El huracán se llevó hasta la dignidad de las personas

NUEVA ORLEANS.- En medio del ajetreo, una mujer reza a los gritos. «No nos dejes caer en la tentación, líbranos de todo mal», pide la señora. Pero la tentación está en todos lados en esta ciudad hecha pedazos. Y también el mal.

Cinco días después del paso del huracán Katrina, la necesidad hizo que la misma policía apele al saqueo; bandas de pandilleros se roban las embarcaciones de voluntarios que intentan rescatarlos; abundan los bebés desnudos y desatendidos, mientras sus padres se emborrachan con licor robado.

Frente a un río Mississippi cubierto por escombros, el farmacéutico Jason Dove observa una pelea por las provisiones arrojadas desde el aire a una playa de estacionamiento del centro de convenciones y agita su cabeza. «Hemos creado este Frankenstein. Esto demuestra lo frágil que es esta sociedad», dice el hombre.

Las ráfagas de Katrina dejaron un vacío de información. Y ese vacío ha sido llenado por rumores. No hay nada que contradiga las versiones de que bandas armadas tomaron el centro de convenciones. De que dos bebés fueron degollados durante la noche. De que una niña de siete años fue violada y asesinada en el Superdome.

Luego de varios días en la calle, casi sin agua ni alimentos, la gente en las inmediaciones del centro de convenciones comenzó a pensar que la tormenta fue una forma de limpieza étnica.

Un individuo de raza negra insiste en que las autoridades quieren encerrar a todos en el centro de convenciones no para facilitar su evacuación, sino para que la policía los haga estallar con explosivos. «Quieren enloquecernos para que nos puedan balear como a perros», grita una mujer.

Katrina no solo se llevó las viviendas de la gente, sino también su dignidad. En una acera repleta de niños y ancianos, una mujer se baja los pantalones y se agacha junto a una planta. Un hombre que pasa le echa una mirada de desaprobación. «¿Y qué quiere que haga?», le dice la mujer.

Cuando helicópteros de la Guardia Nacional tratan de aterrizar en la playa de estacionamiento para descargar provisiones, Bob Vineyard, quien trabajaba de mesero, y un grupo de personas intentan abrir un espacio para facilitar la operación.

Pero una muchedumbre se lo impide y el helicóptero se aleja. Los soldados dejan caer bidones de agua y alimentos desde unos tres metros, y muchos de los envases estallan, desperdiciándose toda el agua. «¡Hubiéramos tenido un helicóptero lleno de provisiones si se hubiesen quedado atrás!», le dice Vineyard a la gente, sin comprender la situación.

Carl Davis se pregunta por qué no llevan alimentos en camiones y se siente ofendido cuando tiran provisiones desde el aire. «Nos tratan como si estuviésemos en el Tercer Mundo. Nunca se vio algo así. Ni en Irak, ni durante el tsunami», sostuvo. (AP)

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