El paciente francés

Desde muchos puntos de vista, Francia es un país privilegiado. Está entre los más ricos del planeta, tiene una tradición cultural admirable y fue favorecido por la suerte geográfica que lo hizo dueño de un territorio amplio, variado y acogedor que motiva la envidia de sus vecinos. Así y todo, en opinión tanto de los franceses mismos como de los extranjeros que se preocupan por sus vicisitudes, se ha convertido en «la enferma de Europa», víctima de un extraño mal social o, si se quiere, psicológico que bien podría dar lugar a otro de aquellos espasmos periódicos que han ocurrido tantas veces en el transcurso de su historia cuando, a menudo luego de una etapa al parecer tranquila, el país entero parece estallar de ira.

Los que piensan así no son necesariamente pesimistas, puesto que para algunos la alternativa a un estallido espectacular no sería un proceso de recuperación «normal», sino una decisión consensuada de resignarse a la mediocridad primero y, después, a la nulidad que para los franceses significaría conformarse con vivir en una región no demasiado importante de Europa que acaso fuera equiparable con Bélgica o Portugal. Para un pueblo acostumbrado a creerse el más civilizado de todos, el líder natural del género humano, tal destino sería apenas tolerable.

Es factible que una vez más los franceses nos sorprendan. Ya lo hicieron hace casi medio siglo cuando Francia pareció estar al borde de un desastre que la dejaría transformada en una nación tercermundista violenta y pobre regida por una junta militar. En aquella ocasión, su condición penosa se debió en buena medida a la idea descabellada de que sin Argelia sería un país insignificante, razón por la que durante muchos años casi todos apoyaron los esfuerzos del ejército por poner fin a la rebelión de los árabes y beréberes musulmanes. Pero como la mayoría comprendió más tarde, la verdad era otra. Lejos de garantizar la supervivencia de Francia como una potencia formidable, Argelia sólo servía para hundirla. Liberada de Argelia merced al pragmatismo despiadado del general Charles de Gaulle, en un lapso muy breve Francia se erigió en el país más dinámico y más influyente de Europa, con una economía floreciente e instituciones que impresionaron a todos por su eficacia.

Si bien la situación actual de Francia dista de ser tan dramática como la de cincuenta años atrás, se ha difundido la misma sensación de que lo mejor ya ha pasado y que sólo le espera la decadencia. Por lo demás, las ilusiones que le impiden aprovechar plenamente sus envidiables recursos humanos y materiales son menos evidentes que la que fue supuesta por la noción de que Argelia tenía que ser francesa para siempre, de suerte que curarse de ellas no será del todo fácil. Aunque los cuatro candidatos presidenciales con posibilidades de llegar a la segunda vuelta electoral coinciden en que será necesario impulsar algunas reformas profundas, no hay ningún acuerdo sobre cuáles son las más urgentes y cómo encararlas. Tampoco es seguro que sus compatriotas les permitirán intentarlas. En Francia, los que sienten que un cambio podría perjudicarlos son más que capaces de organizar manifestaciones callejeras gigantescas que obligarían al gobierno responsable de plantearlo a batirse en retirada, con el resultado de que hasta los retoques menores, como el ensayado el año pasado con el propósito de flexibilizar las rígidas leyes laborales, podrían desencadenar crisis explosivas.

Tanto los observadores extranjeros como los franceses más perspicaces entienden que para seguir prosperando en un mundo que está cambiando a una velocidad vertiginosa un país tiene que adaptarse continuamente a las circunstancias, pero, tal y como sucede en la Argentina, en Francia los resueltos a defender a toda costa sus propias conquistas se aferran con tenacidad a un modelo socioeconómico que se desactualizó hace muchos años. Gracias a la negativa a cambiar, la tasa de crecimiento es baja incluso según las pautas europeas, desde 1980 el desempleo estructural ronda el diez por ciento, el sistema jubilatorio pronto resultará insostenible, las deudas no cesan de amontonarse y, lo que es aún más alarmante, se ensancha por momentos la brecha que separa a una minoría musulmana de aproximadamente seis millones de personas del resto, de ahí los debates febriles que están celebrando los candidatos en torno a temas como la identidad nacional.

