”, en la ciencia, no es exactamente lo mismo que en la vida cotidiana. En la vida cotidiana uno dice “teoría” significando una “corazonada”, o una suposición de cómo ocurrió algo. En ciencia una teoría es lo máximo a lo que puede aspirar un conjunto de ideas: es un sistema organizado de evidencias y explicaciones matemáticas de una cantidad de fenómenos relacionados. En cuanto a si tendremos una teoría del comienzo del universo, la respuesta es que no lo sabemos. Es así, hay cosas que no sabemos. Que no lo sepamos no quiere decir que sea imposible: tal vez un físico argentino del siglo XXII produzca una revolución del conocimiento que permita un avance insospechado hoy en día. La ciencia es una empresa colectiva, internacional e intergeneracional. Ha sido así siempre, y es también algo de lo que se puede estar orgulloso.

¿Cuáles son las nuevas preguntas de la astronomía? El desarrollo de la ciencia hacia qué lugar va?

Insisto: como aficionado. Veo que las cuestiones candentes en la astronomía están en la formación de sistemas solares y sus características (apuntando por ejemplo a la existencia de mundos habitables), la formación de estrellas superpesadas (muy misteriosas), la evolución de las galaxias (cómo llegaron a existir las galaxias que vemos cerca nuestro, a partir de lo que fuera que haya existido poco después del Big Bang), qué es la “materia oscura” cuya evidencia se ha acumulado en los últimos 20 años (y que no tiene una explicación definitiva aún), qué es la “energía oscura” (un nombre medio esotérico para describir una propiedad dinámica de la expansión de universo, sobre la cual hay menos idea todavía), y por supuesto miles de cosas sobre la dinámica de los cinturones de asteroides (el de siempre y el que está más allá de Neptuno), sobre la formación de los planetas, sobre los vientos estelares, sobre los ciclos del sol, sobre los terremotos estelares, sobre la conexión entre las galaxias y sus agujeros negros centrales, sobre el origen de los rayos cósmicos de ultra alta energía (cuyo mayor observatorio se encuentra en la provincia de Mendoza, con activa participación de colegas del Bariloche)…

La difusión de la ciencia ¿es una cuestión de “militancia” para vos? ¿El saber astronómico está encerrado?

Creo que la divulgación es una obligación para el científico, y que todos deberíamos hacer algo, en la medida que podamos o que se nos ocurra. Como ya dije, aunque yo no soy astrónomo, me lancé el año pasado a esta actividad aprovechando el Año de la Astronomía y el gusto que tiene la gente por estas cuestiones. Durante años la gente conocida me consultaba y me preguntaba, y yo escribía notitas de divulgación interna para el Centro Atómico Bariloche, y siempre tuve ganas de hacerlo llegar a más gente. Con frecuencia trato de preparar charlas divulgativas sobre mi propio trabajo de investigación, en el área de la aplicación de herramientas de la física a temas interdisciplinarios, tales como la ecología y la epidemiología. Me cuesta trabajo, me lleva tiempo, pero vale la pena y lo siento como una obligación hacia la sociedad.

NOTA: Colaboró el ingeniero Horacio Oswald, otro apasionado seguidor del cielo estrellado.

Natalia López

natalial@rionegro.com.ar

Archivo Adjunto


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