El favorito para triunfar en la primera vuelta es el neogaullista hiperquinético Nicolas Sarkozy, a quien se adjudica el 27 ó 28% de las intenciones de voto. Antes de la campaña, Sarkozy dio a entender que en cuanto se instalara en el Palacio del Elíseo emprendería un programa de reformas de inspiración anglosajona, pero al darse cuenta de que tal perspectiva asustaba al electorado, optó por suavizar su mensaje. Asimismo, se supone que en el caso de triunfar en la segunda vuelta se enfrentaría con dureza a los musulmanes que procuren rebelarse contra los principios laicistas que están consagrados en la ley francesa, que sería implacable con el terrorismo y que no vacilaría en ordenar la represión en los barrios periféricos que en el 2005 fueron escenario de una especie de «intifada». A juicio de la izquierda, Sarkozy es un dictador fascista en potencia. Exagera, pero no cabe duda de que en el caso de que suceda a Jacques Chirac, Francia entraría en una etapa muy conflictiva.

A diferencia de Sarkozy, que tiene ideas bastante claras y la energía para aplicarlas, la candidata socialista Ségolène Royal no parece entender muy bien lo que le correspondería hacer si sus compatriotas la eligen presidenta. A comienzos de su campaña produjo una lista larga de promesas que hasta sus simpatizantes ridiculizaron: si insistiera en honrarlas, el país no tardaría en caer en bancarrota. Es célebre por su ignorancia del mundo que existe más allá de las fronteras del hexágono. En una visita a China, se le ocurrió felicitar a sus anfitriones por la rapidez que caracteriza su sistema judicial: no se equivocó, ya que pueden medirse en horas el lapso entre una acusación y el ajusticiamiento del ya condenado, pero escasean los franceses que crean que a su propio país le convendría adoptar los mismos métodos expeditivos. Con todo, según las encuestas, si Ségolène Royal se enfrenta con Sarkozy en la segunda vuelta podría derrotarlo.

También podría hacerlo el conservador metamorfoseado en centrista François Bayrou, cuyo mérito principal consiste en que parece menos peligroso que Sarkozy y más sensato que Ségolène Royal, pero puesto que carece del apoyo de una organización política fuerte los más dan por descontado que sería un presidente débil obligado a dedicar buena parte de su tiempo a negociar pactos con aliados coyunturales nada confiables. Aunque Bayrou jura estar tan resuelto como sus rivales a «desbloquear» Francia, su eventual triunfo reflejaría la voluntad del electorado de mantenerlo bloqueado aunque sólo fuera por miedo a lo que sería capaz de hacer Sarkozy y sus dudas acerca de los talentos administrativos de Ségolène Royal.

El cuarto candidato con una posibilidad de pasar a la próxima ronda es, cuando no, el nacionalista de derecha Jean-Marie Le Pen, el que se ha hecho notorio por su hostilidad hacia los inmigrantes, sin excluir a los procedentes de Hungría como los padres de Sarkozy. Si bien las encuestas no lo favorecen, se cree que muchos de sus partidarios son reacios a confesar que se proponen votar por un personaje tan polémico, razón por la que es por lo menos factible que una vez más Le Pen sea finalista y que su contendiente lo apabulle por un margen absurdamente grande. De ser así, se intensificaría la sensación de que Francia está atrapada en una espiral descendente a la que tendría que sustraerse por los medios que fueran o dejarse morir, lo que aseguraría que el ganador, trátese de Sarkozy, Royal o Bayrou, se encontrará ante un panorama casi tan desalentador como el que enfrentó De Gaulle cuando volvió al poder en 1958.

 

JAMES NEILSON


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